Esta es una entrega de la newsletter semanal de México,que puede seguirse gratuitamente en este enlace.México ha organizado dos de los mejores mundiales de la historia. El de 1970, que consagró a Pelé con tres copas, y el de Maradona y la mano de Dios, en 1986. Pero en el de este año, compartido a tres bandas, tiene más un papel de comparsa que de protagonista. Albergará solo 13 partidos, igual que Canadá, por los 78 en Estados Unidos. Al menos uno de los juegos mexicanos será el inaugural, casi tan importante en cuestión de dinero como la transmisión de la Super Bowl. De cualquier forma, esto no lo convierte en anfitrión, sino, como dice Juan Villoro en su último libro, en el camarero que ofrece un cóctel de bienvenida. Un mundial siempre tiene algo de geopolítica. Mussolini aprovechó el de Italia 1934 como una pasarela descarada del fascismo. Antes de la final, el dictador mandó un aviso a su selección italiana pasándose el dedo pulgar por el pescuezo: “Ganar o morir”. En 1970, una eliminatoria previa de un año antes entre El Salvador y Honduras provocó una guerra de 100 días entre ambos países. Y en el de México en el 86, la mano divina de Maradona vengó el orgullo argentino tras la derrota de las Malvinas con aquel histórico gol contra Inglaterra. Este año, mientras el mundo arde por las ansias imperiales de Donald Trump, la pelota tendrá también un irremediable aroma político. Hace cuatro meses, Estados Unidos bombardeó Irán por sorpresa, desatando una guerra que aún continúa y tiene pocos visos de acabar pronto. Durante los meses previos a la cita, Trump mandó un aviso dirigido a la selección de Irán. No tan explícito como el de Mussolini, pero igual de inquietante. Dijo que Irán, que en principio iba a tener su campamento base en Tucson, Arizona, era “libre” de asistir, aunque “no podía garantizar su seguridad”. Después dejó caer que Italia, que no se ha clasificado, debía reengancharse al torneo en el lugar de Irán. La federación persa reaccionó airada y pidió a la FIFA trasladar sus partidos a México o Canadá. La presidenta Sheinbaum tomó el guante, pero con una logística planeada durante años, Gianni Infantino tomó una decisión salomónica: Irán no se hospedaría en Tucson, sino en Tijuana. Dormirán y entrenarán en este lado de la frontera, cruzarán al otro lado solo los días de partido y regresarán por la noche. La delegación iraní llegó la semana pasada a la ciudad norteña, donde el estadio de los Xolos les estaba recibiendo con un: “Bienvenidos a Tijuana, guepardos iraníes”. Para los mexicanos, el fútbol fue durante décadas un mecanismo de gozosa compensación. “La nación que nos dominaba en todo al menos era nuestro “cliente” en la cancha”, cuenta Villoro en su Los héroes numerados. Pero eso empezó a cambiar a finales del siglo XX, gracias en gran parte a una figura tan oscura como Henry Kissinger. De origen alemán, el arquitecto de la política exterior estadounidense durante décadas “entendió la importancia geopolítica que el fútbol tendría para su país de adopción”. Su apoyo a las dictaduras militares latinoamericanas llegó a extremos delirantes. Kissinger acompañó al argentino Jorge Videla durante una polémica visita al vestuario del equipo rival en medio de un partido decisivo en el Mundial de Argentina 78. También estuvo en Italia 90, el Mundial en el que México fue inhabilitado para asistir por una polémica decisión, que a la postre favoreció la campaña de promoción del fútbol en Estados Unidos y su papel como organizador del siguiente Mundial. Está por ver si alguno de los operadores del trumpismo decide también utilizar este campeonato para Hacer-América-Grande-Otra-Vez.
Tijuana y los guepardos iraníes
Un mundial siempre tiene algo de geopolítica. La delegación persa dormirá en este lado de la frontera y solo cruzará al otro para jugar sus partidos













