Experiencia local Exclusivo suscriptores Crónica | Un recorrido por el Mercado de las Pulgas, donde se consiguen joyas ocultas con precios que sorprenden.Jader, más conocido como "Camión", lleva ocho años en este negocio. Foto: Cortesía09.06.2026 16:46 Actualizado: 09.06.2026 16:46

En pleno corazón de Bogotá, donde la ciudad respira a través del ruido de los buses, los vendedores ambulantes y el flujo incesante de peatones, la carrera Séptima guarda un universo paralelo que muchos ignoran. A simple vista parece desorden, objetos amontonados y voces que se cruzan sin orden. Pero basta detenerse unos minutos para entender que allí ocurre algo más profundo: el Mercado de las Pulgas es memoria viva, es cultura callejera, es supervivencia.Para algunos citadinos es un lugar caótico, incluso marginal. Para otros, es un punto de encuentro con el pasado.Entre mesas improvisadas, cajas de cartón y vitrinas fabricadas con lo que haya a la mano, descansan objetos que parecen haber sobrevivido al tiempo: juguetes de los años 60, radios antiguos, monedas que ya no circulan, billetes que cuentan historias de economías pasadas, gorras que hoy valen más por lo que representan que por su utilidad. Cada pieza tiene un precio, pero también una historia que no siempre se cuenta.“Esto es un rebusque”, dice sin rodeos Sonia Mendoza, una señora que tiene su puesto a las afueras de la personería de Bogotá, quien lleva 25 años trabajando en este lugar. Su voz es firme, acostumbrada a negociar, pero también a resistir. Sobre su mesa reposan billetes y monedas organizados con precisión. Algunos están protegidos en fundas plásticas; otros muestran el desgaste del tiempo.Sonia explica que el valor de un billete puede cambiar radicalmente dependiendo de su estado: uno nuevo puede triplicar el precio de uno doblado o manchado. “Entre más nuevo esté, más vale. Si está deteriorado, pierde valor”, dice, mientras compara dos piezas aparentemente iguales pero con precios distintos.Su historia no es ajena a la de muchos en el lugar. Estudió administración pública, pero terminó encontrando en la venta de antigüedades una forma de subsistir. “Aquí no hay muchas oportunidades”, afirma. Y en esa frase se resume gran parte del espíritu del mercado: no es solo comercio, es necesidad.A pocos metros, Juan Carlos Pinzón Marín acomoda figuras de colección, este se hace en el Mercado de las Pulgas de San Alejo, un parqueadero que fue designado para ser un espacio cultural. Lleva desde 2020 vendiendo, cuando la pandemia obligó a cerrar su librería y a reinventarse. Lo que comenzó como una forma de vender objetos personales terminó convirtiéndose en un negocio estable.Sobre una mesa abarrotada de colores y recuerdos, decenas de figuras parecen congeladas en medio de distintas historias: superhéroes como Hulk y Flash comparten espacio con personajes de videojuegos, caricaturas y cine, desde pequeños Pikachu hasta versiones clásicas de Mario y Luigi. Más atrás, aún en sus cajas, reposan figuras de colección como Godzilla o Ultraman, protegidas como piezas de museo en miniatura. Algunas están impecables, otras muestran el desgaste del tiempo, pero todas tienen algo en común: han sobrevivido a distintas generaciones. Tirados, de pie o alineados, estos juguetes no solo representan entretenimiento, sino fragmentos de infancia que hoy cambian de manos, esperando que alguien los reconozca, los recuerde y decida darles una segunda vida.Muchos de los productos que ofrece son tesoros para los coleccionistas. Foto:Cortesía“La gente empezó a interesarse más después de la pandemia”, cuenta. Para él, el coleccionismo vive un resurgimiento impulsado por la nostalgia y el tiempo que las personas pasaron en casa, reconectando con sus recuerdos.Un Frankenstein importado, cuidadosamente conservado, se ofrece en 600.000. Pero esos números no explican del todo su valor. Aquí, el precio no solo depende del objeto, sino de su estado, su rareza y, sobre todo, de la nostalgia que despierta.Figuras de vinilo de los personajes Earl y Mooch de la tira cómica Mutts. Foto:CortesíaEn un buen día puede vender hasta dos millones de pesos. En uno malo, apenas logra cubrir gastos. Todo depende del clima, del flujo de gente y de las piezas que tenga disponibles. “Cuando llueve, esto se muere”, dice.Más adelante, al pie de la señora Sonia, entre saludos constantes y negociaciones rápidas, está Jader, conocido como “Camión”. Lleva ocho años en el oficio y su especialidad son las gorras. A simple vista parecen comunes, pero algunas pueden alcanzar precios de hasta un millón de pesos.“Depende de los hilos, del estado, de lo difícil que sea conseguirlas”, explica. Para él, las gorras no son solo accesorios, son símbolos de estatus dentro de ciertas culturas urbanas. Los jóvenes las buscan no solo por moda, sino por lo que representan: pertenencia, identidad, historia.Jader conoce bien el movimiento del mercado. Sabe cuándo comprar, cuándo vender y, sobre todo, cuándo negociar rápido. Cuenta que una vez vendió cuatro gorras por ocho millones de pesos en una sola transacción. Pero también reconoce que no todos los días son así. Hay jornadas en las que invierte más de lo que gana, apostando a que la mercancía correcta llegará al cliente indicado.Robot de juguete vintage de Batman fabricado por la firma japonesa Nomura en la decada de 1960. Foto:CortesíaEste puesto no se limita únicamente a la venta de gorras, sino que también ofrece piezas con un importante valor histórico. Entre ellas destaca un carro de colección fabricado en Medellín en 1968, que puede alcanzar un precio de 1'500.000 pesos y que despierta el interés de varios clientes que sueñan con adquirirlo. También se encuentra una bayoneta, avaluada en 400.000 pesos, así como un View-Master antiguo -un objeto que hoy en día es difícil de encontrar- junto con sus películas, que se vende en 40.000 pesos. A esto se suma un pinball del año 1979, en perfectas condiciones y conservado con su caja original.El Mercado de las Pulgas funciona como una red invisible. Sonia lo describe como una cadena: alguien vende un objeto para cubrir una necesidad inmediata -pagar un recibo, comprar comida- y otro lo compra para revenderlo. Así, los objetos circulan constantemente, cambiando de manos y de significado.Nada se pierde, todo se transforma.Un juguete olvidado en una caja puede convertirse en pieza de colección. Una moneda sin valor en circulación puede adquirir importancia histórica. Una gorra vieja puede convertirse en objeto de deseo. En este lugar, el pasado no se archiva: se negocia.Sin embargo, la vida en la Séptima no es fácil. Los vendedores enfrentan la informalidad, la presión de las autoridades y la incertidumbre diaria. Muchos han participado en programas de reubicación que no funcionan. Los locales formales son demasiado costosos y, además, rompen con la dinámica del mercado.“Aquí vivimos del flujo de la gente”, dicen. Y ese flujo no se puede trasladar a un centro comercial.El mercado también es reflejo de las tensiones de la ciudad: desigualdad, falta de oportunidades, migración, economía informal. Sonia lo explica con claridad: “El problema no es la gente, es la falta de organización”. Para ella, la solución no está en sacar a los vendedores, sino en regular el espacio sin destruir su dinámica.A pesar de todo, el Mercado de las Pulgas resiste. Resiste en cada negociación, en cada cliente que regatea, en cada vendedor que llega temprano a montar su puesto sin saber cuánto venderá ese día. Resiste en la memoria de los objetos y en la necesidad de quienes los venden. LEA TAMBIÉN Porque en medio del caos aparente, este lugar guarda un orden propio: el de la supervivencia. Y mientras la ciudad avanza, moderniza y olvida, en la Séptima hay quienes se aferran a lo que otros desechan. No por romanticismo, sino porque allí encontraron una forma de vivir.El Mercado de las Pulgas no es solo un espacio de ventas. Es un archivo abierto de la ciudad, donde cada objeto es una historia, cada vendedor un testigo y cada compra una forma de mantener vivo el pasado. LEA TAMBIÉN Samuel Amisadai Rosales Rosales - Redacción Vida de Hoy Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.