Cuando Vladímir Putin anunció que un empresario ruso había viajado a Kiev bajo su autorización para reunirse con Volodímir Zelenski, muchos pensaron en Roman Abramovich, el multimillonario expropietario del Chelsea FC.

Una vez el presidente ucraniano hubo confirmado que, en efecto, se trataba del magnate ruso, la mayoría de expertos coincidieron en que sólo él podía ser bienvenido a la capital de Ucrania y, a la vez, seguir gozando de la confianza del líder del Kremlin. Y viceversa.