Pluma invitadaLa ventaja ya no está en quien tiene acceso a más información, sino en quien sabe interrogarla con rigor.
En una reciente entrevista, Marc Benioff, el legendario fundador de la empresa Salesforce.com, contó que una de las lecciones más valiosas de su vida vino de su mentor Tony Robbins en los inicios de su carrera, cuando le dijo: “La calidad de tus preguntas determina la calidad de tu vida”.
Esta no es una idea nueva. Hace más de dos mil cuatrocientos años, un filósofo griego llamado Sócrates ya lo sabía. Lo fascinante de Sócrates es que, siendo considerado uno de los hombres más sabios de su época, insistía en que él mismo no sabía nada. Su método no consistía en dar cátedra ni en ofrecer verdades acabadas, sino en hacer preguntas. Preguntas incómodas, preguntas que desarmaban certezas, preguntas que obligaban a su interlocutor a pensar de verdad. A este arte de destilar la verdad a través del cuestionamiento sistemático se le llamó la mayéutica, y del diálogo que generaba nació lo que hoy conocemos como el método socrático: una de las herramientas intelectuales más poderosas que ha producido la civilización humana.
Pero ¿qué hace que una pregunta sea poderosa? El Dr. Richard Paul, de la Fundación para el Pensamiento Crítico, identificó seis grandes categorías de preguntas socráticas, cada una con un propósito distinto. Las preguntas de aclaración conceptual nos obligan a definir exactamente qué estamos diciendo: ¿qué queremos decir con esto?, ¿puede darnos un ejemplo? Las preguntas que cuestionan supuestos son quizás las más disruptivas: revelan las creencias no examinadas que sostienen nuestros argumentos, esas verdades que damos por sentadas sin haberlas probado jamás. Las preguntas sobre razones y evidencias nos exigen rigor: ¿en qué se basa esto?, ¿qué pruebas tenemos? Las preguntas sobre perspectivas y puntos de vista abren el campo: nos recuerdan que toda posición tiene una alternativa, que el mapa no es el territorio. Las preguntas sobre implicaciones y consecuencias nos llevan al futuro: si esto es cierto, ¿qué se sigue?, ¿a dónde nos lleva? Y finalmente, las preguntas sobre las propias preguntas cuestionan la validez del mismo interrogante que estamos planteando: ¿por qué es importante preguntarnos esto?, ¿estamos haciendo la pregunta correcta? Esta última categoría es, tal vez, la más rara y la más valiosa.













