Ciudad Abierta"Prevost fue capaz de hilvanar con gran coherencia afirmaciones que pudieron molestar a las izquierdas, a las derechas y a los separatistas"El papa Le�n XIV, en el Congreso.EFEActualizado Martes,
junio
00:02Audio generado con IASi algo mostr� el discurso del Papa en el Congreso es que el discurso del Papa no cabe en el Congreso. Y no porque sus reflexiones no fueran interesantes, ni porque supusiera una afrenta que un l�der religioso se dirigiese a los diputados. Sencillamente, Le�n XIV mostr� que los razonamientos de la Iglesia se sit�an en un plano distinto al de nuestra pol�tica cotidiana. Un plano que se interesa por algunas de sus mismas cuestiones, pero que lo hace desde coordenadas muy diferentes.En un tiempo de packs ideol�gicos, Prevost fue capaz de hilvanar con gran coherencia afirmaciones que pudieron molestar a las izquierdas, a las derechas y a los separatistas -al fin y al cabo, sostuvo que Espa�a es �una noble naci�n� que ya exist�a hace quinientos a�os-. Si algo deb�an haber sacado todos en claro es que resulta fundamentalmente rid�culo encajar la visita del Papa en nuestras batallas pol�ticas diarias. Justo la lecci�n que varios portavoces, de Patxi L�pez a Gabriel Rufi�n, se apresuraron a mostrar que no hab�an entendido.Ahora bien, esa capacidad de crear un discurso coherente y diferenciado de los que dominan nuestra vida pol�tica -un pack propio- no deber�a ser tomada como una se�al de superioridad. Es cierto que el Papa expuso sus ideas de una forma m�s clara y profunda de lo que se estila en el Congreso, sobre todo en los �ltimos tiempos. Pero esto fue, en buena medida, porque piensa y habla desde un sitio distinto al que ocupan nuestros representantes. Y del mismo modo que abarca algunos �ngulos ciegos de nuestra conversaci�n p�blica, tambi�n deja desatendidos otros que merecen foco. No cabe reprocharle, por ejemplo, que no dijera una sola palabra sobre la corrupci�n, porque sus preocupaciones se centran en otros asuntos; pero esto no le coloca en un plano m�s elevado del de aquellos -pol�ticos y no pol�ticos- que s� hablan sobre este tema.En realidad, lo m�s saludable del discurso del Papa no fue que suscitara un acuerdo forzadamente transversal, sino que invitase respuestas y discrepancias muy distintas de las que suelen ocupar nuestro debate p�blico. Uno se pregunta, por ejemplo, hasta qu� punto puede un no-creyente aceptar las apreciaciones morales del Papa cuando no comparte el elemento esencial del que se derivan: la fe en la existencia del Dios cristiano. Como podemos preguntarnos si alguien, por mantenerse en un plano moral y espiritual, puede desentenderse de las implicaciones materiales de sus posturas. Si se puede, por ejemplo, intervenir en el debate sobre la inmigraci�n trat�ndolo �nicamente como una cuesti�n �tica -algo que se resolver�a reconociendo al inmigrante como �pr�jimo�- y orillando que su acogida e integraci�n requieren recursos. Recursos de unas administraciones que tambi�n tienen que equilibrar muchas otras exigencias. Y si bien nadie espera que el Papa cuadre unos presupuestos, tampoco parece razonable hablar como si esto no fuera tambi�n un asunto de presupuestos. En definitiva, el tipo de relevancia que quiere Prevost para su Iglesia tambi�n anima a formularle preguntas. Y esas preguntas s� caben en el Congreso.











