“Oeeeeeee, oeoeoeeeeeeeee. Oeeeeeee. Oeeeeeee”. Son las siete y media de la tarde en estadio del Real Madrid. Las gradas están repletas: unas 70.000 personas cantan, aplauden con fuerza y corean genuinamente el famoso cántico sin letra que suele oírse en las competiciones deportivas. Pero esta vez no se celebra un partido de fútbol, ni la reciente victoria de Florentino Pérez para seguir al frente del club. Quien acaba de salir al campo es Robert Prevost, el papa León XIV. El público le recibe como a una auténtica superestrella, a la que artistas invitados como David Bustamante o Íñigo Quintero le dedican sus canciones en un estadio que, de forma excepcional, ha vuelto a dar conciertos.
Después de escuchar los testimonios variopintos de algunos asistentes –un vecino “laico” que decidió unirse a la vida parroquial, un treintañero que ha recibido su Primera Comunión o una familia de inmigrantes peruanos, en un guiño a sus orígenes–, León XIV abandonó el sillón blanco que coronaba el escenario poligonal, dividido en dos secciones diferenciadas, para dirigirse a la comunidad diocesana de Madrid en su último día completo en la capital. Jóvenes, adultos, niños y una amplia masa de fieles volvieron a gritar, entre el jolgorio y la emoción, cuando el máximo representante de los católicos lanzó una primera broma para romper el hielo: “Hoy la Iglesia ha echo un golazo para siempre”.










