En el conurbano profundo, el hermético difunto rodeado por millones, presentes y televidentes, en el centro mismo de la escena, sin rostro, encubierto tras el féretro cerrado, el Indio Solari, muerto y adyacente a la tóxica politiquería, testimonia la existencia latiente de corazones que requieren como del agua y el aire, de los mitos protectores.Los anteojos negros de la muerte.La hondura misma de las misteriosas manifestaciones masivas peregrinando hacia un predio lejano que lleva el nombre de José María Gatica, el Mono, el boxeador emblemático y trágico de una época que no terminó de pasar.Los golpes funestos de la vida.La muerte desenamorada.Kilómetros de travesías argentinas bajo la lluvia, de noche y de día, para llegar a ver un cajón cerrado.El Indio Solari, a brillar mi amor, cantan, lloran.Se marean en la historia hecha de mitos muertos, vivos.De pronto brotan del entumecimiento, danzan, rompen la danza con vino y otras ingestas y así construyen el duelo: la resplandeciente fiesta de la muerte.Hay diversas configuraciones de marchas del silencio. La de Nisman: literalmente silente —no hay palabras, claro—, lluvia, incertidumbre, cuerpos apretados, sepulcrales como el muerto mismo que deambulaba hacia respuestas que nunca llegaron.Las marchas circulares: las Madres de Plaza de Mayo —más allá de toda ideología— trazando una y otra vez la circunferencia sin salida de los desaparecidos.Las marchas rectilíneas: la del ingeniero Blumberg, tras el asesinato de su hijo.Frente al Congreso, una multitud airada, sin silencio, exigente, rabiosa.La de Néstor Kirchner: planeada, estetizada, televisada, multitudinaria.La de Maradona: caótica, feroz, lágrimas y desenfreno. La invasión a la Casa Rosada. Maradona difunto organizando la desorganización general.El fútbol y la muerte.Y la del Indio Solari: lo lloran y lo danzan, lo bailan, lo saltan, lo cantan, lo gritan. No hay minuto de silencio, ni silencio alguno. La muerte convertida en frenético recital. Luto y pogo.A empujones bravíos. Delirantes. Ji, Ji, Ji.Fiesta y funeral. El recital: el pasaje final del hombre al mito. El rito funerario de la Argentina redonda, esa que la miopía política no logra ver en su marea ilimitada. Trasciende las usurpaciones partidarias.Fuerte por demolición cuantitativa, sin innumerables los deudos.Mil y una noches de dolor, de furia, de decadencia y de grandeza, de energía pura, de locura.La marcha final que ya adora al mito. Dolientes y festivos.No lo soñé.
No lo soñé: el pasaje final del hombre al mito
Lo que dejó el masivo adiós al Indio Solari en Villa Domínico.












