CIUDAD DE MÉXICO— México está en problemas. No del tipo que los gobiernos pueden manejar mediante ajustes de políticas, sino un malestar estructural más profundo que se agrava silenciosamente hasta que estalla una crisis. Dos recientes rebajas en la calificación crediticia por parte de Moody's y S&P han hecho evidente el problema para los mercados internacionales, pero sus causas siguen sin entenderse adecuadamente. Las agencias de calificación citan el deterioro fiscal —el aumento de los déficits presupuestarios, la calamitosa situación financiera del gigante petrolero estatal Pemex y los abultados programas de transferencias— como la razón principal de la rebaja. No se equivocan. Pero este desequilibrio fiscal es el síntoma de una enfermedad más grave: un modelo de gobernanza receloso de los mercados, hostil hacia las instituciones independientes e incapaz de proporcionar la previsibilidad jurídica que requieren los inversores. La verdadera acusación contra el México de hoy no es fiscal. Es política. A lo largo de los siete años que el partido Morena ha gobernado México —primero bajo el expresidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y ahora bajo la presidenta Claudia Sheinbaum—, el país ha registrado su peor crecimiento desde los 80, la "década perdida". El crecimiento del PIB real ha promediado menos del 1% anual. A medida que las cadenas de suministro se trasladaban fuera de China, el nearshoring debería haber generado ganancias históricas, pero, en cambio, ha tenido un rendimiento drásticamente inferior.