Por Catalina López-SagásteguiMéxico depende de sus mares. La pesca, la acuacultura, el turismo marino y la identidad de muchas comunidades costeras están ligadas a ecosistemas saludables. En el marco del Día Mundial de los Océanos, cuyo lema este año es “Áreas marinas protegidas sólidas para nuestro planeta azul”, es momento de reconocer que conservar y restaurar el océano no es solo una meta ambiental: es una estrategia de desarrollo, bienestar y seguridad alimentaria. Proteger el mar es proteger la prosperidad costera Cada 8 de junio, el Día Mundial de los Océanos nos recuerda que el mar no es solo un paisaje: es alimento, trabajo, identidad, historia y futuro. Este año, bajo el lema “Áreas marinas protegidas sólidas para nuestro planeta azul”, la conversación llega en un momento clave para México. Somos un país costero, con comunidades que han construido su vida alrededor del mar y con ecosistemas que sostienen actividades tan importantes como la pesca, la acuacultura, el turismo y la cultura local. Proteger el océano no es un lujo ambiental ni una agenda separada del desarrollo. Es una condición básica para sostener la productividad de los ecosistemas y el bienestar de millones de personas. En 2025, según datos de la CONAPESCA, México produjo más de 2.17 millones de toneladas de productos pesqueros y acuícolas, alcanzando un valor estimado de 54.4 mil millones de pesos. Detrás de esas cifras hay cooperativas, familias, empleos, alimentos y formas de vida que dependen directamente de que los ecosistemas marinos y costeros sigan funcionando. Lo mismo ocurre con el turismo marino. Actividades como el buceo y el snorkel generan en México cientos de millones de dólares al año y dependen de arrecifes sanos, agua limpia, biodiversidad visible y paisajes bien conservados. Cuando un ecosistema se degrada, cuando disminuyen las poblaciones de especies emblemáticas, no solo perdemos naturaleza, también se debilitan economías locales, oportunidades para jóvenes, ingresos comunitarios y capacidades de adaptación frente al cambio climático. Por eso, las áreas marinas protegidas, las zonas de refugio pesquero, el ordenamiento ecológico, la restauración de manglares, el manejo pesquero y el turismo comunitario deben verse como parte de una misma estrategia. Cada herramienta tiene un papel distinto. Algunas limitan actividades extractivas en sitios críticos; otras permiten recuperar especies de importancia comercial; otras fortalecen actividades no extractivas y otras ayudan a ordenar el uso del territorio y del mar para reducir conflictos. México ya cuenta con avances importantes. Hasta mayo de 2026, se han documentado 35 zonas de refugio pesquero vigentes y 40 áreas protegidas con territorio marino en el país. También existen experiencias comunitarias, proyectos de restauración y distintivos de turismo comunitario que muestran un interés creciente por vincular la conservación con beneficios locales. Sin embargo, el reto no es solo crear más instrumentos, sino lograr que funcionen: con financiamiento, vigilancia, monitoreo, participación social y reglas claras. Ninguna herramienta, por sí sola, resuelve todos los problemas. Un área protegida sin presupuesto difícilmente podrá cumplir sus objetivos. Un refugio pesquero sin seguimiento científico no podrá demostrar sus beneficios. Un proyecto turístico sin participación comunitaria puede reproducir desigualdades. La clave está en construir esquemas integrales que conecten la salud del ecosistema con el bienestar de las personas y asegurar financiamiento que los sostenga en el largo plazo. Ahí cobra sentido el concepto de Áreas de Prosperidad Marina. Una zona marina protegida o restaurada debe ser un espacio donde las comunidades participen en las decisiones, donde existan reglas claras, vigilancia efectiva, monitoreo científico, alternativas económicas y beneficios locales. La prosperidad marina no significa explotar más el océano; significa crear las condiciones para que la salud del ecosistema y el bienestar humano se refuercen mutuamente. Este enfoque es especialmente relevante para México porque el mar tiene un valor que va mucho más allá del mercado. Los mares mexicanos y su biodiversidad forman parte de la memoria cultural, la alimentación, el conocimiento tradicional y la identidad de muchas comunidades costeras. Conservarlos no es solo proteger biodiversidad; es proteger una relación histórica entre las personas y el mar. Sin embargo, para que esto funcione, se requiere inversión de largo plazo, coordinación entre instituciones, cumplimiento de reglas, participación comunitaria y acceso a información. También se necesita reconocer que las comunidades costeras no son únicamente beneficiarias de la conservación, sino que son aliadas indispensables para diseñarla, implementarla y sostenerla. El Día Mundial de los Océanos debe servirnos para elevar la ambición. Proteger los mares mexicanos es una apuesta por la seguridad alimentaria, la economía local, la cultura y la resiliencia climática. También es una decisión de justicia para las comunidades que han cuidado, usado y defendido estos territorios durante generaciones. Si queremos un planeta azul más sano, necesitamos que la prosperidad costera sea el compás que guíe el diseño de iniciativas de restauración, gestión y conservación. Programa de Investigación Marina Instituto de las Américas