Si el estadounidense Donald Trump ha "puesto fin a ocho guerras", también puede apuntarse en su haber otros tantos altos el fuego. Y sin embargo, quizá para el futuro sea necesario reescribir qué entiende el mandatario por un "alto el fuego". Desde que se inició el cese de las hostilidades entre EEUU e Irán el 8 de abril, ambos han intercambiado fuego en numerosas ocasiones. Washington ha bombardeado "posiciones militares" iraníes, derribado drones y atacado buques, mientras que Teherán ha desplegado misiles, atacado buques y lanzado sus drones contra sus vecinos del Golfo, llegando a causar daños en el aeropuerto internacional de Kuwait. Pero quizá el evento más peligroso para la supervivencia del alto el fuego ha sido este domingo, con una oleada de diez misiles balísticos lanzados por Irán contra el norte de Israel. Tel Aviv aseguró que logró interceptar la mayoría de los misiles, pero que "la defensa no es hermética". Teherán justificó el ataque como respuesta a los últimos bombardeos israelíes, también este domingo, sobre Beirut. Tel Aviv, a su vez, defendió el bombardeo en respuesta a unos ataques de Hezbolá contra el norte de Israel. Israel "responderá con contundencia" a los ataques iraníes, según un alto cargo israelí citado por el Canal 12. Trump ha puesto el grito en el cielo —"¡Es suficiente!"— para en realidad solo decir "volvamos a la negociación". "Lo que le sugeriría a Irán: ya han disparado sus misiles, es suficiente. Vuelvan a la mesa y cierren un acuerdo", dijo el mandatario a Fox News. También aseguró que llamaría a Netanyahu para que Israel "no respondiera", ya que el ataque no se ha saldado con víctimas mortales. En el momento de escribir estas líneas, Israel todavía no ha respondido. ¿Significa eso que el alto el fuego se ha roto, que volvemos a la guerra? En la nueva era Trump, es difícil de decir. Lo describía así el propio estadounidense, preguntado por los periodistas tras el ataque en Kuwait: "Diría que en esa parte del mundo, un alto el fuego es cuando estás disparando de una manera más moderada (…) Un alto el fuego ahí [Oriente Medio] es muy diferente a un alto el fuego en otras partes del mundo". Está todavía por ver si un ataque a Israel rompe para Trump una línea, como no lo hacen los ataques a sus aliados del Golfo, en Líbano o en la Franja de Gaza. En Gaza, Estados Unidos se arrogó el éxito de un alto el fuego entre Israel y Hamás en octubre de 2025, que acabó con la fase más abierta de la guerra en la Franja. El acuerdo incluía el fin de toda lucha, que Hamás liberara a los últimos rehenes, la entrada masiva de ayuda humanitaria y una serie de previsiones para el desarme de la milicia islámica y la retirada progresiva de las tropas israelíes hasta abandonar la Franja. El alto el fuego sigue en pie con ese nombre, pero, más allá de la entrega de rehenes, no se ha cumplido nada más. La entrada de ayuda a Gaza sigue en mínimos, fuertemente controlada por Tel Aviv, Hamás no ha aceptado el desarme, los ataques israelíes han matado a 900 palestinos desde la entrada en vigor de la tregua y el pasado 28 de mayo, el primer ministro Benjamín Netanyahu ordenó a sus tropas ocupar “el 70% de la Franja”. Y en Líbano, el pasado 3 de junio, Israel y las autoridades libanesas alcanzaron un alto el fuego bajo mediación de EEUU, “condicionado” a que Hezbolá retire sus operativos al sur del río Litani y ceje en sus ataques. No hay, de momento, ninguna prueba de que este punto del alto el fuego se esté aplicando, dado que Hezbolá ni siquiera estaba presente en la mesa trilateral de negociación, pero encaja en la estrategia trumpista de "anuncia antes, aplica después". Pero incluso sin la entrada del factor Hezbolá, apenas un día después del anuncio a bombo y platillo del alto el fuego (necesario para poder continuar con las negociaciones con Irán), Israel perpetró "de manera agresiva y bárbara" un ataque contra un vehículo del Ejército libanés que mató a tres militares, incluyendo un general de brigada. El hecho de que el Ejército israelí haya anunciado inmediatamente que ha "iniciado una investigación" deja claro lo delicado del asunto, aunque han defendido la actuación porque el vehículo "se movía de manera sospechosa hacia los soldados [israelíes]". Pese al ataque, las autoridades libanesas jugarán seguramente el mismo juego de seguir llamando alto el fuego a lo que poco parece un alto el fuego. Desde el reinicio de la invasión israelí el pasado 2 de marzo (rompiendo un anterior alto el fuego acordado en 2024), las autoridades libanesas han mostrado una inusual posición de dureza y distanciamiento contra la milicia chií, desesperadas por intentar evitar lo que parece inevitable: que Israel ocupe el territorio libanés al sur del río Litani (casi un 10% del país). El acuerdo de alto el fuego incluye una futura provisión para la creación de “zonas piloto” en las que el Ejército libanés tendrá el control exclusivo de la seguridad. Un pequeño ejemplo de esto, que ha pasado desapercibido en los medios occidentales, pero que ha sacudido a los de la región, es la invitación en una de las principales cadenas televisivas libanesas al periodista israelí Barak Ravid, ahora responsable de la mayoría de las exclusivas de la Administración Trump en la región, pero visto ampliamente en la región como un activo de Tel Aviv y el Mossad. Un hecho impensable hace apenas unos años y que entra en esa estrategia de normalización. Es difícil decir si para las cuentas de Trump el alto el fuego entre República Democrática del Congo y las milicias ruandesas M23 cuenta como alto el fuego o como "acuerdo de paz" (lo ha mencionado en varias ocasiones), pero lo cierto es que los combates continúan a día de hoy. Y desde luego, ningún alto el fuego gestionado por Trump en Ucrania (llevamos tres) ha sobrevivido sin un ataque de Moscú a infraestructuras energéticas clave. Es la trampa de la manera en la que la nueva Administración estadounidense entiende los acuerdos de paz "de X puntos": acuerdos por bloques, que ya se irán negociando, en lugar de larguísimos y complejos acuerdos completos, más difíciles de obtener. La estrategia de obtener un preacuerdo con bloques de distinta dificultad puede estar bien, si luego se avanzara a las siguientes fases, apunta Urban Coningham, investigador del Royal United Services Institute de Londres. Porque "cuando no hay avances ni horizonte político, es muy difícil que un alto el fuego se mantenga, porque no existe un incentivo real para que las partes firmantes sigan respetándolo si no conlleva ningún cambio". Quizá donde más clara es esa nueva realidad es en Irán. Desde el 8 de abril, pero especialmente desde que los vaivenes de Trump con el presunto acuerdo de paz, Irán ha ido tanteando de manera exponencial el nivel de los ataques que se puede permitir. Si primero era violar el espacio aéreo de sus vecinos del Golfo con pequeños grupos de drones o amenazar buques que cruzaran Ormuz, el ataque en Kuwait dejaba al menos un muerto e importantes destrozos en el aeropuerto, y los misiles balísticos de este domingo incluían a un siempre inestable Israel. Pero de momento, el alto el fuego de Trump sigue en pie, al menos para él. En privado, Trump ya ha asegurado a sus aliados que solo reanudará la guerra (sentimos que hay que añadir el epílogo “de gran intensidad”) en caso de que algún ataque iraní mate a soldados estadounidenses. Y en Teherán han tomado nota. “Irán ha roto la barrera del miedo con Estados Unidos. Los intercambios de fuego de las últimas noches no son un simple incidente, sino la expresión de una nueva estrategia a la que Teherán le ha estado dando forma”, escribe Dennis Citrinowicz, analista del Institute for National Security Studies de Tel Aviv. El ataque a Israel es el ejemplo más peliagudo: si Trump logra convencer a Israel de no responder con algo más que lo que Irán les ha lanzado (10 misiles), en una suerte de ojo por ojo, Teherán puede aprender que tiene manga ancha. A diferencia de anteriores momentos de tensión con EEUU, Irán ha aprendido que el conflicto (tal y como se mantiene ahora) es preferible a la diplomacia. Es el estado de guerra lo que está ayudando a Teherán a cimentar su poder internacional: atacando a los estados árabes que albergan bases estadounidenses, logra abrir una brecha entre éstos y Washington; cerrando el estrecho de Ormuz, gana un poder que nunca tuvo antes de la guerra, con prácticamente un reconocimiento tácito de su capacidad de negociar el destino de los barcos de todo el mundo. Todo esto, además de la confianza de que Estados Unidos tampoco pretende unas negociaciones justas (Washington inició la guerra, matando al ayatolá Ali Jamenei, en plenas negociaciones). La estrategia de Irán ha pasado ya de simplemente sobrevivir. El colapso de Hezbolá y Hamás, lanzaderas de su anterior doctrina basada en proxies, ha llevado a la cúpula iraní a concluir que una fricción directa pero controlada con EEUU reconstruirá su capacidad de disuasión. Mohammad Ayatollahi Tabaar, analista del Carnegie Endowment for International Peace, lo resume así en la revista Foreign Affairs: “Irán abraza una guerra eterna [forever war]”. “Guerra eterna”, salvo que en la nueva realidad de Trump, se llamará alto el fuego.