Siento que es inevitable que Zverev gane un Grand SlamJohn McEnroe-----------------------------De un vistazo a las tribunas de la Philippe Chatrier, el cronista distingue a personalidades tan dispares como Lenny Kravitz, Pharrell Williams, Marion Cotillard o Adriano Panatta, leyenda del tenis italiano de los setenta y los ochenta. Días atrás, por Roland Garros también se habían dejado ver Brad Pitt, Andre Agassi y Boris Becker, el último campeón alemán de un grande, de eso hace ya treinta años, desde el Open de Australia de 1996.Pero más allá de aquellos personajes, la memoria reciente nos lleva al 2022. Y así, nos detenemos en otra leyenda.En la semifinal postpandémica del 2022, Rafael Nadal está sufriendo un tormento. Sasha Zverev no le deja respirar.Es cierto que el manacorí se ha apoderado del primer set (7-6(8)), y que el segundo parcial vislumbra el tie break (el marcador se encuentra en 6-6), pero ahora se está quedando sin baterías (lo confesaría él días más tarde) y empieza a sentirse perdido ante la magnitud del gigantón alemán, este Zverev que firma increíbles reveses paralelos y se va apropiando de todas las teclas del partido.Y entonces, lo inesperado.Llueve y se ha cerrado el techo corredero y en un instante del partido, Zverev corre en lateral y entonces se tuerce el tobillo y se desploma sobre la arcilla, cae con toda su enormidad. Se desploma y no se levanta, y la concurrencia, tan ojiplática como estremecida, escucha las voces del alemán.Zverev grita de dolor, se maldice, y entran los médicos y se lo llevan en la silla de ruedas, y solo reaparece un cuarto de hora más tarde, con muletas y lloroso, para disculparse ante la feligresía.-No podré seguir -dice.Y allí nace su maldición. Pues con el tiempo, y tras perder tres grandes finales, se le cuelga la etiqueta de mejor tenista de la historia que nunca ha ganado un Grand Slam.Sasha Zverev se derrumba sobre la arcilla tras su triunfo, este domingo en París Matthew Stockman / GETTYZverev (29) tarda un año en reaparecer en escena pues se ha roto tres ligamentos laterales del tobillo derecho, y cuando al fin regresa al tenis, nada es lo mismo. Es un tenista más lento, más pesado, y además le han crecido los enanos: del Big Three ya solo queda Djokovic, pero ahora se alumbran Carlos Alcaraz y Jannik Sinner, el binomio que ha acaparado todos los grandes desde febrero del 2024, nueve en total.Durante un tiempo, Zverev sestea, trata de crecerse pero también crecen los oponentes, y se le van escapando las oportunidades y hay quien proclama:-Nunca ganará un grande.(No es el caso de John McEnroe: Big Mac nunca había perdido la fe en él, siempre dijo que el alemán sí ganaría un Grand Slam).En fin, en esta miscelánea de augures y pronosticadores, se impone John McEnroe. Bueno, en realidad quien se impone es Zverev: la parroquia parisina vuelve a ver cómo el gigante se derrumba en su tierra.Aunque ahora, se derrumba feliz. Lo hace en este domingo cálido y soleado, y tras batir a un rival inesperado, a este Flavio Cobolli (24) que jamás había pasado dos rondas en un Grand Slam y que aquí, en Roland Garros, se ha crecido hasta límites insospechados y que, cuando todo acaba, sortea la red y abraza al alemán, le abraza como para consolarle.Pero no nos equivoquemos: pelea y pelea Cobolli, héroe sobrevenido que este lunes amanecerá en el Top 10 del circuito pero nunca, hasta ahora, había recibido la tarjeta de gran outsider. Flavio Cobolli lamenta un error, este domingo en París Dan Istitene / GETTY IMAGESCobolli tiene un tenis repleto de matices, técnico y académico, siempre voluble: cuando Zverev, bendecido por su descomunal servicio, se le viene encima (y así lo hace en la primera manga), el italiano se recompone. Tensa el resto, empieza a variar el juego, ahora lanza un resto ganador de derecha paralela; ahora, una dejada, y por momentos desconfigura al alemán, grandullón malcarado que carga muchos sambenitos a cuestas: no olvidamos sus ataques coléricos, la escena de años atrás, cuando reventó la raqueta contra la silla del juez. Tampoco olvidamos sus cuitas judiciales, el proceso por maltrato doméstico que le había abierto su ex pareja y que acabó en acuerdo prejudicial: 200.000 euros pagó el alemán para cerrar el asunto.Pelea Cobolli, se corrige en el segundo parcial y también en el cuarto, cuando los calambres musculares atormentan al alemán y su servicio parece perder eficiencia. La medicina entra en acción. Los médicos le entregan a Zverev las pastillas mágicas, pero ni por esas se rehace el alemán: desperdicia el tie break y, al abordar la quinta manga, se atisba el drama. En el tramo decisivo, emergen los fantasmas. Ambos rivales tienen su noséqué. Cobolli, porque nunca se ha visto en una de estas. Y Zverev, porque la historia le señala. Si en algún momento debe revirar su carrera deportiva, ese capítulo es este. El tramo decisivo supera a Cobolli, que siente el peso del momento y se derrite. Todo lo que puede hacer es abrazar a Zverev, tenista maldito que ahora, en la madurez, se ha sacudido una etiqueta.-Ahora que has cumplido tu sueño, déjame cumplir el mío en la próxima ocasión -le pide Cobolli.Licenciado en Derecho (UB) y Periodismo (UPF). En La Vanguardia desde 1995. Estuvo en Sociedad, Política y Economía. Hoy escribe retratos y columnas en Deportes. Autor de 'Soñé que estaba vivo' y 'Soy un superhéroe'