Roberto Sánchez estuvo a punto de morir hace cuatro meses. Hacía campaña en el sur del país, en una zona rural y alejada de Lima, cuando lo asaltó un dolor intenso y persistente en el abdomen en plena carretera. Lo trasladaron al centro de salud más cercano, pero su equipo entró en desesperación cuando les comunicaron que tenía una apendicitis aguda y no contaban con especialistas para operarlo. Hasta tres puestos de salud recorrió y cuando llegó a una clínica, Sánchez había perdido el conocimiento. Tenía peritonitis, una de las tragedias cotidianas fuera de la capital, que concentra un tercio de la población del país y los servicios. El izquierdista, congresista de 57 años y psicólogo de formación, regresó a la carrera electoral semanas después y consiguió hacerse un hueco entre los 35 candidatos que aspiraban a la presidencia en primera vuelta cuando aún no estaba en el radar de las encuestadoras ni suponía, como lo acusa ahora el fujimorismo, un peligro para la democracia. En un recuento agónico que tardó un mes, salpicado por las acusaciones de fraude del aspirante de la ultraderecha y exalcalde de Lima ―fue el más votado en la capital y era el favorito en las encuestas― al que desplazó del balotaje, hoy es el candidato que puede quebrar las opciones de Fujimori de llegar a la presidencia, que lo ha intentado ya cuatro veces. El último sondeo conocido, de Ipsos, le da una ligera ventaja (43,8% de intención de voto) sobre la hija del autócrata (43,2%), a la que Sánchez llama “señora del caos con K” por Keiko. Sánchez fundó Juntos por el Perú en 2008, una agrupación política que se define como de izquierda democrática, crítica del capitalismo y defensora de convocar a un referéndum para redactar una nueva Constitución. Cuando pasó a segunda vuelta, muchos vieron con recelo su programa y el mundo empresarial se puso en guardia. En un giro inesperado, lleva desde el lunes pasado tratando de limar su propuesta y hacerla más centrista y palatable para el capital y los inversores. Presentó un nuevo programa de gobierno a seis días de las elecciones, fruto de una alianza con otros partidos. Ahora promete preservar la estabilidad macroeconómica, respetar la autonomía del Banco Central de la Reserva, así como los tratados internacionales de libre comercio. Mientras sus críticos lo interpretan como una maniobra para ocultar posiciones más radicales, otros destacan el esfuerzo de un candidato que entendió que para ganar las elecciones no basta con heredar el voto de Pedro Castillo, el expresidente izquierdista encarcelado por intentar dar un autogolpe en 2022, a cuya figura Sánchez ha decidido vincular su candidatura. Con esta estrategia trata de capitalizar el descontento de quienes creen que Castillo es una víctima de las maniobras del fujimorismo para hacerle imposible, con su oposición desde el Congreso, gobernar. A fines de marzo, desde el penal de Barbadillo, Pedro Castillo oficializó su padrinazgo a través de un post en X. Afirmó que le entregó su sombrero a Sánchez para que lo representara rumbo a Palacio, y sostuvo que valoraba su lealtad. Por aquellos días se decía que Sánchez le había dado la espalda después del intento de autogolpe. Unos cuantos caracteres cerraron la discusión. Y, de pronto, el candidato dejó de ser solo Roberto Sánchez para convertirse en el heredero de su sombrero, con el que se presenta en todas partes como símbolo del mundo rural, y su legado político. Cuando tuvo la peritonitis, estaba haciendo campaña en la llamada “ruta castillista”, una travesía que replica el camino que llevó a Pedro Castillo desde las zonas rurales hasta Palacio en el 2021. En el cartel electoral de Juntos por el Perú figuran los hermanos mayores de Pedro Castillo, José Mercedes, senador electo, y la hija política de Castillo, Yenifer Paredes, elegida diputada. En plazas y mercados, Sánchez ha pedido la libertad de su mentor y ha prometido que lo indultará si llega a la presidencia. Sin arrasar en el sur andino como Castillo en 2021, Sánchez ha logrado atraer buena parte del voto de protesta hacia las élites políticas en la primera vuelta.Mientras, Keiko Fujimori no deja de atizar el miedo que manifiestan votantes de que Sánchez sea un radical de izquierda que destroce la economía. El viernes, en X, la aspirante aseguró que había mantenido una “emotiva llamada” con María Corina Machado, la líder de la oposición venezolana, para señalar a continuación: “La historia nos da poderosas lecciones de los caminos que hay que seguir y aquellos que hay que evitar, como lo que sucedió con la Venezuela de Chávez y Maduro. El de Chávez fue un modelo que llegó prometiendo prosperidad para todo el pueblo y terminó repartiendo miseria, inseguridad y expulsó a millones de venezolanos de su propio país”.Roberto Sánchez no nació en las montañas como Castillo, sino en la costa. Exactamente en Huaral, una provincia agrícola al norte de Lima, el 3 de febrero de 1969. Es hijo de un peluquero y una ama de casa que lavaba ropa ajena y cocinaba a pedido. Ninguno acabó el colegio. Ese origen ocupa hoy un lugar central en su narrativa de campaña. En un guiño a la diversidad peruana, en el debate presidencial sus primeras palabras las pronunció en aimara. Sus adversarios suelen presentarlo como un oportunista que adoptó el sombrero de palma como símbolo electoral pese a residir desde hace años en San Borja, uno de los distritos más acomodados de la capital. En respuesta, él recurre cada vez más a la historia de sus padres para reivindicar sus raíces provincianas. Mucho antes de convertirse en congresista, ministro de Comercio Exterior y Turismo o candidato presidencial, Roberto Sánchez fue el niño que recorría la Plaza de Armas de Huaral con un cajón de lustrabotas. Nery Manrique León, uno de sus amigos de infancia, todavía conserva esa imagen. “Beto se paseaba por toda la plaza buscando clientes. Él sabe lo que es lucharla desde abajo. Es un orgullo para el pueblo”, dice. El propio Sánchez ha contado que boleó zapatos desde los siete hasta los trece años. Además vendía pan con pescado frito en las chacras y chupetes de fruta. De pequeño salía con sus tíos a cosechar naranjas y mandarinas. Durante su adolescencia, Roberto Sánchez fue catequista de la parroquia San Juan Bautista en Huaral. Luego migró hacia Lima. Tenía la convicción de ser sacerdote y entregar su vida a Dios. Pero no concluyó el seminario. En 1998, al borde de los treinta años, se recibió como psicólogo por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Por esos años formó parte de grupos pastorales basados en la Teología de la Liberación. Su experiencia laboral, no obstante, se ha sostenido en su trabajo en el sector público. Ha ocupado cargos de gestión en distintas municipalidades y cuenta con una maestría en políticas sociales por la Universidad Pontificia Católica del Perú. “Se ha convertido en el abanderado de una causa bastante clara. La de detener y hacer retroceder a la red de control que tejió durante diez años el fujimorismo con Keiko a la cabeza, y que ha sumido al país en una crisis profunda, con un poder concentrado y un abuso del mismo que ha erigido un sistema favorable a la actividad criminal”, explica el escritor Juan Manuel Robles en el semanario Hildebrandt en sus Trece. En la recta final de la campaña, Sánchez ha sumado el respaldo de varios excandidatos presidenciales. También ha recibido muestras públicas de apoyo de personalidades como el periodista César Hildebrandt y el actor y exprimer ministro Salvador del Solar, que podrían influir en los indecisos. El antifujimorismo, la fuerza política que ha evitado que la hija de Alberto Fujimori se cruce la banda presidencial en las últimas tres elecciones, podría ser decisivo una vez más. Para seguir mostrando un perfil más abierto, dos días antes de la campaña habló de los derechos de las mujeres y de las personas LGTBI, un tema que apenas ha tenido presencia en la agenda electoral. Aseguró que, a diferencia de Keiko Fujimori, él sí apoya el aborto en caso de violación. “Yo soy psicólogo, terapeuta; mi especialidad es la rehabilitación del abuso sexual infantil. Me he dedicado diez años a eso y, por tanto, el aborto en casos de violación creo que es lo democrático, lo justo y lo principista”, dijo, como informa Efe, en un acto de la Asociación de Prensa Extranjera. Sin embargo, se definió como “provida” y solo a favor del aborto terapéutico, el único permitido en Perú cuando está en riesgo la vida de la madre. También defendió las uniones homosexuales, prohibidas en el país. “Creo en los derechos de las minorías”, afirmó. Hace cuatro meses, Roberto Sánchez luchaba por llegar a un quirófano. Hoy lucha por llegar al Palacio de Gobierno. Entre un momento y otro hay una campaña, un sombrero y dos sombras, la de un expresidente encarcelado y la de Antauro Humala, hermano del expresidente Ollanta Humala, que estuvo en prisión por homicidio calificado, secuestro y rebelión al levantarse en armas en 2005. Su movimiento etnonacionalista ha sido un apoyo que erosiona su candidatura; por eso Sánchez trata de tomar distancia de él y aclarar que no estará en su gobierno. Este domingo se sabrá si los peruanos le darán una segunda oportunidad al proyecto inconcluso de Pedro Castillo o si Keiko Fujimori confirma que, después de tres intentos fallidos, la cuarta sí era la vencida.
Roberto Sánchez, el izquierdista heredero del sombrero de Pedro Castillo en Perú
El candidato busca atraer el voto de los partidarios del expresidente encarcelado por intentar dar un autogolpe y frenar al fujimorismo
Roberto Sánchez superó a Keiko Fujimori en balotaje peruano heredando estrategia de Pedro Castillo. Su giro a estabilidad macroeconómica y tratados comerciales indica apertura a capital internacional, clave para inversión tech en Perú.













