Se trata de cualquiera de estos años. La ucronía es la siguiente: Franz von Papen (1879-1969), político esencial de la República de Weimar y del Tercer Reich, resucita y va con un grupo de jóvenes políticos demócratas a Berlín, a la sede de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU). Allí los recibe, entre otros, el actual canciller, Friedrich Merz. Papen da la voz de alarma en un momento en que la tentación de aliarse con la extrema derecha de Alternativa por Alemania es fuerte. El antiguo canciller, que en enero de 1933 convenció al presidente del Reich, Hindenburg, para que llamara a Hitler al poder, se ve obligado a recordar las lecciones de la historia. Él, que maniobró hasta la estrenuidad para constituir un Gobierno de coalición entre la derecha y la extrema derecha, conoce bien a esta última. Hace tiempo que Papen ha aprendido en la tumba de sus errores: no fue Hitler quien acabó lloriqueando, sino que fue él quien adoptó un criterio equivocado. Antes, Papen había declarado respecto de Hitler: “Lo voy a acorralar en un rincón hasta que se ponga a lloriquear”. Papen había muerto, casi nonagenario, en el año 1969, y con esta visita a Berlín está prestando un último servicio a su país. Ellos no sabían lo que podía suceder. Nosotros sí. Ese relato, que aparece con modificaciones ficcionales en el libro Irresponsables, del historiador francés Johann Chapoutot (Alianza Editorial), muestra que lejos de ser un desenlace inevitable el ascenso de los nazis al poder fue el resultado de acciones conscientes de unas élites políticas, económicas y militares que, cegadas por sus propios intereses, creyeron manipularlos y plegarlos a su voluntad. No hubo fatalidad histórica ni procesos imparables, sino decisiones concretas, tomadas por personas concretas que franquearon el camino al desastre.¿Se pueden establecer analogías con el hecho de que esta semana se haya formado un Gobierno de coalición entre el PP y Vox en Castilla y León, del mismo modo que antes se hizo en Extremadura y Aragón, y que posiblemente ocurrirá lo mismo en Andalucía? ¿Qué pasará con el Gobierno del Estado?, ¿la única alternativa es un gobierno de la derecha y de la extrema derecha?, ¿hay una vinculación tan directa entre los términos “actualidad” y “años treinta”? La historia no se repite, pero tartamudea mucho. El libro de Chapoutot es solo uno más (de los mejores) de los que llenan las mesas de ensayos de la Feria del Libro. Es en ellas donde se está librando una auténtica “batalla cultural”. Es en las librerías de los grandes almacenes donde se da una guerra ideológica por la visión del mundo. En ellas conviven ahora varias decenas de textos, casi todos ellos teóricamente a favor de la democracia, pero con enfoques diametralmente opuestos. No así en las pequeñas librerías que, por falta de espacio y quizá por un sesgo ideológico, son más selectivas a la hora de dar espacio a historiadores y periodistas revisionistas del pasado histórico. El fenómeno Trump ha ampliado la reflexión. ¿Estamos ante un nuevo tipo de fascismo?, ¿cómo incluir en él a los reaccionarios recién llegados, esos magnates ligados al mundo de las nuevas tecnologías y las distopías apalancadas en sus riquezas? En el debate público (editoriales, artículos de opinión, tertulias, etcétera) se dice sin grises que los nazis llegaron al poder democráticamente (falso), que a Hitler lo eligieron los alemanes (nunca), que la crisis llevó a la extrema derecha al poder (discutible), que los extremistas acabaron con la República de Weimar (falso), etcétera. En casi todos estos libros aparece, con distinto énfasis, un nuevo sujeto histórico: los “liberales autoritarios”. Así se califica a esa derecha que se presenta como el bando de la razón que compite con la extrema derecha y que la lleva finalmente al poder; unos “liberales autoritarios” que, una vez en los gobiernos, contemplan el uso de la fuerza porque saben que sus políticas son impopulares, que retroceden asustados cuando la extrema derecha pide demasiado (¿la derechita cobarde?) y que finalmente apuestan por confiarle sus políticas.