—Marx escribió que la historia ocurrió dos veces, primero como tragedia, después como farsa. Usted propone que el fascismo del siglo XXI es precisamente esa farsa, pero una farsa deliberada y autoconsciente, no involuntaria. ¿Qué es exactamente el fascismo cosplay, por qué la palabra cosplay y no, simplemente, populismo, autoritarismo, neofascismo? —Ha habido muchas maneras de intentar nombrar la singularidad de esto que nos está sucediendo, y estas fuerzas que están teniendo distintas formas de avance y triunfo en distintos países. Y ha habido distintas polémicas respecto a cómo nombrarlas. Si se las puede nombrar de una manera genérica a todas ellas o hay que singularizar en cada caso, y si se puede o no evocar experiencias del pasado que de algún modo nos permitan, precisamente, amortiguar ese desconcierto, y darle inteligibilidad a un presente que aparece como desconcertante en vistas de lo que venían siendo nuestras maneras de interpretar la historia. En ese sentido, el título, lo mismo que en general el libro, parte de un uso un poco irónico de la lengua, del lenguaje, tratando de recuperar de parte de las fuerzas democrático-progresistas, una dinámica del discurso menos asentada en el gesto reactivo frente al avance de los discursos de odio y más dispuesta a experimentar con formas lúdicas, irónicas, paródicas, de la lengua del presente. En ese sentido, fascismo cosplay no pretende ser una categoría de sociología política, sino una suerte de personaje conceptual con el que movilizar un poco el discurso político contemporáneo. Y efectivamente tiene estos dos componentes. Por un lado, la idea de fascismo que evoca la tragedia política del siglo XX. Y por otro lado, la idea del cosplay que remite a ciertas prácticas de la cultura pop del siglo XXI. Hay en el libro una preocupación por trazar puentes entre estos dos siglos. Y también entre estas dos realidades. Por un lado, el ascenso de formas políticas autoritarias, neoautoritarias, y por otro lado, el uso muy dúctil y acertado por parte de estas fuerzas, de un conjunto de estrategias comunicacionales, culturales y técnicas que resumo con la figura del cosplay, porque el propio actual presidente de la Nación ejerció el cosplay en su momento de una manera bastante recordada y que él, por lo visto, lo recuerda con aprecio, porque, después de haber hecho el famoso cosplay de El General Ancap en 2019, cuando todavía ni siquiera era candidato, actualmente, cuando él lanza las redes en la versión en inglés de sus propias redes personales, ya como presidente, recupera la figura del General Ancap, convertido en una suerte de superhéroe de dibujitos. Con lo cual uno reconoce que hay cierto aquerenciamiento con la figura de lo cosplayer, que por otra parte fue ejercido profesionalmente por la diputada Lilia Lemoine, que es una suerte de vocera de la mano derecha del Presidente, la jefa, el jefe. Y la figura del cosplay lo que intenta nombrar es la paradoja de un fascismo no asentado en la verdad única, en el partido único, sino un fascismo de la posverdad. Qué implica ese desplazamiento para nuestro presente y de qué maneras tenemos que resituar las armas de la crítica para diagnosticar y contraponer a un fascismo que ya no guarda las formas rígidas del pasado, sino, por el contrario, una movilidad táctica del presente. —El fascismo clásico del siglo XX operaba desde la verdad única, el partido único, la propaganda solemne, la homogeneización violenta del pensamiento, mientras que usted sostiene que el fascismo cosplay aprendió de sus propios críticos, del capitalismo, y que en sus crisis tiene la capacidad de absorber críticas, acelerarlas. Y entonces, ¿en qué momento exacto el fascismo dejó de necesitar la verdad para prosperar y empezó a prosperar precisamente en la posverdad?