EntrevistaAndrés Casas advierte que la desconfianza y los discursos de confrontación debilitan la capacidad de una sociedad para cooperar.Andrés Casas es doctorado en Psicología Social y fundador de Neuropaz. Foto: John Jairo Pérez. EL TIEMPO06.06.2026 22:57 Actualizado: 06.06.2026 22:57
Las elecciones del domingo pasado no solo dejaron a Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda como los candidatos que disputarán la Presidencia de la República en dos semanas; también mostraron un país profundamente dividido desde el punto de vista ideológico, político y regional. Si bien la polarización es el signo de la política de nuestros tiempos en el mundo, en Colombia la grieta es más compleja por el pasado de violencia que ha tenido el país. ¿Cómo se explica la polarización que ha dejado la primera vuelta electoral si más del 40 por ciento de los colombianos se consideran de centro según encuestas recientes? ¿Qué implica esa fractura de la población para el próximo gobierno, llegue quien llegue a la Casa de Nariño, y para la búsqueda de un mayor bienestar colectivo?La magnitud de esas preguntas requiere consultar a una especie de terapeuta del país. Andrés Casas es doctorado en Psicología Social y ha escudriñado la manera de pensar y sentir de los colombianos a través de la medición local de la ‘Encuesta mundial de valores’, así como de su trabajo con Neuropaz, una iniciativa internacional que conecta las ciencias del cerebro y el comportamiento con la búsqueda de la paz. A continuación, Casas expone algunas de las razones que explican la división de la sociedad colombiana tras la primera vuelta y, sobre todo, qué se necesitaría para recuperar la búsqueda de propósitos colectivos.Los resultados de la primera vuelta electoral revelan una profundización de la grieta entre los colombianos, con votos distribuidos entre dos extremos, una dilución del centro y una regionalización del voto. ¿El país está hoy más dividido que en el pasado reciente?Las elecciones, en efecto, nos muestran divididos, aunque no estemos estructuralmente condenados a serlo. Arranquemos por una reflexión de contexto. Edward O. Wilson decía que lo que asusta de nuestra época es que tenemos emociones del Paleolítico, instituciones del medioevo y tecnología divina. Tenemos inteligencia artificial, hiperconexión, drones y las guerras se pelean con máquinas. Tenemos un cableado cerebral que viene de las cavernas, reglas del juego atrasadas y estamos bombardeados permanentemente con información. El problema no son las personas ni los grupos, sino los entornos, que definen cuánta incertidumbre y cuántos riesgos hay. Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía en 2002, decía que los humanos, como los gatos, tenemos un problema: los gatos saben nadar, pero prefieren no hacerlo, mientras los seres humanos podemos pensar, y preferimos no hacerlo. Somos unos tacaños cognitivos: tenemos cerebros que buscan minimizar el esfuerzo, y eso nubla nuestra capacidad de discernimiento en entornos complejos. El problema no es colombiano, es global. Hay una tensión contra la democracia, el capitalismo, el globalismo y la arquitectura internacional. Hay comunidades que se sienten excluidas y grupos políticos que entendieron que la división es la mejor forma de lograr el poder. Estados Unidos es un espejo para ver cómo la democracia está en riesgo. También está el elemento territorial. Donde el orden social no funciona, o donde se creía que funcionaba pero no se actualizó, se mueve mucho la noción de identidad. En Colombia, James Robinson lo ha demostrado: el orden social funciona selectivamente. En la ‘Encuesta mundial de valores’ hemos mostrado que Bogotá tiene valores de Suecia, pero usted va a otra parte del país y no es así.¿Cuáles son los sentimientos básicos que definen un proceso electoral en un elector colombiano?El proceso electoral está parado en un momento en que importa mucho la percepción y la mente conectada al territorio. Si en el territorio donde usted vive —físico o simbólico— el orden social no está resuelto y alguien le mete una inyección de miedo, algo de su grupo se pone en riesgo. Cuando se mete esa inyección de inseguridad existencial, el miedo ordena la decisión. En Colombia tenemos muchas cosas que nos unen, pero también una tragedia de cooperación colectiva. Cuando vienen intereses que piensan que la democracia es un campo de batalla, y los humanos aprendemos por imitación, se vuelve más difícil.La gente cree que se informa cuando lee redes sociales, pero muchas veces se aísla. Entra en un modo de comportamiento reptiliano: la amígdala, la parte más arcaica del cerebro, toma el control.Si pensamos la sociedad colombiana como un grupo de personas que va en un mismo barco, y esas personas consideran que el otro es un enemigo, el barco se hunde y se friegan todos. ¿Cómo funciona la toma de decisiones de una persona en un entorno de miedo, de redes sociales agresivas y discursos políticos que separan más de lo que unen?Antes pensábamos que era la ideología política lo que explicaba esto. Hoy tenemos mejores herramientas para responder. Ahora sabemos que, cuando el cerebro está en modo automático y el cortisol se dispara, si a usted le dicen “hay riesgo, el otro es un problema”, su sistema de toma de decisiones más tranquilo —el del córtex prefrontal— pierde frente a las emociones. Entonces las emociones toman las riendas de la planeación y el análisis del entorno. La gente cree que se informa cuando lee redes sociales, pero muchas veces se aísla. Entra en un modo de comportamiento reptiliano: la amígdala, la parte más arcaica del cerebro, toma el control y dice: “tengo que defender a estas pocas personas y a estos pocos valores”. Sabemos experimentalmente que las normas sociales que nos unían como grupo pasan a segundo plano y empezamos a ver todo como un juego de suma cero. Cuando a un grupo se le ponen camisetas de un color y a otro de otro, la confianza y la humanidad se vuelven un valor solo para el grupo que tiene una de esas camisetas. Cuando nos dividimos en grupos, la gente renuncia a la idea de que usted y yo somos iguales, de que usted tiene emociones y podemos lograr acuerdos. Eso se llama ethos del conflicto. Colombia viene de un conflicto de largo aliento y eso dificulta mucho las cosas, pero no estamos en una etapa irreversible. No estamos en un conflicto intratable, aunque las noticias nos digan que estamos en un barco incierto, partido y hundiéndose, no necesariamente es así.Ese comportamiento reptiliano va dejando a un lado la solidaridad, la empatía, la búsqueda del bienestar colectivo y el respeto por las reglas básicas. ¿Cómo es esa dicotomía entre comportarse individualmente de acuerdo con instintos básicos y a la vez tratar de avanzar como sociedad?Se habla mucho del llamado “sesgo de atribución fundamental”. Si usted tiene una camiseta y yo otra, asumimos que no nos podemos poner de acuerdo. Se dispara entonces la idea de que todo lo que usted haga está mal. El otro se vuelve un peligro y sus intenciones son negativas. También ocurre el llamado “pensamiento motivado”. En un contexto como este, todo empieza a favorecer lo que yo creo, lo que pienso y lo que mi grupo dice que está bien. Ahí viene el problema de la fragmentación: estamos todos en el barco, pero cognitivamente empezamos a pensar que vivimos en realidades paralelas. Algo que requiere un suelo común para deliberar se rompe. Por eso fue tan dañino que no hubiera debates antes de la primera vuelta electoral.Andrés Casas ha sido líder local de la ‘Encuesta mundial de valores’. Foto:Andrés CasasAbramos la ventana y tomemos aire. ¿Qué países o sociedades están teniendo hoy un comportamiento distinto a esta tendencia polarizante, divisiva y emocional?El problema de la hiperconexión es que la inflamación cerebral es colectiva. Estamos expuestos a esas tendencias todo el tiempo y hay mucha desinformación. Otros países no tienen nuestra historia de violencia. A mí me da pesar que vamos a cumplir diez años de un proceso de paz exitoso, así todo el mundo quiera decir que no. Pero ese país no nos lo contamos, no lo tenemos en cuenta en las narrativas dominantes. A través de la ‘Encuesta mundial de valores’ podemos saber algunas cosas. Yo quiero ver los datos de Hungría, porque en las últimas elecciones se devolvió el péndulo. Es un caso muy interesante porque ellos ya saben qué es retroceder. Cuando nuestras opciones son solamente de extremos, ya vemos lo que en otros países los extremos han hecho. Gane quien gane las elecciones, vamos a tener un país dividido geográfica y políticamente, y con la toma de decisiones visceral, reptiliana, exacerbada.El cerebro está más tranquilo cuando no tiene que pensar críticamente; entonces uno acepta el mal comportamiento para que el cerebro esté tranquilo. Eso hay que superarlo.En lo individual, ¿cómo logra uno volver a subir los niveles de razonamiento, empatía y cooperación con el otro, frente a esos sentimientos reptilianos?Lo que sabemos, y es evidencia que hemos producido en Colombia, es que hay tres caminos. Primero, en momentos propicios podemos volver a descubrir que nosotros no hemos perdido el hecho de que somos “Mauricio y Andrés”, que tenemos cosas en común y que, si estamos en una situación de peligro, nos vamos a ayudar. Hay que recuperar mecanismos para inocular esa humanización. Segundo, a nivel colectivo se activa el pensamiento de grupo y la difusión de responsabilidad: lo que sucede cuando una persona piensa “eso no es conmigo”. Eso hay que desactivarlo. Por ejemplo, frente a eventos complejos, los jóvenes de las universidades de un lado y otro tienen que preguntarse cómo generar mecanismos de freno. Eso se puede lograr con acciones como ir a rumbear juntos y no hablar de política por un momento. Si todos nos encontramos en distintos espacios, confiamos más en el otro. En ese frente estamos mal. En la última medición de la ‘Encuesta mundial de valores’, solo 4 por ciento de los colombianos afirman que confiarían en alguien que conocen por primera vez, mientras que en el mundo esa cifra es de 30 por ciento. El tercer elemento es ponernos el sombrero electoral: mirarnos al espejo y preguntarnos si votamos por nosotros o por nuestro grupo, si votamos porque nos da rabia lo que alguien hizo o porque lo odiamos, o si más bien preferimos votar de forma afirmativa por un sistema de bienestar colectivo que queremos recuperar. Tenemos una democracia. La hemos construido a punta de sangre, asesinatos y ataques. Cuidémosla. El cerebro está más tranquilo cuando no tiene que pensar críticamente; entonces uno acepta el mal comportamiento para que el cerebro esté tranquilo. Eso hay que superarlo. Mi propuesta es ponernos ese sombrero electoral, pensar que podemos crear grupos en el espacio social, en el café, en la rumba; aprovechar los amigos. La gente dice que ya no quiere decir nada en el chat para no perder amigos. En Colombia debemos domesticar a los políticos y tomar las riendas. Recuperemos el balón y domestiquemos a los políticos.Entiendo que la ‘Encuesta mundial de valores’ muestra que Colombia tiene algunas cosas que hacen que haya más elementos de cooperación y búsqueda de colectividad que de individualidad y de confrontación. ¿Cuáles son?Tenemos la tarea de encontrar los aspectos que tenemos que nos muevan a la valoración de la colectividad. Si yo digo que solo confío en mi familia, perfecto, pero cuando extiendo esos valores, en Colombia los amigos se vuelven familia. Es la familia que yo escogí y se empiezan a ampliar esos mecanismos. Hay que chequear el congelamiento mental de esas creencias por estrés, división y miedo existencial. Nos están diciendo que el país se acaba en la próxima elección: para unos y para otros. Eso es falso y ahí está el problema. Recordemos que el cerebro humano tiene una necesidad adicional al hambre y la sed: el contacto social, estar con otros, incluso con otros diferentes, y eso hay que cultivarlo. En un país tan cálido como el nuestro, en emociones y cercanía, eso todavía no se ha perdido. Rescatémoslo. El barco en el que vamos todos hay que reconstruirlo en alta mar. No podemos dejar que se nos desarme. Vamos a tener que arreglarlo de todos modos. Aunque cada uno tenga su propia narrativa y crea que tiene su propia realidad, todos estamos en una misma nave y tenemos que cooperar. Este es el momento de ponerse la camiseta de todos, y esa camiseta es la de humanos. Esta elección va a pasar, estos políticos van a pasar, y si seguimos así vamos a quedar todos recogiendo el reguero.MAURICIO REINAEspecial para EL TIEMPO Sigue toda la información de Política en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.













