Los dos candidatos, que se disputan la segunda vuelta presidencial en Colombia, tras conocer los resultados exaltaron los ánimos en lugar de pedir tranquilidad

Los candidatos ganadores de la primera vuelta presidencial, Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, se tiraron la euforia de un país que había salido a votar en masa, y que venía crispado por la violencia, amenazado por debilitar la fortaleza institucional, el mal gobierno y la polarización. Sin embargo, como siempre cuando la cosa se pone muy jodida, salió la gente a votar para resolver el conflicto mediante el uso de las instituciones. Se redujo la abstención.

Parecía imposible una jornada electoral en paz y tranquilidad como se había logrado, hasta que el presidente Petro produjo un trino mediante el cual no reconocía el resultado del preconteo de los jurados de votación y su candidato (Iván Cepeda) en lugar de reflexionar saltó a la palestra para coincidir con su jefe de debate e insultar a su competidor, en ese momento ya declarado ganador. El doctor De la Espriella reaccionó inmediatamente con la piedra afuera, soltó los perros en lugar de pedir tranquilidad de ánimo y mostrarse como un ganador con futuro. Como si existiera una vocación irresistible por el abismo, algunos de los protagonistas resolvieron dinamitar la fiesta. Lo que debería ser un momento de grandeza, el reconocimiento del adversario, la convocatoria a nuevos electores, construir unas nuevas mayorías, se transformó en un espectáculo de groserías, insultos y descalificaciones.