Puntualmente, cada tres años, ellos reaparecen con una película que lleva su sello inconfundible de profunda empatía hacia personajes desclasados, marginalizados. Representantes de la gente de a pie en problemas de supervivencia, tratando de salir adelante, de no caerse.
Ellos son los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, con una docena de films 100 por ciento independientes en su haber. Han sido comparados con los maestros del neorrealismo italiano de la Posguerra –en especial, Roberto Rossellini–, también con Robert Bresson por su enfoque de los valores evangélicos del cristianismo; y, ya más adelante en el devenir del cine, con los ingleses Mike Leigh y Ken Loach, debido al tratamiento humanista y justiciero de vulnerabilidades sociales.
Empero, los belgas Dardanne –actualmente en la setentena, tan inseparables como coherentes en su conducta artística– desde que empezó el gran reconocimiento y la difusión de su obra con La Promesa (1996) –premiada en Cannes–, han dejado una marca propia en sus ficciones. Que algunos reseñadores se empeñan en relacionar con el género documental cuando en verdad se trata, efectivamente, de ficciones con apariencias de exacto realismo, que permiten revelar partes que les importan mucho de un estado de cosas del mundo.







