Hay historias que parecen escritas por un novelista pasado de vueltas. Una joven hippie holandesa desaparece en Irlanda en 1978 tras discutir con su novio inglés. Décadas después, su nombre aparece vinculado a uno de los programas de secuestros más secretos y perturbadores de la Guerra Fría: la red clandestina con la que Corea del Norte raptó a decenas de extranjeros para entrenar espías. Durante casi medio siglo, el caso de Leidy Kaspersma ha sido un asunto pendiente en la lista de la Policía holandesa. Pero ahora, una investigación realizada a lo largo de una década por el periódico holandés De Telegraaf ha rescatado indicios, testimonios y conexiones que apuntan hacia una hipótesis tan improbable como inquietante: que la joven acabó en Pyongyang sometida a un lavado de cerebro y a un entrenamiento para operaciones de espionaje. Su nombre completo es Aleida Maria Anderske Kaspersma, tenía 26 años y un perfil que, según quienes la conocieron, rompía por completo con la sociedad conservadora de Países Bajos de finales de los setenta. “Leidy era alternativa”, recuerda su hermana Tineke, que la describe como una chavala que “llevaba el pelo rojo teñido con henna y caminaba descalza por la calle con el perro de su novio; aquello revolucionaba al pueblo”. Había dejado atrás la vida convencional, vivía y trabajaba en Hamburgo y viajaba constantemente. En uno de esos trayectos conoció a Nick, un británico de 29 años con bigote, melena, poncho de lana, máquina de escribir y un perro llamado Rice. Quería ser poeta y recorría Europa sin rumbo fijo. Leidy se enamoró a primera vista, y según el relato posterior de Nick, iniciaron una relación “apasionada” al poco tiempo de conocerse. Compraron juntos un Opel de segunda mano en Alemania, visitaron a la familia de ella en Holanda y viajaron a Irlanda. En verano de 1978 vivían temporalmente en casa de una pareja británica cerca de Kenmare, una pequeña localidad del suroeste irlandés rodeada de montañas y carreteras estrechas. El domingo 2 de julio fue la última vez que alguien vio a Leidy. Nick contó a la Policía que ambos habían discutido, que ella estaba alterada y que, cuando cruzaban un puentecito sobre el río Sheen, pidió que detuviera el coche y se bajó con la intención de volver andando para calmarse, según su relato. “Me miró, me besó y se bajó. En el retrovisor vi cómo se alejaba caminando en dirección contraria. Fue la última vez que la vi”. Leidy nunca apareció, y atrás dejó teorías llenas de agujeros. Desde el principio, el relato del novio británico levantó sospechas. Nadie pudo confirmar que Leidy hubiese bajado realmente del coche junto al puente. Tampoco cuadraban las reacciones posteriores de Nick. Primero aseguró que la había esperado en la casa hasta las cuatro de la madrugada. Más tarde cambió la versión y dijo que había regresado a Kenmare para buscarla por pubs y calles del pueblo. Pesé a su supuesta preocupación, a la mañana siguiente abandonó la zona para ir a Dublín porque tenía un trabajo temporal esperándolo, y no volvió hasta tres semanas después para presentar finalmente la denuncia por desaparición. Mientras tanto, la familia de Leidy en Holanda empezaba a alarmarse porque ella les escribía cartas constantemente y de repente dejó de hacerlo. “Entonces llegó la noticia: Leidy ha desaparecido”, recuerda su prima Nell casi cincuenta años después. La investigación de la Garda irlandesa fue muy criticada porque hubo interrogatorios intensos, búsquedas y reconstrucciones, pero nunca apareció ni un cadáver ni una prueba sólida. De hecho, Leidy sigue siendo hoy la única persona desaparecida en esa región irlandesa que jamás fue encontrada, ni viva ni muerta. Huida al Líbano Uno de los episodios más extraños del caso apareció tiempo después. La Policía irlandesa distribuyó fotos de Leidy para intentar localizarla, pero el problema es que las instantáneas no reflejaban bien cómo se veía el día de su desaparición. En las fotografías aparecía con el pelo largo, pero en aquel momento llevaba el cabello muy corto. Las imágenes de ese nuevo corte fueron encontradas más tarde por un periodista dentro de un salero entre las pertenencias abandonadas de la joven, donde también seguía su pasaporte. Por otro lado, Nick, que durante años fue considerado el principal sospechoso, terminó trasladándose al Líbano en plena guerra civil para trabajar enseñando inglés. Y ahí aparece una de las conexiones que décadas después reactivó el caso. La prima de Leidy, Nell, contactó hace años con De Telegraaf tras leer un reportaje sobre el programa de secuestros internacionales de Corea del Norte. Según contó, le llamó la atención que el exnovio de Leidy hubiese aparecido precisamente en el Líbano en la misma época en la que varias mujeres libanesas fueron engañadas y trasladadas clandestinamente a Pyongyang. Aquellas mujeres habían recibido supuestas ofertas de trabajo como secretarias de Hitachi en Japón. Según un antiguo informe de la CIA, los requisitos eran claros: jóvenes, atractivas, solteras y multilingües. Cuando algunas lograron regresar gracias a la presión de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yaser Arafat —aliada entonces de Corea del Norte— relataron algo desconcertante: habían estado encerradas junto a otras mujeres europeas, incluidas dos holandesas. Un programa secreto de secuestros Lo que durante años sonó a teoría conspirativa terminó confirmándose parcialmente en 2002. Ese año, el líder norcoreano Kim Jong-il admitió oficialmente ante Japón que agentes del régimen habían secuestrado ciudadanos japoneses durante los años setenta y ochenta. Tokio reconoce oficialmente 17 víctimas, aunque sospecha que el número real puede ascender a cientos. Los secuestrados eran utilizados para enseñar idioma, cultura y costumbres occidentales a espías norcoreanos. Otros proporcionaban identidades falsas o servían para entrenar agentes destinados a infiltrarse en Corea del Sur o Japón. El caso más famoso es el de Megumi Yokota, una estudiante japonesa de 13 años secuestrada cuando volvía a casa del colegio en 1977 para enseñar idioma y modales japoneses a espías norcoreanos. Con el tiempo aparecieron más testimonios, desertores, informes de inteligencia y documentos académicos que demostraban que Corea del Norte había desarrollado una infraestructura estatal para captar o secuestrar extranjeros. Y no solo en Japón, también hubo operaciones documentadas en Corea del Sur, Líbano, Malasia, Singapur… o Europa. Las extranjeras fueron sometidas a adoctrinamiento ideológico, pero también entrenadas en técnicas de combate y espionaje. Remco Breuker, profesor de Estudios Coreanos en la Universidad de Leiden, resume en Telegraaf la dimensión del programa: “Recuerda muchísimo a James Bond, pero esto ocurrió de verdad. Hay pruebas suficientes. Existían programas organizados por el Estado para atraer o secuestrar extranjeros y llevarlos a Corea del Norte”. Según Breuker, el objetivo inicial era devolver a algunos secuestrados a sus países convertidos en agentes de la dinastía Kim. Después, el foco pasó a entrenar a espías norcoreanos para que aprendieran comportamientos occidentales y no levantaran sospechas cuando estuviera de misión en el extranjero. Leidy aparece en Pyongyang Susan Komori, abogada vinculada a la organización Japanese Rescue Movement —dedicada a localizar japoneses secuestrados— aseguró que el nombre de Leidy Kaspersma apareció en información procedente de Corea del Norte a principios de los años ochenta. Era una época anterior a internet y a la circulación global de bases de datos. “No se me ocurre ninguna otra razón por la que conoceríamos el nombre de Leidy. Salvo por una conexión con Corea del Norte”, afirmó Komori. Su organización nunca hizo pública esa referencia porque no existían pruebas concluyentes, y siguen sin existir. No hay documentos oficiales, fotografías ni confirmaciones definitivas que demuestren que Leidy estuvo realmente en Corea del Norte. Pero casi cincuenta años después, el caso ha dejado de parecer una simple desaparición en una carretera irlandesa. Porque hoy sí se sabe que Corea del Norte secuestró extranjeros. Sí se sabe que operó en el Líbano. Sí se sabe que utilizó mujeres occidentales para entrenar espías. Y sí se sabe que, en algún momento de los años ochenta, el nombre de una joven holandesa desaparecida apareció vinculado al país más hermético del planeta. Leidy Kaspersma tendría hoy 74 años. Y de confirmarse las pistas tras su rastro, nunca habría podido abandonar la dictadura totalitaria del este asiático.