No es un secreto que los precios de las entradas para los partidos del Mundial son exorbitantes. A unas horas de que el balón empiece a rodar, las ventas de última hora y la reventa muestran con claridad el efecto de la oferta y la demanda. Entre menos minutos quedan para el arranque de los partidos, el precio se eleva y el cielo es el límite. Para los aficionados mexicanos es una oportunidad única que el mayor torneo del deporte más popular de su país se juegue en casa, pero la posibilidad de asistir al menos a un partido es, en la mayoría de los casos, casi nula. México está poniendo los manteles largos para recibir a millones de visitantes, mientras lidia al mismo tiempo con la decepción de un trato con la FIFA que no ha favorecido a sus aficionados. Hace ocho años que se anunció la celebración de este Mundial en México, Estados Unidos y Canadá —que se han repartido los encuentros en partes desiguales— y quizá algunos mexicanos comenzaron a emocionarse y a ahorrar desde entonces. En México, el sueldo promedio al mes oscila los 15.000 pesos (unos 860 dólares) y hay quienes ganan mucho más por arriba de esa cifra, pero son más los que llegan a fin de mes con un número por debajo. Los mexicanos no somos especialmente buenos para ahorrar. Según el Instituto para la Protección del Ahorro Bancario, solo la mitad de la población ahorra de alguna manera, ya sea a través de un instrumento bancario (como los CETES, las Afores o las cuentas de inversión), pero el 41% de los que sí lo hacen prefieren los métodos informales: tandas o con efectivo guardado en casa. Tirar de los ahorros para acudir al Mundial es una misión compleja, más no imposible. Sin embargo, el destino de ese dinero puede priorizarse según cada cabeza. Un país con la brecha de desigualdad tan profunda, como lo es México, obliga a muchos de estos ahorradores a destinar su dinero extra a necesidades tan básicas como la salud o la educación, ya que el Estado mexicano, en muchos casos, no alcanza a cubrir a todos bajo el paraguas de los beneficios sociales. La realidad se estrella todos los días con el deseo de millones de ver en un estadio a la selección mexicana. Alrededor de la fiebre mundialista, el mercado también desarrolla opciones más asequibles para quien no tiene la oportunidad de oler el pasto recién cortado en los colosos de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Plazas públicas como centros para los espectadores de los partidos, camisetas de todos los equipos en ediciones actuales y antiguas, balones, vasos, álbumes con calcomanías, y servicios de streaming para seguir el minuto a minuto de todos los partidos. El mexicano promedio verá el Mundial en televisión o por el teléfono móvil, da igual si el partido ocurre en el barrio de Santa Úrsula de la capital mexicana o en los suburbios de Nueva Jersey. Estos días, el mercado mundialista ofrece tanto que hasta los productos en negro tienen una oportunidad de triunfar. La piratería es una vieja amiga que hace rendir el gasto de muchos. El Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual (IMPI) ha recogido más de 25 toneladas de productos apócrifos en los últimos meses y está vigilando la distribución de señales no autorizadas de los partidos en Internet. Un fenómeno difícil de controlar por su informalidad, pero que a la vez satisface la demanda de algunos sectores.El sentido común a veces llega de lugares inesperados. La semana pasada, Carlos Slim —el hombre más rico de México— hablaba en su conferencia de prensa anual sobre la cita mundialista. “Son unos cuantos juegos y están carísimos”, comentó frente a la prensa sobre los 13 partidos que se celebrarán en territorio mexicano. El magnate evaluaba, por supuesto, la oportunidad para hacer negocios durante el evento, pero también ponía en relieve la ocasión para hacer de los partidos un lugar accesible para sus compatriotas. Slim es famoso por su capacidad para entender lo que interesa a los mexicanos y después aplicarlo en las estrategias de sus empresas. No se sabe todavía si el magnate —aficionado al fútbol e hincha de los Pumas— se dejará ver en los palcos. Sus espontáneos comentarios son un termómetro de alguien de la élite, pero que no deja de mirar hacia la calle. Es justo ahí donde también es posible comprobar que de alguna manera los mexicanos sí están pagando el Mundial. La gran cantidad de obra pública que se está haciendo, en las tres ciudades donde se celebrarán partidos, es reflejo de que el Gobierno mexicano tiene la capacidad de invertir el dinero público en sitios que han estado descuidados por mucho tiempo. Las elecciones sobre dónde poner esos recursos han sido en algunos casos cuestionables y en otros controvertidas, pero demuestran que cierta presión mueve la billetera pública en direcciones que podrían beneficiar a diversos sectores. Los arreglos, y la rapidez con la que han ocurrido, deberían de ser la norma y el compromiso del Estado con sus ciudadanos, no un contrato para cumplir con la FIFA.Las crónicas de Juan Villoro sobre los mundiales en México, de 1970 y 1986, retrataban a una afición mexicana que se entregaba en los estadios. “Si hubiera un mundial de aficiones, México podría llegar a la final. Somos una afición única. Más allá de los resultados en la cancha, nos hemos entregado y hemos sido anfitriones de dos de los mejores mundiales de la historia: el de 1970 consagró al Brasil de Pelé y el de 1986 a la Argentina de Maradona”, contaba Villoro hace unas semanas en una charla en el Colegio Nacional. México ha cambiado tanto desde entonces, pero la brecha económica y social nos sigue partiendo en dos. Lo olvidaremos unos días y las calles —no solo los estadios— de este país se llenarán de esa afición vibrante que Villoro vio antes. Es posible que, a pesar de los pesares, ese espíritu se mantenga intacto.
¿Quién, en México, puede pagar el Mundial?
Para los aficionados mexicanos es una oportunidad única que el torneo se juegue en casa, pero la posibilidad de asistir al menos a un partido es casi nula















