En uno de sus ensayos, W. G. Sebald dejó escrito lo difícil que resulta hoy hacerse una idea de las dimensiones que alcanzó la destrucción de las ciudades alemanas en la Segunda Guerra Mundial, así como los horrores que acompañaron dicha destrucción.

De igual manera, podemos extrapolar lo dicho por Sebald, y traerlo hasta nuestra guerra civil, donde, por muchas páginas que se hayan escrito al respecto, resulta difícil hacerse a la idea del horror vivido durante los años que duró la guerra y, más aún, su posguerra. Con todo, el reciente trabajo de Alfredo González Ruibal, publicado bajo el título País en ruinas (Crítica), revive el conflicto como hasta ahora no se había hecho: con base científica, lo que supone una cercanía al mismo sin parangón hasta la fecha.

Para ponernos en antecedentes, hay que decir que Alfredo González Ruibal es arqueólogo, como él mismo dice: un tipo capaz de convertir el síndrome de Diógenes en ciencia. Excavando el basurero moral de nuestra historia más sangrienta, ha ido recomponiendo el catálogo de obscenidades secretas que subyace bajo el tejido de nuestra reciente memoria bélica. Porque reconstruir la vida cotidiana en la guerra civil española es asunto de narices, nunca mejor dicho; se necesita una picota fuerte para respirar el olor a vómito, sudor y excremento que despide nuestra historia cuando se trata de encontrar residuos materiales para recomponerla de manera científica.