28 de mayo, Día de la República de Armenia. El centro de Ereván está cortado al tráfico porque allí se celebran los actos conmemorativos de la primera encarnación del estado armenio moderno, en el año 1918. En la icónica Plaza de la República, rodeado de banderas tricolores, el primer ministro Nikol Pashinián se prepara para hablar. Lo hace frente a soldados del ejército y veteranos de la reciente guerra de Nagorno-Karabaj. En una esquina reposan varios drones de combate de fabricación china CH-4 Rainbow, cuya adquisición por parte de Armenia se revela ahora por primera vez. Entre el público abundan los vestidos con ropa de motivos militares y muchos niños enarbolan globos en forma de tanques y blindados. Es la inercia de un país que ha vivido en conflicto con su vecino, bajo una forma u otra, durante más de tres décadas. En los alrededores pueden encontrarse murales con los rostros de jóvenes soldados muertos en el Karabaj. Pero Pashinián arranca así su intervención: “Celebramos este Día de la República de 2026 en un contexto histórico completamente nuevo. Tras casi treinta y cinco años de conflicto, se ha alcanzado la paz entre la República de Armenia y la República de Azerbaiyán”. A poco más de una semana de las elecciones parlamentarias, el discurso de Pashinián será inevitablemente atacado como oportunista. Como parte de su programa, el primer ministro está tratando de convertir la derrota ante Azerbaiyán en una oportunidad para la normalización de las relaciones con sus vecinos —también con Turquía— y, por extensión, para el desarrollo y la modernización del país. Para ello, confía en un acercamiento más o menos acelerado hacia la UE, lo que a su vez ha generado enormes tensiones con Rusia. Pero para muchos armenios, los términos del acuerdo de paz suponen una concesión difícil de tragar ante sus enemigos tradicionales. En consecuencia, la población del país está claramente fracturada en dos: entre aquellos que consideran que el actual primer ministro es la mejor opción para el avance del país y aquellos que lo consideran un traidor por haber capitulado ante Bakú. “La sociedad armenia está muy polarizada y no me sorprende, porque esto es lo que sucede en las sociedades cuando pierdes una guerra”, explica Arsen Gasparyan, director ejecutivo de Genesis Armenia, uno de los principales think tanks del país, muy crítico con la gestión de Pashinián. “Por supuesto, la gente quiere paz. La guerra se ha perdido, se acabó. Así que básicamente necesitamos pensar cómo establecer esta paz, pero eso depende también de cuál sea la agenda. Y yo no veo los intereses de Armenia representados en la agenda de negociaciones entre las autoridades actuales y Turquía o Azerbaiyán. Así que los intereses armenios deben ser incluidos allí. Especialmente uno: todavía tenemos prisioneros de guerra en Azerbaiyán”, señala. “El Karabaj es una herida abierta para Armenia. Pero para el gobierno armenio, la necesidad de ajustarse y adaptarse a esta nueva y dolorosa realidad de posguerra le ha llevado a buscar pasar página en este tema. Y dada la falta de una estrategia alternativa clara o coherente por parte de la oposición, es un asunto menos potente en esta campaña”, afirma por su parte Richard Giragosian, director del Centro de Estudios Regionales de Ereván, otro think tank más favorable al gobierno. “Es más, en el paisaje politico de posguerra en Armenia, el nacionalismo ya no resuena entre el público, que está probadamente cansado del conflicto y la guerra”, sostiene. Acusaciones de autoritarismo Pero la gestión de Pashinián aparece empañada por las acusaciones sobre sus crecientes tendencias autoritarias. Varios altos cargos de la Iglesia Apostólica Armenia han sido encarcelados en el último año o, como el Patriarca Karekin II, se enfrentan a una posible destitución en caso de que el gobierno se mantenga en el poder, tal y como contó ayer El Confidencial. La presunta represión contra los enemigos políticos del primer ministro no se limita al clero. Samvel Karapetyan, el hombre más rico de Armenia y el principal benefactor de la iglesia nacional, fue detenido hace casi un año por unas declaraciones en defensa de los religiosos, en las que anunciaba su intención de participar en política. “Un pequeño grupo, habiendo olvidado la historia armenia y el legado milenario de la Iglesia armenia, ha atacado tanto a la Iglesia como al pueblo armenio. Siempre he apoyado a la Iglesia armenia y al pueblo armenio. Si los líderes políticos fracasan, intervendremos a nuestra manera”, declaró en una entrevista a un medio local en junio de 2025. Un comentario que Pashinián interpretó como una amenaza de golpe de estado y que llevó al arresto de Karapetyan pocos días después. El magnate pasó siete meses en una antigua penitenciaría de época soviética, conocida como ‘el sótano del KGB’, y desde hace cuatro permanece bajo arresto domiciliario en su mansión de Ereván. Allí recibió la semana pasada a una delegación de periodistas europeos de la que formaba parte El Confidencial. “Nuestro objetivo prioritario es eliminar esta atmósfera de intimidación que el gobierno actual ha instalado en Armenia”, dice Karapetyan a los reporteros. “Cada día, decenas de nuestros aliados son arrestados, y todos de manera ilegal. Ya tenemos más de trescientos detenidos”, asegura. Esta situación fue denunciada también este mes por Kenneth Roth, exdirector ejecutivo de Human Rights Watch durante casi tres décadas, en un artículo en la revista Foreign Policy. “Pashinián está poniendo todos los obstáculos para impedir la derrota de su partido, usando tácticas del repertorio de los autócratas. Su gobierno ha arrestado a miembros de la oposición y detenido a periodistas críticos. El primer ministro también está erosionando la independencia de la judicatura y llevando a cabo intervenciones sin precedentes en el trabajo de la Iglesia Apostólica Armenia”, escribe Roth, que lanza una dura crítica a la UE por su respaldo al gobierno armenio sin tener en cuenta estos aspectos. La idea de que la UE se ha alineado de forma clara con Pashinián está muy difundida entre los detractores del primer ministro, que señalan el despliegue, desde mediados de marzo, de un Equipo de Respuesta Rápida Híbrida europeo en Ereván a petición del gobierno para contrarrestar las operaciones de influencia de Rusia. “Bruselas ha enviando gente para, básicamente, asegurarse de que Pashinián no pierde las elecciones”, nos dice uno de los asistentes de Karapetyan. Para la propia Bruselas, este argumento es injusto. “Armenia sigue siendo más plural políticamente que todos los demás países de la región. Los medios son libres, hay una competición electoral genuina. Y seguimos muy de cerca este tipo de sucesos. Tenemos un diálogo bilateral sobre derechos humanos y justicia de forma regular y siempre se discuten los temas difíciles a puerta cerrada, porque no se puede simplemente interferir en los asuntos internos de otros países porque es algo bastante sensible”, dice un funcionario de la UE que conoce muy bien esta cuestión, entrevistado por El Confidencial en condición de anonimato por carecer de autorización oficial para hablar con la prensa. “Pero hay condiciones fundamentales relacionadas con el estado de derecho, por ejemplo el proceso de diálogo sobre liberalización de visados, donde todo esto está presente, y está condicionado a una mejoría en estos temas”, indica. Cartel electoral en la mansión de Samvel Karapetyan, donde permanece bajo arresto domiciliario (Grettel Reinoso) “Pero lo más importante es que la UE no apoya a un político o un partido. La colaboración de la UE es con Armenia, con las instituciones democráticas y el pueblo armenios, y definitivamente no con un político, sea quien sea. El interés de la UE es la resiliencia de esas instituciones democráticas. Eso significa que insistimos en el estado de derecho, un sistema de justicia justo, independencia judicial, la lucha contra la corrupción. Trabajamos en todas estas tendencias”, añade. Las dos caras de la economía Karapetyan también critica duramente el modo en el que el primer ministro ha negociado con sus vecinos. “Pashinián está ejecutando una política derrotista en la que estamos haciendo concesiones en todos los asuntos. Afirma haber traído la paz y firma documentos que nuestra gente no acepta. Son peligrosos para nuestro país, y más tarde crearán problemas para su desarrollo”, afirma este empresario. “En ese sentido, nuestro enfoque es que hay que tener buenas relaciones con Turquía y Azerbaiyán, pero tomando en consideración los intereses de Armenia. Ahora mismo es una política de concesiones unilaterales. Lo que Aliyev declare, lo que pida, el gobierno de Pashinián corre a dárselo, sin tener en cuenta los intereses del pueblo armenio”, insiste. Karapetyan se apoya además en su éxito económico como carta de presentación y garantía futura para el país. Pero los datos económicos son quizá uno de los puntos fuertes de Pashinián. El desarrollo en los últimos años es evidente, especialmente en la capital, y el PIB creció este año a un inesperado 7,2%, favorecido por un sector tecnológico cada vez más vibrante y por la inversión en infraestructuras. “Pashinián está haciendo grandes cosas”, dice un armenio residente en España desde hace tres décadas y que pide no dar su nombre, pero que viaja regularmente a su país de origen y ha ido viendo su evolución en los últimos años. Aún así, muchos de sus críticos señalan la desigualdad creciente como uno de los problemas de su gestión. “Algunas cosas en Ereván son más caras que en Moscú. Muchas cosas aquí tienen el mismo precio que en Europa, lo cual, con la economía y el PIB que tenemos y las capacidades de los consumidores, es ridículo”, apunta Gasparyan, que apunta a las dificultades de colectivos o pensionistas o maestros de escuela, o el desempleo, como indicador de que la situación económica es mucho menos brillante de lo que el gobierno afirma. “Si miras a la lista de multimillonarios en la revista Forbes, hay al menos 150 personas en el mundo cuya riqueza es superior al PIB de mi país, lo que no me hace muy feliz”, apunta. “En más o menos la última década, el desarrollo ha sido real”, asegura el funcionario europeo. “Si observamos el crecimiento económico, el PIB, la clase media, que prácticamente no existía porque el país era muy pobre en general (...) Armenia se ha vuelto mucho más abierta, mejor gobernada y conectada en los últimos años. Esto también se refleja en la vida cotidiana, especialmente en la capital. Y esta tendencia ha evolucionado positivamente cada año”, afirma. Valla electoral en Ereván. (Grettel Reinoso) “Al mismo tiempo, por supuesto, se puede decir que el crecimiento ha sido desigual. Sería un error desestimar todas estas críticas como propaganda, cuando muchos armenios sienten sinceramente que no se les escucha o que se les deja de lado”, admite. “Pero en este caso también hay que analizar cuáles son estas agendas políticas. Es importante fijarse en cifras concretas para ver cuál es la verdad y con qué se quiere comparar. Porque de lo contrario uno se pierde en el ambiente precampaña, muy político y polarizado”, dice este funcionario. “Yo creo que la política exterior empieza en casa, así que todo esto va sobre las instituciones políticas, económicas y militares en la propia Armenia. Tras la guerra en Artsaj [el nombre armenio para Nagorno Karabaj] y los desplazamientos forzosos, muchas de nuestras instituciones políticas fallaron. Y por eso estas elecciones son fundamentales, porque lo que está en juego es el futuro de nuestro país”, asegura Gasparyan. “La paz a través de la debilidad nunca funciona”, sentencia. La clave del resultado, asegura este politólogo, va a estar en el porcentaje de participación. “Cuando no hay una alta participación, eso significa que el resultado de las elecciones solo expresa la voluntad de una parte muy estrecha de la población. No hay un consenso político amplio”, explica, añadiendo que en las últimas elecciones presidenciales y parlamentarias, en 2018 y 2021, la cifra ha sido siempre inferior al 50%. “Esta vez, esperemos, será diferente”.