La oposición ha perdido la confianza del Gobierno. La solución más sencilla es que el Gobierno disuelva la oposición y elija otra. Esto es una paráfrasis de un poema de Brecht y refleja lo que sucede hoy en Turquía. El mayor partido de la oposición, el socialdemócrata CHP, el único con buenas perspectivas de ganarle al actual presidente, Recep Tayyip Erdogan, no ha sido disuelto, pero sí partido por la mitad mediante una decisión judicial. Su actual líder, Özgür Özel, ha sido apartado por presuntos amaños en el congreso de 2023 que lo llevó a la dirección. En su lugar reaparece su antecesor, Kemal Kiliçdaroglu, experto en perder elecciones contra Erdogan durante 13 años. Ahora, los partidarios de ambos se gritan cosas feas en la calle y en las portadas de los periódicos. Esta lucha fratricida en la oposición es el último conejo que Erdogan, el gran mago político de Turquía, se ha sacado de la chistera para resolver un dilema existencial: ¿cómo ganar las elecciones con todos los sondeos en contra? Parece el momento ideal para convocar elecciones anticipadas y aprovechar la confusión en el campo enemigo. Pero no es tan sencillo. Es posible que ese conejo se quede atrapado en la trampilla de la propia chistera del ilusionista. Los sondeos no son demasiado fiables, ya que la muestra raramente supera las 3.000 personas en un país de 86 millones de habitantes, pero hasta los benevolentes muestran al AKP, el partido islamista de Erdogan, por debajo del 35%, con el CHP pisándole los talones. Otros colocan al partido socialdemócrata un par de puntos por encima. El socio del AKP que le garantiza la mayoría en el Parlamento, el ultranacionalista MHP, ha bajado hasta el 8 %. El 3% que puede reclamar el muy islamista Yeniden Refah tampoco salva los muebles. El CHP, por su parte, puede contar con el apoyo del izquierdista DEM y el nacionalista IYI, ambos con un 8%. No es una victoria segura, pero verosímil. Esto no es un bache momentáneo, sino una dinámica sostenida. El voto combinado de los partidos AKP y MHP ha bajado del 61% en 2015 al 45% en 2023... y hasta el 40% en las municipales de 2024, en los que el CHP, ya bajo la batuta de Özgür Özel, superó a su rival y se puso la medalla de "partido más votado de Turquía". El presidente Erdogan, por su parte, nunca ha sacado más del 53%. En 2023 tuvo que ir a segunda vuelta para vencer con el 52%. A la semana siguiente, cambió la cúpula del Banco Central y permitió por primera vez en una década una política monetaria restrictiva, tras años de fomentar una alta inflación, por sus efectos de incentivar la demanda y con ella, la producción, el empleo y una falsa sensación de bienestar, útil para ganar elecciones. El aterrizaje era inevitable y previsible. La esperanza de Erdogan sería que hasta primavera de 2028, cuando se deben celebrar las próximas elecciones —parlamentarias y presidenciales a la vez—, la economía se recupere. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán le ha hecho un gran tachón en las cuentas: ha disparado los precios del petróleo y de los fertilizantes, ambos fundamentales en un país con exportación agrícola y casi sin hidrocarburos propios. La inflación, estancada en el 30%. desde hace medio año, ha vuelto a subir. Incluso si Donald Trump firma la paz mañana, el daño está hecho y los sobrecostes tendrán un eco muy largo. Es posible que la situación dentro de dos años sea incluso peor que ahora desde el punto de vista electoral. Adelantar las elecciones es imperativo, además: Erdogan está en su segundo mandato, el último según la Constitución que él mismo hizo aprobar en referéndum en 2016 (en realidad es el tercero, pero él considera que el anterior a la reforma constitucional no cuenta). Solo puede repetir si el Parlamento decide disolverse; si él mismo lo disvuelve, no puede. Erdogan no tiene delfín. No existe nadie hoy por hoy en Turquía que pueda tomar el testigo. Y con los frecuentes cambios de ministros para que nadie se haga con una mínima porción de autonomía, tampoco es verosímil que surja nadie. El yerno, Selçuk Bayraktar, joven, guapo, ingeniero aeronáutico y empresario... él tal vez sí, si quisiera. Pero por ahora, no ha dado señales de querer. Erdogan se tiene que volver a presentar si quiere salvar su legado, su visión de una nación turca fervorosamente islámica. También si quiere salvarse él, dicen algunos. Para eso necesita que tres quintos del Parlamento, 360 de 600 diputados, voten a favor de la disolución. Su coalición tiene 329: los 275 del AKP, los 46 del MHP, 4 del muy islamista Yeniden Refah y 4 del ultraislamista HüdaPar. Quizás se apunten los diez independientes. No alcanza. Haría falta mucha labor política para recuperar a los 20 conservadores escindidos del AKP en los últimos años. Como partido, eso lo saben, no tienen futuro en una Turquía con Erdogan. Y lo mismo vale para el DEM: nadie en la izquierda lo volverá a votar si sus diputados le allanan al presidente el camino a otro mandato. Hay quien habla de otro conejo en la chistera: otra reforma constitucional que elimine el límite de los dos mandatos. Pero para aprobarla en el Parlamento necesita 400 votos. Eso es inviable, y convocar un referéndum, para lo que valen 360, es muy arriesgado. Para atraer el "sí" de los kurdos, el texto debería incluir avances netos que espantarán a los nacionalistas, y viceversa. Un equilibrismo ingrato. En Turquía, nada queda de la separación de poderes. Los jueces son el brazo ejecutor del Ejecutivo Pero con Erdogan, nunca se puede descartar nada. La partición del mayor partido opositor mediante hachazo judicial ha cogido de imprevisto a todo el mundo. No porque el juicio no llevara ya un año en marcha, sino porque nadie pensaba que el poder se atrevería a tanto. Ni siquiera a sabiendas de la domesticación de la Judicatura de Turquía, la evolución política más significativa de las últimas décadas —quizás del siglo entero— de la República. Empezó con el referéndum de 2010, en el que la compentencia de renovar la cúpula del poder judicial se traspasó del propio poder judicial a Parlamento y presidente, un cambio aplaudido por la Unión Europea por democratizar, eso se creía entonces, lo que se tildaba de judicracia. Un cuarto de siglo más tarde, el resultado está a la vista: ante una denuncia política, la absolución ya no existe. Los tribunales decretan prisión preventiva y condena no ya por una pancarta, sino por un tuit divertido o por una risa en un programa de televisión (literalmente, por reírse con un chiste de otro). Nada queda de la separación de poderes. Los jueces son el brazo ejecutor del Ejecutivo. Queda el Legislativo. En este aspecto, Turquía es aún una democracia. El pueblo se toma muy en serio las elecciones, con una participación alrededor del 85%. Y aunque el campo de juego no está equilibrado, sino inclinado a 45 grados, con el Gobierno utilizando todos los recursos públicos para impulsar su campaña electoral y acallar la de la oposición, el proceso en sí está blindado. La papeleta que se introduce en la urna se cuenta al final de la jornada con delegados de los partidos y ciudadanos neutrales observando el recuento, por lo que las posibles manipulaciones se limitan a urnas sueltas y no pueden llegar a fraude extenso. Si la oposición consigue los votos, podrá gobernar. Eso sí, desde la reforma constitucional de 2016, ya no gobierna el partido, sino el presidente, elegido de forma simultánea en votación popular. Y los sondeos llevan más de un año pronosticando una derrota, si bien ajustada, de Erdogan contra cualquiera de los dos posibles candidatos del CHP: el alcalde de Estambul, Ekrem Imamoglu, de tendencia más izquierdista, y el de Ankara, Mansur Yavas, de trayectoria derechista. La reacción la conocemos de sobra. En marzo de 2024, Ekrem Imamoglu fue acusado de corrupción y manipulación de licitaciones, suspendido del cargo y encarcelado en prisión preventiva, con muchas decenas de sus colaboradores. Y la misma medida se ha tomado contra dos docenas de otros alcaldes... todos salvo uno del CHP. A nadie le sorprende que en una alcaldía haya chanchullos con empresas proveedoras y habría que ser ingenuo para pensar que todos los alcaldes del CHP sean inmunes contra esta tentación. Pero aún más ingenuo sería pensar que los escritos de la Fiscalía sean un indicio de que los acusados hayan cometido alguna ilegalidad. No por la presunción de inocencia, sino porque en los últimos años hemos visto demasiados escritos de acusación que parecen inocentadas de alguna inteligencia artificial. El mes pasado se abrió en Estambul un juicio por espionaje contra Imamoglu —uno de los muchos juicios que tiene pendiente, desde difamación de funcionarios a colaboración con el terrorismo— en el que la Fiscalía afirmaba que el alcalde, junto con dos cómplices, había recogido datos de ciudadanos a través de una aplicación municipal para vendérselos a unos servicios secretos extranjeros. No consta de qué país. Este es el nivel. Por eso nadie se cree que la sentencia judicial que anula el congreso del CHP y destituye a Özgür Özel —por una denuncia interpuesta un año y dos meses después de certificarse los resultados del congreso— nazca de una sincera preocupación por la limpieza de los procedimientos del partido. Pero ya no importa. Mientras el caso se dirime ante el Tribunal Supremo, Kemal Kilçdaroglu es de nuevo jefe del partido. Listo para construir una oposición que sí le agrade a Erdogan, denuncian sus adversarios. Es difícil pensar que Kiliçdaroglu, a sus 77 años, tenga más miedo a la cárcel que a la posteridad Es un giro de guion sin precedentes. De Kemal Kiliçdaroglu se ha dicho durante los 13 años que estaba al mando, de 2010 a 2023, que era un tipo poco carismático, incapaz de galvanizar a las masas, pero honrado. Cuando marchó a pie de Ankara a Estambul pidiendo justicia para un diputado acusado de difundir información secreta, muchos lo admiraron. Que ahora haga de mamporrero del poder justo cuando su partido se prepara para ganar es incomprensible. También resulta difícil de entender que desde agosto pasado, una docena larga de alcaldes del CHP se hayan pasado al AKP, incluida ceremonia formal con Erdogan colocándoles el pin en la solapa. Entre ellos figuras carismáticas como Özlem Çerçioglu, alcaldesa de Aydin desde 2009, socialdemócrata y laica durante 23 años. Es posible que un militante se harte de los chanchullos en un partido y pida la baja, pero ¿abrazar al enemigo? En el caso de Çerçioglu, el CHP difundió una explicación: había dado licitaciones al mismo empresario cuyo testimonio, como 'arrepentido', es el principal elemento de la acusación contra Imamoglu. "Escoge: o el pin del AKP o las esposas", resumió un alto cargo del partido el supuesto chantaje a la alcaldesa. Pero es difícil pensar que Kiliçdaroglu, a sus 77 años, tenga más miedo a la cárcel que a la posteridad. Quienes lo conocen opinan que él se cree el líder legítimo del CHP. Hace mal en creérselo, porque el grueso del partido está con Özgür Özel. De los 138 diputados, 95 votaron como presidente de la bancada a Özel tras su destitución, de los 42 ausentes, 15 hicieron público su apoyo después. Los alcaldes de las 12 mayores ciudades en manos del partido firmaron una declaración apoyando a Özel y pidiendo un congreso en 45 días. Un sondeo asegura que solo un 5 por ciento de los militantes del partido aprueban la salida de Özel. Y en la red Twitter, bajo el mensaje de Kiliçdaroglu en el que anuncia su vuelta, se pueden leer cientos y cientos de respuestas, sin hallar ni una sola que no lo llame traidor. Un congreso urgente parece la única solución. El bando de Özel lo exige, pero Kiliçdaroglu se resiste porque sabe que perdería. Prefiere, dicen en el partido, iniciar un proceso constituyente desde las bases a través de delegados provinciales para rehacer todo el partido. Algo que tardaría un mínimo de ocho meses. Un tiempo en el que el partido quedará incapacitado. Puede ser el momento que elija Erdogan para atraer a su lado a los diputados fieles a Kiliçadaroglu —con una veintena puede bastar— para disolver el Parlamento. Total, ya no tienen nada que perder. Nadie que se oponga a Erdogan volverá a votar nunca a un partido encabezado por Kiliçdaroglu. Si Özel quiere ganar, tendrá que dar el paso al que ahora aún se resiste: presentarse con un nuevo partido. Es una decisión muy amarga, porque las seis flechas del CHP sobre fondo rojo llevan noventa años representando la formación del laicismo socialdemócrata fundado por el propio Atatürk. Será imposible atraer a todos sus votantes a una marca nueva. Otro hemiciclo dividido, otra vez el AKP dominante. Opinión Sin embargo, desde la reforma de 2016, los poderes del presidente son tan amplios que puede gobernar incluso contra el Parlamento. Y el candidato a presidente no necesita un logo de partido. No será Imamoglu, porque está en la cárcel y porque se ha anulado su diploma universitario, condición para una candidatura. Pero está Mansur Yavas, que reúne la misma intención de voto. Claro que también se podrá encontrar una causa contra Yavas y meterlo en prisión. En ese caso, ¿quién no votaría al propio Özel? La trampilla de la chistera es que es fácil destruir los partidos mediante la maza de la Judicatura, pero ya no hace falta un partido para vencer a Erdogan. Claro, se puede enviar a la cárcel a todo el mundo. A cualquiera que se presente. Pero eso es romper la chistera en público y acabar con la magia, los conejos y el ilusionismo de la política. Y Erdogan hasta hoy nunca ha querido renunciar a la ilusión de ser un líder elegido en democracia.