06/06/2026 a las 01:11h.
Concentración, serenidad, tímida sonrisa y pequeño saludo, una calma exterior que contenía una ilusión desaforada. Así salía aquella Garbiñe Muguruza de 22 años a la Philippe Chatrier aquel 4 de junio de 2016 para afrontar la final de Roland Garros. Enfrente, Serena Williams, a ... quien ya había superado en la segunda ronda del torneo parisino en 2014, pero quien le había negado el triunfo en la final de Wimbledon el año anterior. Con todo eso en la cabeza y en el corazón, esta Muguruza era otra, más crecida, más confiada y más capaz, que se sabía con muchas opciones después de haber superado rondas complejas hasta ese último día: Schmiedlova y la lluvia, Georges y la presión local, Wickmayer y los nervios propios, Kuznetsova y su experiencia, Stosur y la barrera mental de los cuartos, Rogers y un billete a la grandeza; y Serena Williams y la convicción de que esta vez sí. Diez años después, Muguruza recuerda con ABC el proceso, la autoexigencia y las consecuencias de este éxito rotundo que la metió de lleno en la historia de este deporte.
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