Actualizado Viernes,

junio

06:40Cuesta identificar el camino que lleva de una intuici�n a una tesis general sobre el estado de las cosas. Bong Joon-ho, por ejemplo, llevaba a�os obsesionado con los personajes desvalidos, los pasillos ocultos, la violencia institucional y el cine de g�nero en su sentido menos prejuicioso, y as� hasta que un d�a acert� a confeccionar en Par�sitos algo as� como la met�fora perfecta del turbocapitalismo o sobremodernidad (como se quiera) que nos asiste. Suena tremendo y, como saben, en verdad todo result� muy divertido. Tambi�n esto nos define ahora mismo, capaces como somos de banalizar o memeficar hasta nuestro suicidio colectivo. M�s atr�s, y por aquello de las coincidencias perfectas, sigue sin estar claro qu� le llev� a Coppola a realizar el mismo a�o que completaba la segunda y magistral entrega de El padrino otra obra maestra como La conversaci�n, de repente convertida en el mejor retrato de un mundo paranoico a la vez que la mejor profec�a de la sociedad de la hipervigilancia y el control de la intimidad y los datos que se avecinaba con un internet entonces en pa�ales.Sin �nimo de comparar nada (o s�, �por qu� no?), Kane Parsons, m�s cerca de la ingenier�a que de la tradici�n cinematogr�fica, sorprendi� all� en 2022 con una serie de v�deos r�pidamente convertidos en virales que, sin inventar nada, llevaban a su expresi�n m�s inquietante un escenario conocido como liminal. Su serie de minipel�culas modificaban fotograf�as originales hasta transformarlas en im�genes de v�deo sobre las que aplicaba un filtro de VHS que recordaba al metraje encontrado (found footage).Lo que se acertaba a descubrir eran secuencias perturbadoras en extremo a la vez que extra�amente familiares. Todas ellas discurr�an en un espacio vac�o habitado solo por los fantasmas de una nostalgia postiza y, sin embargo, reconocible; completamente ajena y muy personal. Inquietante sin duda. Lo liminal se�ala lugares de paso (umbrales si echamos mano del lat�n de donde procede), espacios de transici�n desasistidos de alma y de memoria directamente emparentados con aquellos no-lugares (vest�bulos, aeropuertos o centros comerciales) identificados por el soci�logo Marc Aug�. Son escenarios de terror que alcanzan a ser en su fealdad de v�rtigo la mejor representaci�n de todos los excesos de un presente acosado por todas las crisis, la econ�mica, la ecol�gica y la democr�tica. Hablamos de la aceleraci�n del tiempo, de la expansi�n del espacio y de la celebraci�n desaforada del ego.Backrooms, un paso m�s all�, es la transformaci�n de aquella intuici�n en materia obligatoria de examen. Se cuenta la historia del propietario de una bastante terror�fica tienda de muebles (Chiwetel Ejiofor) que un buen d�a descubre una puerta (o algo parecido) en el s�tano de su comercio. Pronto aparecer� su terapeuta (Renate Reinsve) empe�ada en que sus pacientes abran una "ventana a su interior". Lo que sigue es una pel�cula que, quiz� por puro accidente, subvierte y reescribe las reglas del terror. Parsons antes que adoptar la postura del enfant terrible que llega para revolucionarlo todo (es decir, Parsons no es ni Robert Eggers ni Ari Aster) se limita a pulir con esmero, inteligencia y completamente ajeno a normas, costumbres o man�as la que fuera su corazonada primigenia. La c�mara se mueve no siempre de forma coherente entre la mirada subjetiva de sus personajes y la mirada igual de subjetiva de un narrador no del todo identificado y por fuerza monstruoso. Lo que importa no es tanto los azares del argumento como la fr�a sensaci�n de que las cosas no funcionan, de que, como en las obras de Escher, la realidad no es m�s que el reflejo triste de un pasillo oscuro que no conduce a ninguna parte. Suena tremendo y lo es a�n m�s.Lo terror�fico de la propuesta de Backrooms tiene mucho que ver con la certeza del reconocimiento. No se trata de convocar a lo monstruoso en su versi�n lovecraftiana ("Ni siquiera puedo insinuar c�mo era, porque era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable") ni tampoco colocar al espectador ante el abismo del misterio primigenio. Habitualmente, se da por sentado que la atracci�n por lo pavoroso tiene algo de cat�rtico, de salv�fico quiz�. Como la propia religi�n, el terror en sus m�ltiples formas de consumo coloca al creyente o al espectador en la aceptaci�n orgullosa de su desamparo. Somos tan vulnerables tanto cuando admitimos el secreto de la fe, a la vez fascinante y terror�fico, como cuando nos abandonamos a la certeza sobrecogedora de lo desconocido, de lo que nos hace sufrir. Y es esa placentera indefensi�n la que nos tranquiliza y, a costa incluso de cualquier atisbo de racionalidad, nos hace fuertes. La religi�n, eso s�, reconforta; est� ah� para para congraciarnos con nuestra orfandad c�smica. El miedo, sin embargo, explota la claridad consciente del abismo. La utiliza.Pues bien, Backrooms no juega en ese terreno. Su estrategia tiene que ver m�s, dec�amos, con el reconocimiento, con la cabal aceptaci�n de que el laberinto en el que se pierden los protagonistas es exactamente como el nuestro delante de una pantalla, cualquiera de ellas. Lo que se ve es el espacio de un tiempo (el nuestro) pospand�mico en el que el no-espacio de internet lo ocupa todo; donde el scroll infinito se dibuja como �nica medida del no-tiempo; donde la memoria vive suspendida en el brillo de las pantallas; donde la vivienda (como la escenificaci�n perfecta del no-lugar) es la m�s irreal de las aspiraciones. Y as�. Cuesta identificar el camino que lleva de una intuici�n a una tesis general sobre el estado de las cosas, pero Backrooms es ya la pel�cula de nuestro tiempo (o de parte de �l).—Direcci�n: Kane Parsons. Int�rpretes: Renate Reinsve, Chiwetel Ejiofor, Mark Duplass. Duraci�n: 105 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.