Durante años, la sostenibilidad se percibió como una acción complementaria vinculada principal mente a la responsabilidad social o a la reputación corporativa. Sin embargo, el entorno empresarial evolucionó y hoy los criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG, por sus siglas en inglés) son considerados herramientas estratégicas para fortalecer la competitividad.

Las empresas ya no compiten solo por precio o calidad, sino también por su capacidad para gestionar riesgos, responder a regulaciones, atraer talento y mantener transparencia frente a clientes e inversionistas. En ese escenario, las prácticas ESG impulsan los seis factores relacionados con competitividad de la siguiente manera:

1.Eficiencia operativa. La dimensión ambiental (E) promueve la reducción del consumo energético, agua, residuos y emisiones, generando operaciones más eficientes y menos costosas.

Más que un mecanismo de ahorro, estas prácticas fortalecen la eficiencia y resiliencia de los procesos. En este marco surge la economía circular, orientada a eliminar desperdicios, mantener materiales en uso y regenerar sistemas naturales, contribuyendo tanto a la prosperidad como a la resiliencia empresarial.

2.Innovación. Los criterios ESG impulsan la innovación al exigir que las empresas replanteen productos, materiales, logística y cadenas de valor. Al alejarse del modelo lineal tradicional, los enfoques circulares generan nuevas formas de crear y capturar valor. Según publicaciones de la Fundación Ellen MacArthur, esta transformación abre oportunidades de crecimiento mediante modelos más sostenibles y adaptables.