A Manoliño, el delfín solitario más famoso de España, se le detectó por primera vez en 2019. Con el tiempo, se convirtió en un asiduo de las rías de Muros-Noia y en la de Ferrol (Galicia); era casi un vecino más. Durante cinco años y medio, se acercó a barcos y bañistas, se dejó tocar en la playa e incluso entorpecía el trabajo a los submarinistas que recolectaban navajas. Murió en septiembre de 2025 arrollado por las hélices de un barco. Un estudio ha analizado su historia y comportamiento junto al de otros 16 delfines mulares solitarios sociales ―que interactúan con las personas― localizados en aguas españolas, la mayor parte (14) en Galicia desde 1970. Entre ellos se encuentra Nina, una hembra a la que grabó Félix Rodríguez de la Fuente mientras jugaba con niños que la abrazaban y se agarraban a su aleta dorsal. No son los únicos: entre 1950 y 2022, se registraron delfines solitarios en 47 localidades de 26 países.Los delfines viven en grupos complejos, donde establecen relaciones que pueden durar toda la vida. Pero, de vez en cuando, algún ejemplar rompe las reglas: vive solo, se acerca a las costas y busca el contacto con los humanos. La razón no está clara. El estudio apunta a diversas hipótesis: desde la búsqueda de nuevos territorios hasta problemas de salud, lesiones o el rechazo por parte de su grupo. Un comportamiento que conlleva riesgos tanto para la supervivencia y bienestar de los mamíferos marinos como para la seguridad de las personas, que se acercan a él como si se tratara de una mascota más. Nada más lejos de la realidad. “Manoliño, por ejemplo, que era un pedazo de pan, era también un animal de tres metros y 400 kilos que si te da un sopapo te pone la cabeza del revés”, describe Alfredo López, uno de los autores del estudio y director de la Coordinadora para el Estudio de los Mamíferos Marinos (CEMMA). Se le vio ayudando a levantar nasas de pesca y a subir a los niños de un club de vela a los botes empujándolos desde el agua, mostrando pescado recién capturado o jugando con un perro. Pero también hubo incidentes porque quitaba las gafas de buceo, los reguladores o las mangueras que suministran aire a los navalleiros, los buceadores que pescan navajas sumergiéndose entre 10 y 12 metros.00:44Así jugaba el delfin 'Manoliño' con un perro en las costas de A CoruñaEl delfín solitario nadando en la ría de Muros y Noia, fotografía con licencia de investigaciónFoto: CEMMA | Vídeo: EPVDe jugar a morderEn el agua, la ventaja es siempre suya. “Son velocísimos, no solo por su agilidad, sino porque su mente parece ir varios pasos por delante de la tuya. Es como si adivinara lo que fueras a hacer en el siguiente segundo”, explica López. Otro problema surge cuando se acercan a una playa concurrida y los bañistas les rodean. En esas circunstancias, pueden llegar a sentirse hostigados, como ocurrió cuando Manoliño mordió a una mujer en la pierna y le dejó la huella de varios dientes. El acercamiento de los delfines a las personas, impulsados por su necesidad de interacción social, es gradual y pasa por diferentes etapas. El estudio identifica de la etapa 0 a la 5. Es fundamental, según el experto, evitar que los que están en las primeras fases y son de momento solitarios salten a los escalones siguientes y se conviertan en sociales.En la etapa 1, el delfín comienza a dejarse ver, para después comenzar a seguir embarcaciones y a mostrar interés por la actividad humana. Una vez superada la desconfianza, aparecen conductas sociales y táctiles, como frotarse contra barcos o bañistas. Incluso pueden utilizar el pene como una herramienta para explorar, tocar o desplazar objetos, como cuerdas, sin que ello implique necesariamente una finalidad sexual. “Es una exploración que realizan con todo el cuerpo dentro de la curiosidad que tienen y que nosotros podemos interpretarlo como sexual sin serlo”, aclara López. En fases más avanzadas, también pueden manifestar conductas de dominancia, como nadar a gran velocidad, exhalar con fuerza, embestir con la cabeza o realizar saltos muy cerca de las personas, e incluso por encima de ellas. La quinta y última fase sería el regreso del cetáceo con sus congéneres, algo que puede ocurrir en cualquiera de las etapas, y que es complicado de verificar. Algunos no son solitarios estrictos, como fue el caso de Enol, que vivió tres años, sobre todo en Asturias, entre 1993 y 1997, siempre con su madre Ercina. No era tan amigable como Manoliño o Nina, y mostró comportamientos agresivos, dominantes y sexuales hacia las personas con las que interactuaba, además de morder a muchas de ellas. Gaspar, otro de los casos del estudio, llegó a las Rías Baixas en 2007 y pasó lentamente por las etapas de sociabilidad. Primero mostró interés por los remos, palas y pequeñas embarcaciones que a veces volcaba. Sus actividades favoritas incluían meter la cabeza en la salida de las turbinas por donde salía el agua o enredarse en las cuerdas de los barcos. Además, se enrollaba cuerdas alrededor de la cola y las aletas y en dos ocasiones se le vio interactuando con un perro en el puerto de Corcubión. Pero también se podía mostrar dominante cuando se le molestaba. En una ocasión agarró a un soldador submarino por la aleta y lo arrastró cinco metros, rompiéndole una costilla. Y en otra, rompió el brazo a una persona que saltó del agua a nadar con él. Se le vio por última vez en 2010.Manoliño también pasó por todas las etapas descritas en el estudio. Primero se acercó a los barcos y personas, pero sin interactuar. En la etapa 3 ya se acercaba a los marineros que trabajaban en el estuario y a los bañistas, pero no les dejaba tocarlo. En la etapa 4, a la que llegó rápido, buscaba contacto con cualquiera que estuviera en el agua. Un comportamiento que cambió radicalmente cuando le clavaron un arpón en el flanco izquierdo en octubre de 2022: regresó a la etapa 1. No le duró mucho y gradualmente volvió a acercarse a las personas. Pero ya había advertencias de la administración: no se le debía alimentar, ni meterse en el agua con él, ni tocarlo. Si se iba en bote, se recomendaba no acercarse, ni acelerar bruscamente. Lo más importante es evitar que los delfines solitarios se conviertan en sociables, advierte el estudio, y eso se consigue con educación y gestión por parte de las administraciones. “Sabemos que los ayuntamientos son reacios a restringir el acceso a las playas o puertos si se produce una situación semejante, pero son medidas que podrían incluirse en un plan de gestión para su aplicación temporal”, concluyen los científicos.