Leonardo Padura analiza la crisis de Cuba en medio del endurecimiento de las sanciones de Estados Unidos (Foto: AP/Ramón Espinosa)Traducido a más de veinte lenguas, ganador del Premio Princesa de Asturias de las Letras, Leonardo Padura es una de las voces fundamentales de la literatura latinoamericana contemporánea. El autor de la célebre tetralogía Las cuatro estaciones protagonizada por Mario Conde aceptó esta entrevista a distancia, entre dos respiros de su actual gira en Francia por la publicación en francés de Ir a La Habana (Aller à l’Havane, Métailié, 2026, trad. René Solís). Desde Mantilla, un barrio periférico de La Habana donde nació y donde continúa viviendo, Padura ha narrado durante décadas las ilusiones, fracturas y desencantos de la sociedad cubana. Como periodista y cronista, es también una de las voces más lúcidas a la hora de pensar las transformaciones y contradicciones de la Cuba contemporánea. Conversamos con él sobre memoria, literatura y sobre la profunda crisis que atraviesa hoy la isla, en medio del mayor éxodo migratorio desde la crisis de los balseros de 1994 y del endurecimiento de las sanciones estadounidenses bajo la administración Trump.PUBLICIDADEn 'Ir a La Habana', Leonardo Padura describe la capita cubana como una ciudad de capas históricas, desde la etapa colonial hasta la etapa revolucionaria.—Para ti, un cambio profundo es hoy urgente en Cuba, pero defiendes la idea de que ese cambio no puede venir de una intervención exterior. ¿Cómo vives esta situación, antes inimaginable, en la que una parte de la juventud cubana ha llegado a reclamar una intervención de Estados Unidos como ocurrió recientemente en Venezuela?—La vivo leyendo cada mañana en las noticias. A ver qué pasa, si algo pasa, y deseando que lo que pueda pasar no sea un evento violento, específicamente militar, que siempre será algo lamentable. Ojalá que la cordura se imponga por todos los factores que pueden influir en la vida cubana de hoy y de mañana, que espero sea mejor.PUBLICIDAD—Escribes al inicio de Ir a La Habana que “una ciudad es a la vez varias ciudades en el tiempo y en el espacio, sin dejar por ello de ser una sola ciudad”. Esto me hizo pensar en aquel famoso poema de Baudelaire “la forma de las ciudades cambia más rápido que el corazón de los humanos”. ¿Cuáles son las distintas “Habana” que siguen habitándote? —La Habana es como una cebolla, que tiene muchas capas. Están las capas históricas, las arquitectónicas (muy dependientes de la historia y la economía), las capas sociales… En la ciudad se superponen, al menos, cuatro espacios diferenciables: la Habana colonial del XVI al XVIII, militar y marinera; la colonial del siglo XIX, la Habana clásica, diría, del momento de enriquecimiento de la isla; la Republicana, de 1902 a 1958, la más abarcadora en el espacio y la más moderna en sus concepciones; y la revolucionaria, del 1959 a la fecha, que tiene pocas construcciones, muchas transformaciones y que revela la decrepitud del abandono y la falta de recursos. Con todas esas ciudades yo convivo, pero, además, tengo una Habana de la nostalgia, la de mi niñez y adolescencia, que era brillante y atractiva; la Habana periodística, que habité en la década de 1980 y que descubro pateando la ciudad en busca de historias y personajes; y La Habana literaria, la que comienzo a escribir, a definir, a dibujar en mis novelas a partir de 1990; y la Habana decadente en la que sigo escribiendo y viviendo y que está a mi alrededor, con cada vez menos trazas de aquella Habana nostálgica de hace 50, 60 años.PUBLICIDAD—Es justamente el tema del libro: la “ajenidad” y el desapego de una ciudad en plena descomposición por la crisis económica. ¿Cómo se genera ese proceso?—El proceso de deterioro de la ciudad comenzó hace varias décadas. Primero fue un cambio de símbolos, paradigmas, referencias, para convertir la ciudad republicana en la ciudad socialista, y eso implicó una transformación física y simbólica de muchos sitios. Luego, en las últimas tres décadas ese fenómeno se potenció con la decadencia física de un espacio que recibió poca o ninguna inversión, con la excepción de la zona colonial, la Habana Vieja, que recibió fondos locales e internacionales para su restauración. Pero lo complejo de ese tránsito es que no ocurre solo en el plano físico de la ciudad, sino también en el espiritual. PUBLICIDADImagen de La Habana, Cuba, en mayo de 2026. (Foto: AP/Jorge Luis Baños)—¿Qué querés decir?—Las conductas de las gentes también se deterioran y eso se refleja en la vida, en el ambiente de una ciudad donde ha sido desapareciendo el concepto de urbanismo, o sea, de la mejor convivencia urbana… y todo eso lo vivo de manera dolorosa. Ya ni mi barrio es lo que fue ni tampoco la ciudad, y no se trata solo de que yo haya envejecido y vea mi circunstancia social con otras perspectivas quizás nostálgicas o conservadoras, sino que es un proceso evidente: la ciudad vive una etapa de deconstrucción, y se percibe en los edificios e infraestructuras, y se siente en el comportamiento de los ciudadanos.PUBLICIDAD—Sin embargo, es una ciudad que no podrías abandonar. De ese sentimiento de pertenencia se desprende incluso, al leerte, una responsabilidad ciudadana: la de registrar la memoria de esos lugares para asegurar su permanencia. ¿Podrías profundizar en estos dos conceptos?—Aunque en español son dos palabras que tienen mucho parecido fonético, sus significados son muy diferentes. La pertenencia es profunda, visceral, casi que inevitable (como estar en una isla rodeado de agua por todas partes). La permanencia, en cambio es física, y se puede alterar con un traslado, también físico. En mi caso ambas condiciones se funden, se combinan, porque pertenezco a un ámbito cultural y espiritual, que además es físico, y permanezco en él. Soy un escritor cubano que escribe y vive en Cuba, que pertenezco inexorablemente a la identidad cubana y permanezco tozudamente en el mismo espacio en el que nací y he vivido toda mi vida, incluso habito la misma casa de siempre, y eso me hace ser bastante singular, aunque esa singularidad no implique que sea diferente, muchos menos que sea mejor.PUBLICIDAD—Definís al novelista como “un reservorio de recuerdos”, aunque eso implique “canibalizar” la vida de los demás. Ir a La Habana es, al mismo tiempo, una recopilación de tus recuerdos personales y la historia de una ciudad. ¿Cómo trabajaste esa doble reconstrucción, la de la memoria y la del espacio urbano?—Pues fue como un flujo de memorias que apenas debí organizar cronológicamente, por que implicaba un crecimiento intelectual y espiritual. Fui sacando de esa almacén todo lo que me parecía significativo para armar un discurso lógico y a la vez nostálgico, un poco melancólico y al final hasta pesimista. Pero en realidad no fue difícil: era como si toda esa memoria afectiva estuviera ahí, ya madura, y lo único que hiciera falta es cosecharla, o sea, escribirla.PUBLICIDAD—En tus novelas la realidad política aparece más como un estado de naturaleza, casi un fenómeno meteorológico que acucia a la isla y contra el que no se puede luchar, ni pretender cambiar y donde los personajes sobreviven mejor o peor. ¿Hay belleza en esos actos de supervivencia? —No sé si belleza, pero sí pragmatismo. La gente se adapta a las condiciones que genera su medio y lo hace porque comparte sus principios o porque se vuelve apática. La opción del enfrentamiento ha tenido muy poco espacio de desarrollo y la mayoría de los que hubieran querido asumir esa actitud, pues prefirieron hacerlo desde lejos, y no desde dentro, con los riesgos que entraña.PUBLICIDAD—En Polvo en el viento, quedarse en Cuba o irse aparecen como decisiones igualmente legítimas. ¿Qué peso tiene la decisión de haberte quedado?—Todo el peso del mundo. He debido pasar por muchas situaciones críticas, incluso carencias, apagones y todo lo que cuelga o podría colgar, pero tiene el peso importantísimo de haberme mantenido en contacto directo, visceral, con la realidad cubana, que es la sustancia de mi literatura.—Encuentro muy provocador que se puedan encontrar raptos de luz incluso bajo un regimen totalitario. Pienso en el lema castrista “Patria o muerte” ; mientras que el himno argentino termina diciendo “Coronados de gloria vivamos. O juremos con gloria morir”. Es lo que dijo San Martín: lo único qu importa es ser libres. Tu literatura, me parece, presenta una tercera vía: ni la oposición frontal ni la propaganda. ¿Es una posición política o estética?—Todo acto artístico tiene lecturas políticas, pues vivimos en sociedades politizadas y la cubana mucho más que otras. Lo que nunca he pretendido es que mi literatura tenga un carácter político identificable con la propaganda. Que lo político sea una de las lecturas posibles, pero no el discurso narrativo, pues más que ser leído, sería utilizado, y eso no me interesa desde el punto de vista político y me parece poco elaborado desde el punto de vista estético.Padura en las calles de La Habana: "permanezco tozudamente en donde he vivido toda mi vida", dice (Foto: AP/Ramón Espinosa)—. En el libro dialogas con tus propias novelas, pero también con toda una tradición de escritores cubanos, desde Cirilo Villaverde a Reinaldo Arenas. ¿Cómo concibes hoy ese diálogo entre escritores de generaciones diferentes? —No lo sé. Solo creo que sé, más o menos, cómo lo concibo yo. Y es que creo que nadie sale de la nada, todos tenemos un origen, y en mi caso como escritor, vengo de una tradición literaria muy potente que me ofrece paradigmas y creaciones que no solo resultan inspiradoras, sino también retadoras. Recuerda lo que pensaba Hemingway: hay que pelear con los muertos e intentar vencerlos. No sé si yo lograré esa victoria, pero al menos intento combatir y a la vez alimentarme de unas obras que son referenciales. De ahí mi admiración y respeto por esa tradición, mi reconocimiento explícito e implícito a obras y autores como Carpentier, Novás Calvo, Cabrera Infante y otros.—¿Existe todavía en Cuba un margen de libertad para los jóvenes escritores? ¿Podría surgir hoy en en la isla un joven Leonardo Padura?—Margen existe. No sé si deseos o voluntad y posibilidades de materializarlo. Y no creo que tenga un hijo putativo, aunque nunca se sabe. Creo, eso sí, que cada cual debe luchar por su espacio vital y de expresión, de creación y pensamiento y únicamente puede hacer leyendo su circunstancia y actuando en ella. —También trazás los retratos de figuras muy diferentes de La Habana, como el percusionista Chano Pozo o Alberto Yarini. ¿Por qué te han marcado tanto estos personajes?—Esos y otros muchos porque Cuba, La Habana, es una mina de personajes. En mis novelas no solo aparecen personajes reales tomados de los reportajes que pude haber escrito en algún momento, como son Chano Pozo o Yarini, u otros tomados de la realidad, como José María Heredia o el Hemingway que vivió más de 20 años en La Habana. Hay otros muchos que son condensaciones o variaciones de uno o varios personajes, mejor dicho, personas reales que conocí. En cualquier caso lo importante en este ejemplo que pones es el conocimiento de la ciudad, sus tipos y costumbres, que me permitió el trabajo periodístico que hice durante seis años pateando la ciudad y el país. Fue una fuente de conocimiento importantísima de una historia no oficial pero esencial en la formación de una identidad.—En tu última novela, Morir en la arena, Raimundo Fumero, el personaje del escritor, tiene algunos puntos en común con vos, pero a diferencia tuya, él empieza a escribir en pleno Quinquenio gris, a inicios de los setenta, justo en el momento en que ocurre el “caso Padilla”(1) que marcó la historia intelectual cubana. ¿Te podría haber pasado algo similar si hubieras empezado a escribir en esa época? ¿Y, si hubieras sido uno de esos escritores que asistieron a su autocrítica, qué actitud crees que hubieras tenido?—No puedo decir cómo habría sido mi vida en otras circunstancias y tiempos. Eso es pura especulación y no me atrevo a hacerlo. Yo he escrito lo que he escrito en el momento en que lo escribí y como pude e intenté hacerlo y me he relacionado con mi ambiente del modo en que he intentado y podido hacerlo.Ernest Hemingway, con los actores Alec Guiness y Noel Coward, durante el rodaje de la película 'Nuestro hombre en La Habana' en 1959 (Foto: archivo AP)—Después del caso Padilla, muchos intelectuales rompieron con la Revolución como Vargas Llosa u Octavio Paz, mientras otros –como Cortázar – quedaron en posiciones más ambiguas y fueron muy criticados. Uno de tus personajes de Morir en la arena dice que “el comunismo no es una ideología ni una filosofía sino una religión que exige fe, dogma y liturgias”. ¿Tuviste esa fe y la perdiste?—Creo que soy ateo de nacimiento aunque mi madre casi me obligó a recibir la primera comunión. Pero, por ejemplo, nunca me inicié en la masonería a pesar de que ese hubiera sido un gran regocijo para mi padre, masón en cada acto y pensamiento de su vida. Tampoco he tenido ninguna militancia política, de ningún tipo, pues le he huido a todas las disciplinas de ideologías o instituciones. Pero he sido solo alguien que ha vivido en una sociedad socialista toda su vida consciente y me vi envuelto en circunstancias y situaciones sociales y políticas que estaban a mi alrededor sin que yo pudiera hacer nada, solo acatarlas, como cualquier otro ciudadano. Mi pensamiento es otra cosa. Y ese pensamiento me ha llevado a tener muchas dudas, a expresar muchas inconformidades, a procurar a toda costa tener una libertad de pensamiento y creación, a reaccionar contra muchos dogmas y, por eso, mi literatura ha podido ser, creo yo, la expresión de mis preocupaciones sociales y políticas.—Otro fenómeno que atraviesa el libro es la desaparición progresiva de los cines. ¿Qué papel ha desempeñado el cine en tu imaginario y en tu escritura?—El cine tiene un gran espacio en mi sensibilidad, mi conocimiento del mundo, mi percepción de las narrativas. Desde niño fui mucho al cine y de esa época guardo recuerdos como la películas de samurái japonesas, algunas de Kurosawa, y las comedias franco-italianas de la época. Luego crecí como espectador en un momento en que en Cuba se veía el mejor cine del mundo y creo que me convertí en cinéfilo y tuve pretensiones de trabajar en el cine que, años después, concreté escribiendo guiones. Gracias al cine tengo una memoria muy visual y mi literatura también lo es, pues veo la realidad que quiero reflejar en mis textos como si fuera proyectada en la pantalla de mi mente. Y si hoy apenas voy a salas de cine, en Cuba o donde sea, sigo consumiéndolo mucho, aunque en los últimos años me he aficionado mucho más a las series, las buenas series, con sus relatos de largo aliento, casi diría en algunas ocasiones de aliento novelesco.—En Gente decente, Mario Conde dice que los peores son los “miedos sociales”: el miedo a quedar excluido, señalado, vigilado. Después de todo lo que atravesó su generación, ¿cuál diría que es hoy su peor miedo?—El miedo a perder la memoria. Sin memoria no hay literatura y yo quiero seguir haciendo literatura.(1) Referencia a la autocrítica del poeta Heberto Padilla quien, en 1971, fue obligado a escenificar públicamente su adhesión al régimen castrista ante la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), tras haber sido detenido en las cárceles de la Seguridad del Estado en La Habana. La operación provocó la indignación de la intelectualidad, tanto cubana como internacional, que vio en ella un resurgimiento de los métodos estalinistas.Fuente: Le Grand Continent
Leonardo Padura: “He llegado a tener muchas dudas, a reaccionar contra muchos dogmas y a expresar muchas inconformidades”
En esta entrevista con la revista francesa Le Grand Continent, el escritor reflexiona sobre su vida y obra en Cuba. “Permanezco tozudamente en el mismo espacio en el que nací”, dice








