En los últimos días, he escuchado las llamadas de tres personas muy diferentes a reaccionar contra la imposición de la inteligencia artificial al albur de los deseos de las pocas empresas que controlan esta tecnología. A.G. Sulzberger, el editor del New York Times, el novelista Percival Everett, y el papa León XIV. Las suyas no son llamadas a adaptarse o a resistir, sino a reaccionar.
Los multimillonarios que controlan lo que debería ser una herramienta y, sobre todo, sus palmeros parásitos repiten el mensaje de que la IA es una fuerza inevitable y sólo queda aprender, subirse al carro, sacarle provecho y recoger los trozos de los empleos y las vidas que destroce por el camino.












