Seguramente, no podía ser de otra forma. ¿Maja Chwalinska? Así es, efectivamente: Chwalinska (Jalinska en la pronunciación). En la línea marcada por este Roland Garros más bien marciano, o cuanto menos impredecible, el torneo propone el enésimo golpe de timón con la resolución de las semifinales femeninas, en las que vuelve a relucir y a triunfar una tenista absolutamente fuera del radar hasta hace cuatro días, desconocida, que tan solo había ganado un par de partidos sobre tierra batida hasta el retorcido desarrollo de estas tres semanas. Que levante la mano quien la conocía. Ahora, sin embargo, siente esa placentera sensación al firmar los autógrafos y al escuchar el último grito de toda una Chatrier, del ¡Ra-fa, Ra-fa!” al “¡Ma-ja, Ma-ja!”. La polaca tiene 24 años y está protagonizando una de las historias de la temporada, porque nadie (literalmente, nadie) podía prever que alcanzaría la final del grande francés; ni siquiera que accedería al cuadro principal, probablemente. Pero ahí está, más que merecido el premio y convertida en la gran protagonista, opacando incluso el pase precoz de la otra finalista del sábado, Mirra Andreeva. La rusa, de 19 años, se ha impuesto en el primer turno a la ucraniana Marta Kostyuk por 6-1 y 6-3, en 1h 16m, pero después Chwalinska ha vuelto a hacer trizas la lógica, derrotando por 7-6(4) y 6-4 a Diane Shnaider, la 18ª del mundo. Entró al torneo como la 114ª y lo abandonará, como mínimo, en el peldaño 21. Un episodio extraordinario.¿A quién no le costaría creérselo bajo esas circunstancias? Lógicamente, le cuesta articular palabra. “No sé qué decir. Es un sueño. No sé qué está pasando…”, dice después de haber ganado su noveno partido en menos de tres semanas —ella comenzó a competir el 18 de mayo, seis días antes del inicio oficial— y de haberse convertido en la primera jugadora procedente de la fase clasificatoria que llega tan lejos en el Bois de Boulogne, donde todas las favoritas, una tras otra, han ido cayendo a excepción de Andreeva, a quien le aguarda una tarea harto complicada: si una tenista está montada sobre la ola… Y eligió la buena Chwalinska, una novedad que nadie vio venir y que ha ido abriéndose paso a partir de la excepción, a contracorriente.Frente a la potencia generalizada, un tenis de corte formativo y en realidad, el apropiado para un contexto, el de la arcilla, que pide tanta o más inteligencia que impetuosidad. Así desquicia también a Shnaider, que la aborda por tierra, mar y aire, al final sin recompensa. No hay nada que hacer. Se exaspera la rusa. A todas las bolas llega esa hormiguita que despide raquetazos bien sincronizados, lentos pero armónicos, detectando con mucha astucia por dónde puede estar la fuga de la rival y mareándola con esos constantes cambios de ritmos y alturas. Porque no todo va a ser velocidad. En la era de la fuerza y lo físico, Chwalinska reivindica lo original, un viaje a los principios y la esencia de una superficie de la que también han ido apoderándose el vértigo