En la regi�n congolesa de Ituri, el �bola no se anunci� a los pies del camastro de un hospital, sino en el transcurso de un funeral. Lleg� disfrazado de malaria, dej� un pu�ado de muertos sin diagn�stico preciso y convirti� el gesto m�s antiguo del duelo tradicional africano —lavar, velar, tocar por �ltima vez a un hijo, a un padre o a un hermano— en una ruleta rusa biol�gica. Para cuando las autoridades pronunciaron la palabra ��bola�, el virus ya hab�a viajado de sepelio en sepelio, adherido a las manos de quienes solo hab�an hecho lo que siempre se hace con los muertos en el noreste de la Rep�blica Democr�tica del Congo: despedirse afectuosamente.�Saben muy bien que no tendr�an que tocar los cuerpos pero es m�s fuerte que ellos�, dice el salesiano Domingo de la Hera. �La gente simplemente no acepta que les digan que no pueden posar sus manos sobre su amigo, hermano, padre, esposo o quien quiera que sea. Y menos todav�a aceptan despedirse de ellos sin lanzarles una �ltima mirada. Para evitar problemas, est�n envolviendo los cad�veres en una especie de mortajas de pl�stico que permiten ver el rostro�, describe el religioso espa�ol, que conoce bien la zona afectada por el actual brote congole�o de �bola.En efecto, uno de los obst�culos que acostumbraban a encontrar los equipos de entierro del Gobierno era que el cuerpo se colocaba en una bolsa negra. Pero como no pod�an ver el cuerpo, los familiares dudaban de la identidad de la persona que estaban enterrando.Las nuevas bolsas mortuorias que menciona el religioso castellano han sido redise�adas con secciones transparentes en la zona de la cara que permiten organizar el duelo de un modo culturalmente apropiado. El representante de la familia es tambi�n informado de las restricciones de asistencia y las traslada a la familia.El riesgo permanente de vivir entre el �bola y el M23De la Hera tiene 79 a�os, es burgal�s y lleva doce a�os en Goma, la gran ciudad volc�nica del este congole�o, encajada junto al lago Kivu y la frontera de Ruanda. All�, el �bola no ha tomado la calle como en Ituri, pero ha bastado la sospecha de un primer caso confirmado para reanimar viejos fantasmas de esa metr�poli de frontera, rodeada de desplazados, bajo control de facto de los rebeldes armados del Movimiento 23 de marzo (M23) y, ahora, como consecuencia de la irrupci�n del virus, con los pasos hacia el pa�s vecino de nuevo clausurados.El hecho es relevante porque Goma vive mirando a Ruanda: desde all� cruzan a diario estudiantes, enfermos, comerciantes, viajeros y cooperantes. Y en vista de lo sucedido, muchas familias han quedado partidas por una l�nea administrativa.Ruanda cerr� sus conexiones fronterizas con la RDC el mismo d�a en que la OMS declar� la emergencia internacional. Para Goma, una ciudad que respira con un pulm�n en cada orilla (una est� en el lado congole�o y otra en la ciudad ruandesa de Gisenyi, hoy Rubavu) fue como si alguien hubiera suprimido de golpe una de las mitades del mundo.El padre Manuel Fern�ndez, en el epicentro de la crisis.Y ese no es el �nico problema. El laboratorio que sostiene el diagn�stico de todo el brote en el este del Congo est� en Goma. Y Goma, desde enero de 2025, no est� en manos del gobierno congole�o. El M23 respaldado por Ruanda ha establecido una administraci�n paralela con sede en esa ciudad, la m�s importante de la parte oriental del Congo.Son ellos, y no el Ministerio de Salud de Kinshasa, quienes gestionan el territorio. Y cuando el primer caso fue confirmado en la ciudad —el 17 de mayo, una mujer que hab�a viajado desde Ituri—, fue el secretario permanente del M23, Benjamin Mbonimpa, quien tom� la palabra: el gobierno rebelde establecer�a los puntos de entrada y de salida y asumir�a la responsabilidad de los servicios funerarios si el virus comenzaba a propagarse.La crisis sanitaria, en manos de un grupo armado�Un grupo armado gestionando los potenciales entierros de �bola si se produjera un brote serio? La paradoja tiene su propia l�gica en esta parte del mundo, pero eso no la hace menos inquietante.Muchos de los desplazados viven en campos alrededor de Goma, donde las sucesivas oleadas de desplazamiento complicar�an la identificaci�n, el seguimiento y el aislamiento de casos. Son los restos humanos de un conflicto que lleva a�os vaciando el interior de Ituri y Nord-Kivu hacia las periferias de la ciudad. Gente que huy� de la guerra y que ahora convive hacinada en las afueras, a distancia cero de cualquier contagio que se propague desde el mercado o desde un funeral celebrado en la calle.�De momento, la situaci�n es de calma�, insiste De la Hera. El burgal�s sabe de lo que habla porque lleva casi medio siglo en �frica y ha visto crecer y morir m�s de un brote. Pero es una calma conocida: la del que no ignora que, aunque el fuego est� todav�a lejos, la direcci�n del viento puede cambiar r�pidamente y transformar el panorama en cuesti�n de poco tiempo.La variante de este brote no es la Zaire, la m�s conocida y para la que existe vacuna autorizada, sino la Bundibugyo, un linaje viral mucho m�s raro y solo documentado antes en Uganda en 2007 y en el este del Congo en 2012.Su letalidad hist�rica se ha movido entre el 30 y el 50 por ciento, seg�n la OMS, y contra �l no hay tratamiento preventivo ni medicamento espec�fico aprobado: solo aislamiento, rastreo, entierros seguros y cuidados de soporte tempranos para impedir que la deshidrataci�n, las hemorragias y el fallo multiorg�nico hagan su trabajo y expandan la enfermedad sin control y r�pidamente.A 28 de mayo, el ECDC recog�a 125 casos confirmados y 906 sospechosos en la RDC, con 17 muertes confirmadas y 223 sospechosas, repartidas entre las regiones de Ituri, Nord-Kivu y Sud-Kivu.En el mapa fr�o de los epidemi�logos, esas cifras son solo curvas, contactos y zonas sanitarias. En la regi�n de Ituri, son vecinos que desaparecen de un d�a para otro y familias que descubren demasiado tarde que el �ltimo gesto de amor puede ser tambi�n el primer contagio.Un granadino en el epicentro de la crisis sanitariaQuien conoce lo que ocurre de primera mano es el padre blanco Manuel Fern�ndez Garc�a, granadino de C�llar Vega, 72 a�os, y afincado en Bunia, que es uno de los epicentros de esta nueva crisis. El religioso lleva m�s de tres d�cadas de misi�n africana entre Mal� y la Rep�blica Democr�tica del Congo, y doce a�os en una ciudad que ha crecido hasta rozar el mill�n de habitantes empujada por la guerra, los desplazados y la riqueza minera de la provincia en la que se encuentra enclavado el lugar.Fern�ndez trabaja en la parroquia Jean Biyaya, confiada a los Padres Blancos, y en un centro juvenil con dos bibliotecas, una para universitarios y otra para escolares. Su misi�n cotidiana no es m�dica, sino pastoral y educativa: formar catequistas, acompa�ar comunidades de base y sostener un tejido social que ya ven�a desgarrado por la guerra antes de que el virus a�adiera otra capa de inquietud a los infortunios precedentes en este rinc�n golpeado del mundo."Hay fallecimientos cada d�a y el pueblo no sabe de qu� ha fallecido. Aqu� la gente muere sin saber de qu�"Los colegios en Ituri siguen abiertos, el mercado funciona, las iglesias contin�an reuniendo fieles y la ciudad conserva el pulso de siempre. Solo hay, dice Fern�ndez, una pregunta clavada en los barrios populares: de qu� se est�n muriendo. �Hay fallecimientos cada d�a y el pueblo no sabe de qu� ha fallecido. Aqu� la gente muere sin saber de qu�, describe el p�rroco sobre la angustia que envuelve a la zona.Hasta hace unos d�as, en cualquiera de sus misas pod�an reunirse mil o mil quinientas personas. Ahora las autoridades han limitado las asambleas, se insiste machaconamente en la necesidad de lavarse las manos y de evitar saludos f�sicos y guardar distancia, replicando en cierto modo las recomendaciones que se extendieron durante la pandemia provocada en 2020 por la Covid-19.Pero el virus contin�a avanzando en un territorio donde la prudencia sanitaria compite con la costumbre, la fe, el rumor y una larga convivencia con la muerte. �A veces se r�en porque se r�en de la vida�, explica el misionero. �Llevan much�simo tiempo coexistiendo con rebeldes por todos lados. No es que se hayan acostumbrado al sufrimiento — porque la gente no se acostumbra nunca a �l— pero se toman lo ocurrido como otra prueba m�s que les ha ca�do del cielo. Suelen bromear diciendo: "Si no nos mata la rebeli�n, nos matar� la enfermedad". Yo dir�a que le dais m�s importancia a lo que ocurre all� en Europa que nosotros mismos aqu��.Lo que en verdad se est� echando a faltar a juicio del espa�ol es m�s informaci�n de las autoridades sanitarias. �No es que la gente no se tome en serio lo que le dicen�, apostilla el granadino. �El problema es que nadie les da muchas explicaciones. Hay radios y televisiones pero falta formaci�n de base para la poblaci�n. Por ejemplo, hubo un grupo de j�venes que se empe�aron en recuperar el cad�ver de un familiar y acabaron prendiendo fuego a una tienda. No basta con exigirles que no se lleven el cuerpo. Si se les hubiera explicado de otra manera, quiz� el asunto hubiera discurrido de un modo m�s tranquilo�, subraya el espa�ol sobre las escenas a las que ha asistido sobre el terreno.Recuperar los cuerposEn efecto, en Rwampara, cerca de Bunia, un centro de tratamiento fue atacado violentamente despu�s de que se impidiera a una familia recuperar el cuerpo de un hombre sospechoso de haber muerto a causa del �bola en d�as anteriores.En Mongbwalu, donde el virus se multiplic� tras un entierro en el que los dolientes tocaron el cad�ver sin saber que estaba infectado, vecinos furiosos prendieron fuego a otra tienda instalada para aislar casos sospechosos y confirmados. Hubo pacientes que huyeron, sanitarios evacuados, disparos de advertencia y entierros vigilados por soldados mientras trabajadores de la Cruz Roja, cubiertos con trajes protectores blancos, bajaban ata�des sellados a la tierra. El funeral dej� de ser una despedida familiar para convertirse en una operaci�n armada de seguridad.Y esa es justamente la raz�n por la que las autoridades prohibieron los velatorios y limitaron las reuniones para contener la expansi�n de un virus que ya atemoriz� antes al resto del planeta. A la postre, la escena m�s �ntima del duelo congole�o —lavar, mirar, tocar, acompa�ar al muerto— se ha convertido en el campo de batalla decisivo del brote. El virus Bundibugyo viaja en fluidos corporales, pero en Ituri encontr� su autopista en una costumbre demasiado humana para ser abolida por un decreto del M23.�Es gente que no ha expulsado a Dios de su vida, tal y como hemos hecho en Europa��Los africanos son personas que tienen muchas costumbres arraigadas en su cultura y su religi�n tradicional�, apunta el padre blanco Manuel Fern�ndez, sobre las dificultades para modificar h�bitos instalados. �Es gente que no ha expulsado a Dios de su vida, tal y como hemos hecho en Europa. Tienen sus ritos y sus maneras de acercarse a �l y tienen sus fetiches, que no son instrumentos del diablo como pretend�a antes el imaginario colonial, sino medios humanos para acercarse a lo divino�.�Esto es una lucha continua por la vida�, concluye el religioso espa�ol. �Y yo dir�a que el car�cter congol�s es maravilloso. Son luchadores que no se amargan nunca por lo que se les viene encima. Y tienen una cosa muy bonita que es que conf�an mucho en Dios, yo me atrever�a a decir incluso que su confianza es un poquillo exagerada�, sentencia desde el coraz�n de la crisis sanitaria.