En la provincia congoleña de Ituri —situada al noroeste del país—, los entierros se han ido sucediendo de forma casi rutinaria desde hace poco más de un mes. Pero estas muertes no han sido ocasionadas por la cruenta guerra civil —que ya cumple cuatro años— ni por los grupos rebeldes que arrasan aldeas y campos dejando a su paso únicamente destrucción y muerte. Las primeras de estas defunciones se atribuyeron a la malaria. Cuando las autoridades sanitarias confirmaron que se trataba de la cepa Bundibugyo —una nueva variante del virus del ébola—, la enfermedad ya había comenzado a extenderse con rapidez. La falta de medios y el desconocimiento del brote impidieron aplicar las medidas de aislamiento y los protocolos de seguridad. En los funerales, las familias continuaban despidiéndose de sus seres queridos ungiendo sus cuerpos con aceites y realizando ceremonias masivas de despedida que implican tocar y besar al cuerpo. Sin saberlo, cada despedida se convertía también en una nueva cadena de contagios. El resto vino después. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya ha confesado ir "por detrás del virus". En esa carrera por intentar conseguir una vacuna para frenar su propagación, ya hay 1048 casos confirmados y 267 muertos, 10 de los cuales se registraron en los últimos días. Hasta el momento, no existe un tratamiento específico contra la enfermedad. TE PUEDE INTERESAR Médicos Sin Fronteras sostiene que la enfermedad se está propagando por las provincias orientales de Ituri, Kivu Norte y Kivu Sur, siendo Ituri la que concentra cerca del 95% de los casos. En la vecina Uganda, las autoridades sanitarias también han notificado 19 casos confirmados. Pero ya ha dado el salto continental. Este lunes, Francia confirmó su primer caso: un médico que había regresado recientemente del país africano y que ahora está siendo "monitoreado constantemente" en un centro especializado. El Gobierno de Emmanuel Macron está siguiendo ahora a todas las personas en el país con las que ha estado en contacto. A pesar de que aseguran que el riesgo de contagio "es bajo", deberán someterse a 21 días de aislamiento domiciliario y serán "monitoreadas de cerca durante este período", según ha anunciado el Ministerio de Salud francés. TE PUEDE INTERESAR La OMS ya advirtió la semana pasada de que al menos 75 trabajadores sanitarios se han contagiado con esta nueva variante desde el inicio del brote. De ellos, 17 han fallecido, según explicó en Ginebra la directora de Emergencias de la organización, Marie Roseline Belizaire. "Este brote se está moviendo más rápido que nosotros", ha asegurado Abdi Rahman Mahmoud, director de Alertas y Respuesta ante Emergencias Sanitarias de la Organización Mundial de la Salud, tras pasar un mes en las zonas afectadas. La tasa de letalidad de esta variante se sitúa en el 25,4%, lo que significa que más de uno de cada cuatro infectados muere. Según las autoridades sanitarias, en las dos primeras semanas desde que se registró el primer contagio, el virus se llevó por delante a más de 70 personas. Pero en la provincia de Ituri, donde viven aproximadamente 4.240.000 habitantes, estas cifras no han sido suficientes para concienciar a la sociedad. TE PUEDE INTERESAR "La población en un principio no creía nada en esta epidemia y seguía su vida normalmente", sostiene Manuel Fernández García, misionero de África en Bunia e Ituri, en conversaciones con El Confidencial. "Desde que las autoridades sanitarias han comenzado a sensibilizar a la población, la situación ha cambiado hacia más prudencia y vigilancia a la hora de relacionarse", afirma. Aun así, la vida continúa. "La gente dice que hay que seguir viviendo", explica el religioso. "Si se dejaran vencer por todo lo que ocurre, no podrían vivir mucho tiempo", afirma. De hecho, añade, muchos habitantes de Ituri siguen temiendo más a la violencia de los grupos armados que a la propia enfermedad. A esto se le suma que los congoleños no tienen la suficiente confianza hacia las autoridades sanitarias. Según el misionero, algunas de estas muertes han alimentado el miedo entre la población y han llevado a muchos enfermos a evitar los hospitales. "La gente no les tiene mucha confianza y teme acercarse a los centros sanitarios", señala. En Ituri, los trabajadores de Médicos Sin Fronteras han observado miedo y desconfianza entre las comunidades, algunas de las cuales recelan de la repentina llegada de equipos de respuesta al ébola. TE PUEDE INTERESAR "Poner en marcha actividades y explicar la enfermedad no basta para generar confianza en las comunidades. Es necesario escuchar sus preocupaciones y permitir que participen en el diseño de la respuesta", afirma Frederic Lai Manantsoa, coordinador de emergencias de MSF en República Democrática del Congo. Las guerras se llevan todo por delante. Incluidos los sistemas sanitarios donde se abren brechas en la "vigilancia epidemiológica" y se crean las condiciones para que las enfermedades infecciosas se expandan. Como explica Daniel López Acuña, que fue director de Acción Sanitaria en Situaciones de Crisis de la OMS, "tienen un serio impacto negativo sobre la salud de la población, no solo por las muertes y lesiones que se producen, sino también por la disrupción que generan en el sistema de salud". Esa disrupción, añade, "impide el acceso fluido a la atención sanitaria y bloquea acciones comunitarias como la vacunación o el control de enfermedades". El resultado, señala, es un aumento generalizado de la mortalidad y la morbilidad por causas evitables y la aparición de brotes epidémicos más difíciles de controlar, desde el cólera hasta el ébola. TE PUEDE INTERESAR En contextos de conflicto, el sistema sanitario entra en una espiral de deterioro: infraestructuras dañadas o no operativas, escasez de personal sanitario y ruptura de las cadenas de suministro médico. Además, Acuña destaca que el personal sanitario se ve “diezmado” y, en algunos casos, directamente atacado, lo que supone una violación del derecho internacional humanitario. A esto se suma la escasez de insumos, la dificultad logística para el abastecimiento y la creciente inseguridad. Todo ello, advierte, “conjura para agravar el riesgo epidémico”, especialmente cuando el Estado no puede garantizar servicios básicos como agua potable, saneamiento o educación sanitaria. La inseguridad y los desplazamientos masivos como consecuencia de la guerra agravan aún más la situación. Aunque desde el inicio de la epidemia la actividad de algunos grupos armados “parece haberse reducido”, miles de personas continúan hacinadas en los tres campos de desplazados que rodean Bunia. “La gente teme más a la violencia provocada por los grupos armados de la región que a la enfermedad”, afirma. TE PUEDE INTERESAR “La violencia de los grupos armados ha provocado desde hace casi diez años el desplazamiento de miles de personas de los pueblos a la ciudad”. “La situación allí no es la misma que en la ciudad”, advierte Fernández. Pese a la existencia de escuelas y centros de salud, las deficientes condiciones higiénicas y la elevada densidad de población convierten estos asentamientos en un caldo de cultivo para la propagación del virus. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, asegura, además, que los desplazamientos y los ataques que están habiendo directamente contra los centros hospitalarios hacen “casi imposible” rastrear los contactos de los infectados y aislarlos. "No podemos ganarnos la confianza de las comunidades ni aislar a los enfermos mientras caen las bombas", lamentó.