El preso Max Cady siempre ha dado miedo. Eso nunca cambia. Primero, en los cincuenta, lo hizo sobre la página en el libro The Executioners, de John D. MacDonald. Después, con el rostro de Robert Mitchum en El cabo del miedo de 1962 y del icónico Robert De Niro, con sus camisas imposibles, pelo largo y tatuajes, en la película de Martin Scorsese en 1991. Y en la también vigente versión del Actor Secundario Bob de Los Simpson. Pero para Javier Bardem, su traumatizado Cady de ascendencia vasca y con perilla, no estaba diseñado solo para dar miedo. Eso es lo que le atrajo a rodar y producir la serie Cape Fear. “La ambigüedad era lo que enriquecía este remake y al personaje. Tiene un pasado diferente y no sabemos si es inocente o culpable, por lo que tenemos más espacio para construir simpatía con la audiencia. No sabemos si le apoyamos porque tiene razón o porque manipula la verdad”, explica el actor español por videoconferencia con EL PAÍS. Todo lo responde en inglés al lado de sus rivales interpretativos en la serie que Apple TV estrena este viernes: “Si hablo en español, hablaré muy mal de ellos”, bromea en un tono opuesto al terrorífico Cady al que interpreta en una ficción en constante tensión que recuerda a los thrillers psicológicos de los noventa con su imaginería, juegos de cámara y sordidez. Ahora los abogados son un matrimonio interpretado por Amy Adams y Patrick Wilson.Esa cuerda floja entre el bien y el mal se traslada esta vez, sin embargo, a todos los personajes. Todos esconden algo en su pasado, y eso hace que el espectador jamás esté seguro de si los abogados que se conocieron precisamente en el juicio que mandó a Cady a prisión son los buenos. Ella era la defensora del asesino confeso, y él, el fiscal que buscaba encerrarlo. “Tienes que apoyarnos a nosotros”, apela Wilson bromeando para defender a la aparentemente perfecta y adinerada familia que encabeza en la ficción, que completan dos hijos con sus propios fantasmas. Porque la serie también es una historia de familias y un legado de traumas y violencia. Cambia de punto de vista constantemente, con dos perspectivas y tres generaciones entremezcladas en la trama.“Intentamos reflejar que en la actualidad digerimos la información y la verdad de manera muy subjetiva”, explica la seis veces nominada al Oscar Amy Adams, que se sintió atraída a volver a la televisión precisamente por la perspectiva contemporánea del guionista Nick Antosca y el papel de Scorsese y Steven Spielberg, ahora productores ejecutivos. “Aunque regresar a algo tan icónico fuera una decisión difícil, cuando supe que estaba Javier, lo tuve claro: tenía que hacerlo. Era un reto intimidante”, apela la actriz a su compañero y rival.Este cambio de perspectiva y sexos (al ser una abogada cambia la dinámica entre personajes) desencadena un efecto dominó que transforma la trama de las películas, aunque las referencias a ellas sean constantes, con la música, sus sorpresas y secuencias que replican algunos de los momentos más famosos, aunque siempre con una vuelta de tuerca. No aparece, aun así, el grito “abogadoooo” que en el doblaje español popularizó Ricardo Solans como sello hoy eterno de De Niro. Era “imposible” replicar su interpretación, confirma Bardem: “Pero como este Cady era distinto, me hizo tener menos presión de seguir los pasos de otros. Es la misma historia, pero con otro personaje y punto de vista. Nos da tiempo a explorar más lugares”, anticipa sobre este preso cuya verdad tarda en destaparse, pese a que enseñe sus ataques de ira ante el sentimiento de traición.La actualización en un mundo que no sabe qué es real o falso también tiene que ver con los tiempos tecnológicos. En Cape Fear, el juego del gato y el ratón se cruza con la inteligencia artificial, las redes sociales, los drones espías… que emborronan la realidad para los protagonistas y el espectador. “Cuando actualizas una obra, tienes que anticiparte para que la tecnología no quede antigua. El equipo se adelantó, y todo lo que presentamos parece plausible y actual. La tecnología incrementa la paranoia. Ahora la tensión viene de lo físico, lo emocional, lo mental y también lo tecnológico”, explica Wilson: “Estamos acostumbrados a que haya una cámara en cualquier crimen, pero también que esas imágenes se usen contra las personas y puedan manipularse”. Bardem cree que la tecnología ha hecho que la paranoia se traslade a toda rutina: “No sabes qué es real. Estás sobreestimulado con tanta información en tantos canales, y es difícil distinguirlo. La IA lo va a complicar. Hay veces que pienso que algo es real, y son mis hijos quienes me dicen ‘no, eso es falso’. Ni entiendo cómo lo saben”.La versión de 2026, además, analiza otra cuestión moderna: el fanatismo por los criminales y el true crime. En la serie, Max Cady es perseguido y venerado por fans, así como por podcasters aficionados que buscan conocer todos los entresijos. Adams reconoce que es una ávida escuchante de este tipo de seriales, aunque su marido se preocupe por su fanatismo cuando los ve sola y de noche. “Para mí no es tanto sobre criminales, sino sobre psicología”, explica la actriz al mencionar la serie Mujeres asesinas (Atrapadas). Cree, simplemente, que la mente los utiliza para tranquilizarse y creer que “controlamos nuestra propia seguridad”.Muchas de esas historias de crímenes también analizan el sistema penal y sus injusticias, como hace Cape Fear. La abogada de Adams trabaja en una asociación que exonera a presos injustamente encerrados. El personaje de Cady califica el mundo legal y carcelario como “el sistema de injusticia”. Como explica Bardem, la serie muestra “diferentes perspectivas sobre lo que la cárcel puede hacer a diferentes personajes, y lo que las personas pueden hacer para enfrentarse a la injusticia”. Wilson apoya que, aunque suene a problema estadounidense, puede apelar a lo global: “Es una historia de venganza, y preguntamos si el sistema de prisiones realmente sirve para rehabilitar o si es un castigo. Pero no intentamos dar lecciones ni llegar a una conclusión, sino inspirar preguntas. ¿Era malo o la prisión le hizo así?”.En todo caso, entre la ambigüedad moral de nuestro tiempo, Cady siempre acaba dando miedo. De ahí la elección de un intérprete como Bardem, que esta vez mezcla el terror de su mirada y voz con una “seducción”, vulnerabilidad y carisma presente más allá de los personajes por los que se hizo famoso en Hollywood y que trasladó a televisión en Monstruos: La historia de Lyle y Erik Menendez. Durante la entrevista queda claro que nada de ese terror se sintió en el rodaje en Atlanta. “Nos lo pasamos muy bien porque sabemos cuándo enfocarnos en nuestro trabajo. Tiene que haber confianza porque en pantalla hay muchas agresiones, y somos nuestra red de seguridad y respeto”, explica Adams, y lo confirma Bardem, crítico con esos actores que hacen la vida imposible al resto cuando se meten en papeles desagradables. “Ninguno de nosotros cree en lo que llaman incorrectamente actuación de método, en quedarnos con el personaje mientras hacemos el trabajo. Tratamos de que todos estén cómodos a nuestro alrededor. Un actor debe saber qué necesita el resto para complementar su trabajo. Yo no trabajo solo”, explica. La cosa es dar miedo en pantalla, pero no en la vida.
‘El cabo del miedo’, actualizado para un siglo XXI donde la maldad es ambigua: “La verdad hoy es más subjetiva”
Javier Bardem hereda el Max Cady de Robert Mitchum y De Niro frente a Amy Adams en la adaptación a serie de ‘Cape Fear’










