Estados Unidos es una montaña rusa electoral infinita de la que nadie puede bajarse. El país renueva cada dos años la Cámara de Representantes, un tercio del Senado y decenas de gobernaciones y legislaturas estatales, lo que convierte la política estadounidense en una campaña permanente. Apenas cerrada una elección, empieza la siguiente. Por eso, aunque parezca ayer cuando Donald Trump volvió a la Casa Blanca, el país ya está sumido de lleno en la campaña para decidir si podrá seguir gobernando con margen suficiente o si se topará con un bloqueo demócrata parcial —o total— en el Capitolio. La temporada de primarias, que atraviesa ahora su fase más intensa, es el primer gran filtro de ese proceso: ahí los partidos eligen candidatos, miden fuerzas internas y empiezan a dibujar qué tipo de elecciones pueden venir el próximo 3 de noviembre. Las primarias no son un espejo exacto de lo que ocurrirá en las próximas elecciones legislativas, conocidas como midterms. En ellas participa menos gente, el electorado suele ser más motivado ideológicamente y los incentivos son distintos. Pero sí funcionan como radiografía del momento político. Y por ahora, están dejando cinco señales claras sobre cómo llegará el país a las urnas dentro de cinco meses. 1. El rey de los republicanos Diez años después de llegar a la Casa Blanca por primera vez, Trump mantiene algo intacto pese a las guerras, las polémicas y su desgaste en las encuestas: un control casi absoluto sobre la base de votantes del Partido Republicano. Las primarias de la formación conservadora han demostrado ser, ante todo, un examen de lealtad a Trump. Los candidatos que se han opuesto públicamente al mandatario, han sido señalados por él o simplemente no han dorado la píldora lo suficiente han acabado defenestrados y sustituidos por aspirantes más alineados con el universo MAGA. El senador Bill Cassidy, uno de los pocos republicanos que votó para condenar a Trump tras el asalto al Capitolio en 2021, perdió su carrera en Louisiana. También cayó Thomas Massie, congresista por Kentucky y uno de los escasos conservadores dispuestos a desafiar abiertamente al presidente por la falta de transparencia en los archivos de Jeffrey Epstein. En Texas, el presidente respaldó a Ken Paxton —un candidato lleno de esqueletos en el armario— frente al senador John Cornyn, una figura clásica del aparato republicano que durante años parecía intocable, pero que se atrevió a votar en contra de una de las legislaciones propuestas por el magnate. ¿Significa esto que Trump llega más fuerte a las midterms de lo que aparenta? No necesariamente. De hecho, la obligación de respaldar ferozmente al presidente para sobrevivir a las primarias puede ser el mayor problema republicano en noviembre. Las encuestas muestran de forma consistente que Trump es impopular fuera de su base, y unas legislativas no se ganan solo con el núcleo duro. En el pasado, presidentes como Barack Obama o Joe Biden dieron margen a candidatos de distritos y estados difíciles para marcar distancias con la Casa Blanca y sobrevivir políticamente. Para Trump, eso significaría poco menos que alta traición. El resultado es que noviembre será, casi sin escapatoria, un referéndum sobre su administración. 2. Los demócratas tienen energía, pero no un mensaje Los demócratas llegan a estas elecciones con lo que más les faltó hace dos años: entusiasmo. La participación hasta la fecha en las primarias sugiere una base mucho más movilizada que en la derrota de Kamala Harris en 2024. Tras años de sequía, el partido vuelve a encontrar votantes dispuestos a acudir a las urnas. El problema es que, más allá de frenar a Trump, nadie sabe qué es exactamente lo que ofrece hoy en día el Partido Demócrata. De hecho, las primarias están funcionando en gran medida como una pelea sobre qué provocó la derrota de 2024. Una parte del partido cree que Harris perdió por aparecer demasiado escorada a la izquierda en temas culturales y económicos. Otra sostiene exactamente lo contrario: que los demócratas desmovilizaron a su base intentando parecer moderados para no enfadar a los votantes que, en última instancia, ya iban a votar por Trump. Es un pulso que se está librando estado a estado sin vencedor claro. En Maine, Graham Platner, un candidato a senador progresista y rodeado por la polémica, se impuso a Janet Mills, la opción respaldada por la vieja guardia del partido. En Michigan parece estar ocurriendo lo contrario, con la moderada Haley Stevens ligeramente por delante en las encuestas de Abdul El-Sayed, el aspirante respaldado por el socialdemócrata Bernie Sanders. Es probable que esta indecisión continúe hasta noviembre. Mientras el Partido Republicano habla con una sola voz —la de Trump—, el Partido Demócrata llegará a las urnas con una polifonía que podría salirle cara. 3. Poderoso caballero El entusiasmo es importante, pero las midterms estadounidenses también son una competición financiera descomunal. En varias carreras clave, los candidatos demócratas han recaudado más que sus rivales republicanos. James Talarico, nominado demócrata al Senado por Texas, se ha convertido incluso en uno de los grandes captadores de fondos del partido. Eso indica que hay interés, donantes pequeños y una base dispuesta a financiar campañas competitivas. Pero la foto cambia cuando se mira fuera de las campañas oficiales. Los republicanos y sus aliados acumulaban a finales de marzo una ventaja cercana a los 600 millones de dólares sobre los demócratas. Solo el super PAC de Trump había reunido más de 356 millones, una cantidad suficiente para bombardear con propaganda decenas de carreras. La diferencia importa porque las midterms no se juegan solo en mítines o debates. Se juegan también en televisión local, buzones, YouTube, Facebook y anuncios hipersegmentados durante semanas. Un candidato puede salir reforzado de unas primarias y llegar a otoño definido por sus adversarios antes de presentarse ante buena parte del electorado. Como ya demostró la victoria de Trump en 2024, los republicanos tienen una maquinaria externa capaz de convertir cualquier carrera ajustada en una trituradora. En EEUU, la política es una batalla por el relato. Y repetir un relato diez mil veces en prime time sigue siendo efectivo (y muy caro). 4. Los republicanos ganan las gerrymandering wars La batalla por las midterms no se juega solo en las urnas, sino también en los mapas. En EEUU, los distritos de la Cámara de Representantes se redibujan cada diez años, después del censo, pero este ciclo ha abierto una guerra excepcional a mitad de década, con varios estados moviendo las líneas para llegar a noviembre con ventaja. Este proceso, conocido en EEUU por un palabro de difícil traducción —gerrymandering—, permite manipular el trazado de los distritos para favorecer a un partido. La técnica suele seguir dos caminos: encerrar a los votantes del rival en unos pocos escaños, donde ganan por márgenes enormes pero inútiles, o repartirlos entre varios distritos para impedir que sean mayoría en ninguno. El resultado suelen ser distritos electorales con formas alargadas y retorcidas más propias de un cuadro de Dalí que de un mapa político. Los dos partidos han recurrido a esta práctica, pero EEUU está ahora inmerso en una guerra de gerrymandering sin precedentes que arrancó en Texas, donde los republicanos redibujaron el mapa para intentar sumar hasta cinco escaños antes de noviembre. California respondió después con su propia maniobra, impulsada por el gobernador Gavin Newsom, para compensar esa ventaja desde el lado demócrata. Luego siguieron Missouri, Carolina del Norte, Ohio, Florida y Tennessee, todos con mapas más favorables a los republicanos. Los demócratas intentaron responder también en Virginia y Nueva York, pero allí los tribunales frenaron o limitaron sus planes. El balance provisional favorece claramente al partido de Trump por unos 10 escaños, que podrían servir para evitar lo que antaño hubiera sido una derrota casi segura en la Cámara de Representantes. 5. Sigue siendo la economía, estúpido El periodo de primarias está dominado por guerras culturales, lealtades ideológicas y peleas internas, pero la cuestión más importante que sigue apareciendo una y otra vez en todas las encuestas es la de siempre: la economía. O, más concretamente, el coste de vida. La inflación, la vivienda y la subida de la gasolina siguen siendo las principales preocupaciones de los votantes incluso después de meses marcados por la guerra con Irán, las deportaciones masivas o el caos político habitual de la era Trump. Y esas son malas noticias para la Casa Blanca. Según una reciente encuesta de NPR y PBS, el 63% de los estadounidenses culpa directamente al presidente del aumento de precios, incluidos cerca de un tercio de los votantes republicanos. Ese dato explica buena parte de la inquietud republicana de cara a noviembre. Durante años, Trump conservó una ventaja clara en materia económica incluso entre votantes que rechazaban su estilo político. Era su gran colchón. Pero dos de las decisiones más reconocibles de esta administración —la guerra con Irán y la política de aranceles— son las que los votantes señalan como las principales responsables del encarecimiento del coste de vida en EEUU. Las midterms, per se, suelen funcionar como un castigo al partido del presidente. Y cuando el bolsillo entra en juego, más todavía. Gran parte de lo que ocurra en noviembre lo decidirán los votantes independientes bastante más preocupados por el supermercado que por las batallitas culturales que Trump libra en redes sociales