La adolescencia es una etapa para buscarse a uno mismo, forjar la personalidad, probar los límites y cometer errores. Cuando en medio de ese proceso aparece el absentismo escolar, suelen saltar las alarmas familiares, a veces, sin recursos sobre cómo actuar o información sobre qué está pasando.
“Si un chaval viene teniendo un desarrollo académico adecuado, es decir, llega a los objetivos de cada curso, con más o menos esfuerzo, está adecuadamente socializado y tiene una estructura adecuada en casa que le permite rendir es muy raro que de la nada empiece a faltar a clase”, introduce Abel Domínguez, psicólogo infantojuvenil y director de Domínguez Psicólogos, que en ese caso recomienda mirar qué sucede en el entorno y en su interior porque puede ser síntoma de algo más profundo.
Uno de los motores principales en esta etapa es la pertenencia al grupo y, como señala el psicólogo, son extremadamente sensibles a la opinión de sus iguales, por lo que si ese grupo refuerza el absentismo, el joven es mucho más vulnerable a seguir esa corriente. “Si yo me siento aceptado entre mi grupo siendo un 'malote', voy a buscar aumentar la probabilidad de vestir de una forma o ir con determinados amigos”, comenta Domínguez. En ese contexto, saltarse una clase puede ser una forma de ganar estatus.








