Leonora Carrington tenía veintitrés años cuando el mundo se desplomó a su alrededor. Había logrado escapar de una infancia asfixiante en Lancashire, en el Noroeste de Inglaterra, y exprimía cada segundo de su nueva vida en la campiña francesa con Max Ernst, casado, 26 años mayor que ella, el más famoso de los pintores surrealistas, con el que creaba arte y organizaba cenas festivas en las que servían tortillas con mechones de su cabello. Leonora Carrington y Max Ernst fotografiados por Lee Miller en 1937 Lee Miller/Album / Fine Art ImagesPero la II Guerra Mundial tuvo consecuencias catastróficas para aquel primer amor. Max Ernst, delatado por un vecino que le tomó por un espía alemán, fue arrestado por la policía francesa en un campo de internamiento en el que siguió cautivo tras la invasión nazi. Carrington viajó a España con la esperanza de conseguir un salvoconducto para su amante, pero acabó ingresada en un antiguo manicomio de Santander. “Era como haber estado muerta”, recordó años después. Sufrió dolores insoportables por las inyecciones de cardiozal (una droga utilizada con anterioridad a la terapia del electroshock) que le provocaban violentas convulsiones y la hundían cada vez más en el abismo del sometimiento.Lee también“No sé cuánto tiempo permanecí atada y desnuda. Yací varios días y noches sobre mis propios excrementos, orina y sudor, torturada por los mosquitos, cuyas picaduras me pusieron un cuerpo horrible; creí que eran los espíritus de todos los españoles aplastados, que me echaban en cara mi internamiento, mi falta de inteligencia y mi sumisión”, relató en 1944, tres años después de su liberación, en Memorias de abajo, un libro sorprendentemente lúcido que desvela cómo la locura le aportó claridad y fortaleza mental para seguir viviendo y creando.Sale a la luz la obra perdida que la pintora surrealista pinto durante su estancia en un antiguo manicomio de SantanderA André Breton le parecía fascinante el colapso psicológico que había sufrido la pintora en Madrid, saltándose, como buena parte de las historias que aún hoy se escriben sobre ella, que fue objeto de una violación grupal por parte de una manada de oficiales requetés. Trató de contárselo a un amigo holandés, pero este la insultó y le colgó el teléfono. Así que calló, hasta que vio la oportunidad de explicarlo en un papel, donde nadie podía interrumpirle: “Se levantaron algunos de aquellos hombres y me metieron a empujones en un coche (...) Me llevaron a una habitación decorada con elementos chinos, me arrojaron sobre una cama, y después de arrancarme las ropas me violaron el uno después del otro”. Abandonada en el Retiro, la noche la pasó sola dándose baños de agua fría como si así pudiera limpiar y borrar lo vivido.'Villa Pilar', 1940, de Leonora Carrington Nathan Keay © 2026 Estate of Leonora Carrington / VEGAP, SantanderEso mismo es lo que el doctor Luis Morales trató de hacer en su psiquiátrico santanderino: calmarla a fuerza de anularla, de poner su mente en blanco. Por suerte fracasó y, agradecida le regaló una de las dos pinturas que realizó durante el entierro: Villa Pil ar , que acaba de salir a la luz y se exhibirá en septiembre en el futuro Faro Santander. Bajo un cielo verde, tres criaturas híbridas, mitad animales mitad humanas nos miran a los ojos como si fueran los habitantes de un zoológico que no han perdido el deseo por la vida.