“La mejor política industrial es la que no existe”. Esta frase fue el paradigma imperante en el pensamiento económico y político en el final del siglo XX. La frase, atribuida a un ministro de industria de Felipe González, en realidad es una traducción literal de la de Gary Becker: “The best industrial policy is none at all”. Cuando Gary Becker, profesor de la Universidad de Chicago y premio Nobel de Economía en 1992 la pronunció en 1985 se refería a un conjunto de prácticas proteccionistas e intervencionistas que, sobre todo en EEUU, trataba de frenar el declive de un sector industrial incapaz de modernizarse y sujeto a una fuerte competencia, sobre todo de países asiáticos (por aquel entonces, Japón y Corea del Sur).
La llamada “política industrial” en EEUU y en otros muchos países no era otra cosa que acudir a las viejas recetas proteccionistas, como la sustitución de importaciones, barreras arancelarias y no arancelarias (homologaciones, certificados de calidad, etc.) o los subsidios a la exportación para tratar de retrasar lo inevitable. Todas estas prácticas se habían traducido en un menor crecimiento a largo plazo, como resultado de una menor productividad; un mayor déficit público, una mayor ineficiencia económica y una pérdida de bienestar social, sobre todo de los consumidores, que son el 100% de la población.












