La provincia de Huelva ha iniciado la temporada de alto riesgo de incendios forestales en uno de los escenarios más complicados de los últimos años. El fuego declarado en el Parque Nacional de Doñana, que ha afectado a unas 500 hectáreas de elevado valor ecológico, según el análisis preliminar realizado por la Estación Biológica (EBD-CSIC), ha vuelto a situar a la provincia en el centro de un problema que, lejos de ser coyuntural, responde a dinámicas arraigadas y acumuladas en el territorio. Huelva es hoy la provincia andaluza más castigada por los grandes incendios forestales, aquellos que superan las 100 hectáreas. Entre 1968 y 1978, la provincia onubense solo acaparó el 6,6% del total de grandes incendios en Andalucía. Ecologistas en Acción denuncia una “situación anómala” por la reiteración de incendios en Huelva y reclama más prevención e investigación. Justo hasta ayer martes, otro fuego seguía afectando al Paraje Natural de Marismas del Odiel, en las marismas del Burro, en Gibraleón, un enclave protegido y catalogado como Reserva de la Biosfera por la Unesco y espacio Ramsar. Un nuevo episodio que se suma a una larga lista de incendios en una provincia que ha sufrido algunos de los peores fuegos de Andalucía y de España durante las últimas décadas.Sobre el origen y las causas tanto de este último incendio como del registrado en Doñana —que quedó extinguido el pasado domingo 31 de mayo—, el delegado del Gobierno andaluz en Huelva en funciones, José Manuel Correa, ha explicado que la investigación sigue abierta. “La Guardia Civil, a través del Seprona, y los agentes de Medio Ambiente están analizando las circunstancias, pero aún no hay datos concluyentes”, ha señalado.Juan Romero, portavoz de Ecologistas en Acción e impulsor de la plataforma ciudadana Fuegos Nunca Más, surgida tras el gran incendio de Minas de Riotinto de 2004, advierte de que “no es normal en absoluto que una provincia tenga tantísimos incendios forestales”. El ecologista subraya que, aunque todos los incendios se investigan, solo en torno a la mitad llega a esclarecerse su origen. “Si no conocemos las causas, es muy difícil adoptar soluciones eficaces”, afirma. Las causas naturales representan menos del 5% de los incendios, generalmente asociadas a tormentas, un fenómeno poco habitual en la provincia. “En la inmensa mayoría de los casos hay mano humana detrás: imprudencias, negligencias o incendios intencionados”.Sobre el origen y las causas tanto de este último incendio como del registrado en Doñana —que quedó extinguido el pasado domingo 31 de mayo—, el delegado del Gobierno andaluz en Huelva en funciones, José Manuel Correa, ha explicado que la investigación sigue abierta. “La Guardia Civil, a través del Seprona, y los agentes de Medio Ambiente están analizando las circunstancias, pero aún no hay datos concluyentes”, ha señalado.Detrás de esta realidad no hay una única causa, sino una combinación de factores climáticos, territoriales y humanos que convierten a los incendios en un fenómeno “extremadamente complejo”. Así lo explica Alfonso Doctor, profesor de Geografía Humana de la Universidad de Huelva y autor de varios estudios de referencia sobre grandes incendios forestales en Andalucía. Su trabajo destaca un preocupante aumento en la frecuencia y severidad de los grandes incendios, impulsado por el cambio climático y ciertos usos del suelo, como las plantaciones de eucaliptos, que son especialmente más propensas a desarrollar grandes incendios. Entre 2010 y 2020, Huelva concentró casi el 24% de estos grandes incendios en Andalucía, con 22 incendios registrados, muy por encima de otras provincias como Almería o Cádiz. Este fenómeno se ha intensificado en las últimas décadas, pasando de representar el 6,6% de los grandes incendios en Andalucía entre 1968 y 1978 al 26,2% en el periodo 2014-2020. En sus investigaciones, el profesor explica que estos episodios se concentran en Huelva en un eje dominado por eucaliptales, mientras que las áreas de dehesas de quercus y castañares han mostrado mayor resiliencia frente a estos desastres. Además, señala que los incendios mayores de 2.000 hectáreas están relacionados con el impacto del viento cálido y seco procedente del noroeste. “Está claro que hay especies forestales que se comportan peor que otras en materia de incendios, y eso hay que tenerlo en cuenta en la planificación del territorio”, indica.Doctor ha puesto el foco en los factores humanos y territoriales, especialmente en la relación entre los grandes incendios y los procesos de despoblamiento rural. No es tanto la pérdida global de habitantes lo que mejor explica la aparición de grandes incendios, sino el abandono efectivo del territorio. “Lo que vimos es que no solo es importante, o no tanto, la despoblación, sino el despoblamiento. Es decir, que la población deje de vivir fuera de las cabeceras municipales y se concentre únicamente en ellas”, apunta. Este fenómeno, añade, es común en zonas rurales y coincide con resultados obtenidos en estudios realizados en Portugal, un territorio con características muy similares a las de Huelva.El despoblamiento tiene consecuencias directas sobre el paisaje y sobre el comportamiento del fuego. “Cuando no se había producido ese despoblamiento, había más gente viviendo en entornos rurales fuera de las cabeceras. Muchas veces la primera acción extintiva la realizaban personas de la zona y era más rápida”, recuerda Doctor. Pero, además, el monte estaba más trabajado. “Estaba sometido a una explotación económica tradicional, lo que hacía que se acumulase menos combustible en superficie y que el riesgo disminuyera”.Prevención para paliar el abandonoEl abandono progresivo del medio rural ha reducido ese “laboreo” tradicional del monte, al que se suma la desaparición de actividades como la ganadería extensiva. “Si hay más población dispersa, normalmente hay más ganado en extensivo, que también ayuda a reducir el combustible. Al haber menos personas viviendo en el medio rural, todo eso se va perdiendo poco a poco”, señala el investigador. Romero también alerta sobre las grandes masas forestales continuas y abandonadas, tanto de pinar como de eucaliptal. “Son auténticas bombas de relojería. Sin clareos ni gestión forestal, cuando se inicia un incendio es prácticamente imparable”, explica. En este sentido, el ecologista reclama una ordenación del territorio que saque los cultivos de eucalipto de los espacios forestales y una gestión activa de los montes, que además genere empleo en el medio rural.A este contexto estructural se suma este año un escenario meteorológico especialmente desfavorable. “Las perspectivas para este año no son halagüeñas”, advierte Doctor. “La peor combinación posible para la generación de incendios es la que se ha dado este año meteorológico: un otoño muy lluvioso y húmedo, bastante lluvia al final del invierno y al inicio de la primavera, que hace que crezca mucha vegetación, y después un verano que entra antes y con temperaturas más altas”. Aunque aún no ha terminado la primavera, la provincia ya ha encadenado varios episodios de calor intenso. “Estamos viendo un verano que empieza antes, con temperaturas más altas. Estas dos circunstancias juntas hacen pensar que vamos a tener más incendios y probablemente más graves en Huelva”, subraya.Frente a este escenario, el investigador defiende reforzar la prevención desde una visión territorial amplia. “Los tratamientos preventivos son fundamentales. Cada vez hay más aceptación pública del uso de quemas controladas, que vienen muy bien para reducir la cantidad de combustible y hacen que los incendios, cuando se producen, no sean tan fuertes y se puedan apagar antes”, explica. “Es mucho más barato prevenir que apagar y restaurar después”, advierte Romero, que reclama más exigencia a las administraciones en planes de autoprotección, investigación de causas y restauración de las zonas quemadas.Doctor no cree que el problema esté en la falta de medios de extinción. “Hay una dotación suficiente, tanto de medios personales como materiales, y la primera intervención suele ser muy rápida”, afirma. A su juicio, el reto está en ir más allá de las actuaciones puntuales. “Hace falta tomar la prevención del riesgo de incendio a una escala territorial. No se trata solo de hacer más cortafuegos, sino de una política rural, no solo forestal, que favorezca unas masas forestales frente a otras”.La provincia arrastra un historial especialmente grave. El incendio de Minas de Riotinto, en 2004, arrasó unas 35.000 hectáreas y causó la muerte de dos personas, sin que hasta hoy se haya esclarecido su autoría -la única persona investigada por los hechos quedó absuelta por falta de pruebas en el juicio celebrado en 2010-. Algo similar ocurrió con el incendio de Almonaster la Real, en 2020, o con el fuego de Doñana-Moguer de 2017, cuyos procesos judiciales siguen sin resolverse. El último incendio de Doñana ha vuelto a poner el foco sobre una provincia que, año tras año, se enfrenta a un riesgo creciente. Un problema que, como advierten los expertos, no se resolverá solo con más medios de extinción, sino con una mirada a largo plazo sobre el paisaje, el mundo rural y las decisiones que se toman hoy sobre el territorio. “Los incendios no son una broma. Perdemos todos: el medio natural, el empleo, los pueblos y, en algunos casos, vidas humanas”, concluye Romero.
Más calor, más combustible y menos población rural: el incendio en Doñana anticipa un verano de alto riesgo en Huelva
La provincia, con buena parte de su espacio protegido, es el territorio andaluz más castigado por los incendios forestales. La solución pasa por más medios y una mirada a largo plazo sobre el paisaje y el mundo rural
Incendio de 500 hectáreas en Doñana; Huelva concentra el 26% de grandes incendios forestales andaluces frente al 6,6% hace 40 años. Cambio climático, expansión de eucaliptales y despoblamiento rural erosionaron la prevención territorial basada en ocupación dispersa y explotación forestal tradicional.








