El equipo de baloncesto, quizás el mejor pegamento social en una ciudad dividida en tantas otras cosas, se prepara por primera vez en 27 años para disputar las finales de la NBA a partir de este miércoles
Cuando Mangue Banzima llegó a los 17 años a Nueva York procedente de un país africano —prefiere no decir cuál—, lo único que le hizo sentir en casa fueron los Knicks. Recuerda que de pequeño llevaba unas zapatillas de su ídolo Patrick Ewing. Y cuando llegó a Estados Unidos, se encontró una ciudad en la que su equipo de baloncesto estaba por todas partes. El aterrizaje de Banzima en Nueva York coincidió con algo que ningún fan de los Knicks olvidará jamás: acababan de pasar a las finales de la NBA, donde cayeron frente a los Spurs de San Antonio. Eso ocurrió en 1999. Y no se ha vuelto a repetir en 27 años. Hasta ahora, cuando los neoyorquinos por fin se han clasificado para disputar el famoso anillo. Se enfrentarán, de nuevo, a los Spurs. Tras tantos sinsabores, el éxito de un equipo acostumbrado a los fracasos ha contagiado la euforia a toda la ciudad.
Banzima sonríe mientras ve un partido entre los Spurs y los Oklahoma City Thunder desde un bar de Brooklyn que se ha hecho famoso porque a él van a ver a los Knicks celebridades como el director Spike Lee o el alcalde Zohran Mamdani. “Es duro ser fan de los Knicks. Te llevas muchas decepciones. Pero mira, ahora no paramos de reír”, comentaba Banzima el jueves pasado, cerveza en mano.











