En la garita del control de llegadas del aeropuerto de Ereván, capital de Armenia, el policía examina con cuidado la documentación. La aprueba y planta el sello en el pasaporte del recién llegado. En ese sello ya no está el monte Ararat, la montaña que tanto significa en la historia del pequeño país del sur del Cáucaso. Hace menos de un año aparecía. Lo eliminó hace unos meses el Gobierno del primer ministro, Nikol Pashinián, el mismo que siempre luce un pin bien visible en su solapa con el contorno geográfico del país sin incluir Nagorno Karabaj, el enclave por el que ha habido tres guerras con Azerbaiyán desde que cayó la Unión Soviética en 1991.Son dos gestos del Ejecutivo de Ereván: uno hacia Turquía, donde se encuentra hoy esa montaña bíblica que en su día estuvo en el centro de lo que fue la Armenia histórica, el primer país que se declaró cristiano en el año 301; el otro gesto mira a Azerbaiyán, país con el que alcanzó en 2025 un preacuerdo de paz todavía por ratificar.Limar las asperezas con estos vecinos es clave para que Armenia, exrepública soviética con apenas tres millones de habitantes, avance hacia el ingreso en la Unión Europea. También para poder acercarse a Estados Unidos, cuyo presidente, Donald Trump, fue el padrino del preacuerdo de paz. Para las autoridades de Ereván, para su apuesta de ser un cruce de caminos que acorte el trayecto entre Oriente y Occidente y atraiga inversiones, es capital que Turquía y Azerbaiyán reabran sus fronteras con Armenia, cerradas desde 1993. Por ahora, estos pasos están teniendo recompensas diplomáticas: la reunión semestral de la Comunidad Política Europea se celebró el 4 de mayo en Ereván, y la primera cumbre UE-Armenia tuvo lugar al día siguiente. Son muestras de respaldo al camino emprendido por Pashinián, el periodista que llegó al poder tras liderar una revolución en 2018 que derrocó al prorruso Serzh Sargsián, acusándolo de corrupción.El primer ministro también encuentra apoyo en los números: en 2025, el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo destinó a Armenia más dinero que nunca: 426 millones de euros; y para los próximos años se han previsto inversiones por 2.500 millones; la Administración estadounidense, por su parte, planea impulsar un corredor por el sur del país que acorte las rutas del Cáucaso sur (carreteras, ferrocarril, oleoductos y gasoductos), al que llama Ruta Trump para la prosperidad y la paz internacional (TRIPP).Habrá que esperar a las elecciones del próximo 7 de junio para saber qué apoyo real tienen estos gestos entre la población. A tenor del caluroso recibimiento dispensado el pasado 6 de mayo a Pashinián y al presidente francés, Emmanuel Macron, en Gyumri, la segunda ciudad del país, la apuesta del Gobierno saldrá bien. También apuntan en esa dirección las encuestas, que dan ventaja a su partido, el proeuropeo Contrato Civil. Le sigue, a distancia, el prorruso Armenia Fuerte, dirigido por el oligarca armenio-ruso Samvel Karapetyan, en prisión domiciliaria acusado de incitar un golpe de Estado.Después de la revolución de 2018, Armenia avanzó mucho en los índices internacionales de calidad democrática, como el elaborado por The Economist. En los últimos años, en cambio, ha habido un ligero retroceso. A las puertas de la biblioteca de la Universidad de Ereván espera Garik Miskayán. Desde allí guía hacia el sótano del edificio, donde está el local de Restart, una organización estudiantil que él dirige y que fue clave en la revolución de 2018, según defiende este historiador de 30 años. Explica que ahora coordina reuniones de jóvenes con partidos: “Nuestro objetivo es que participen en política. Las encuestas dicen que no les interesa. Y todas las decisiones que toman les afectan. Los primeros que fueron a morir en Nagorno Karabaj fueron los jóvenes”, argumenta.Restart, explica Miskayán, mantuvo la distancia con el Gobierno tras la revolución de hace ocho años y, aunque no aclara qué opción política es la suya, sí que tiene clara la ruta a seguir: “Hemos visto la influencia de Occidente y de Rusia. Compartimos los valores de Occidente. Vemos el futuro en Europa. Aunque no tenemos ningún problema con Rusia”, remarca. Y añade: “Si abrimos las fronteras, seremos más independientes”. Hay que salir del centro de la capital para encontrar el taller de la artista Ani Shahverdyan. A sus 23 años cuenta que es originaria de Nagorno Karabaj (ella le llama Artsakh) y vino para estudiar Artes Aplicadas. En este barrio, Ereván es otra ciudad. La modernidad desaparece. Las avenidas anchas y los edificios altos dan paso a calles caóticas que se estrechan y casas pequeñas de una planta o dos con techos de uralita.A Ani, la guerra de 2023 contra Azerbaiyán, que desplazó por la fuerza a 125.000 personas del enclave de Nagorno Karabaj a Armenia, le cogió en Ereván, y ya no pudo volver. Siente que fue expulsada de su tierra. Está “muy decepcionada”. Responde seria, seca, sin muchas palabras. Quiere cambios en las elecciones. No sabe aún a quién votará, pero sí que será en contra del actual primer ministro, que parece haber dado esa guerra por terminada quedando el enclave en manos de Azerbaiyán de forma definitiva: “Veré quién más tiene opciones [de desbancar a Pashinián] y votaré por él”.Nada de esto pasa inadvertido en Moscú, el aliado histórico de Armenia, presente en la vida cotidiana del país. Los trenes los controla la compañía estatal rusa de ferrocarriles (tiene la concesión hasta 2038); muchos de los carteles que hay en las calles (oficiales y publicitarios) están en ruso; en la capital, a dos pasos de la calle Pushkin, está la Universidad Estatal Bryusov, llamada así en honor a otro poeta ruso.Vladímir Putin aprovechó las celebraciones del 9 de mayo (conmemoración de la victoria sobre los nazis en la II Guerra Mundial) para decir que el intento de Armenia de entrar en la UE es “un asunto grave”. “Vimos lo mismo en Ucrania. Todo empezó con el intento de Ucrania de adherirse a la UE”, remarcó. La ambigua respuesta de Pashinián ha llegado este mismo lunes: “No queremos perjudicar los intereses de Rusia. [...] Seguiremos adelante con la idea de profundizar nuestras relaciones futuras con la UE”. “Sabemos que no podemos estar en dos uniones aduaneras al mismo tiempo”, explica la diputada Maria Karapetyan, del partido gubernamental, en una sala de reuniones del Parlamento. “Estamos creando un menú de opciones para el pueblo armenio porque, viendo nuestras experiencias pasadas, no es bueno para nosotros no tener alternativas”, explica esta antigua maestra, que entró en política tras la revolución de 2018 y que confiesa, caminando por los jardines del complejo parlamentario, que ella siempre pensó tener “una vida más tranquila” de la que tiene ahora. Armenia Fuerte, el partido prorruso del magnate Karapetyan, responde por escrito: “Creemos que es perfectamente posible mantener relaciones equilibradas y cada vez más estrechas al mismo tiempo con la Unión Europea, Turquía, Estados Unidos y Rusia”. “Lo que está haciendo Armenia es una diversificación orientada hacia Occidente”, interpretan Sergei Melkonian y Anahide Pilibosian en las acristaladas oficinas de APRI, el mayor instituto de estudios políticos del país. Ella, vicepresidenta de la organización, cree que esa “diversificación” es lo que “debería hacer su país”. Pero marca rápido dónde están los límites: “Es importante entender que Armenia no es Ucrania ni Moldavia”.¿Qué quiere decir? “¡Mira la geografía!”, responde con sorpresa indignada. “No estamos tan cerca del corazón de Europa como esos países. Su situación geopolítica o geográfica deja muy claro que, desde su punto de vista, las amenazas provienen de Rusia. Desde Armenia, la amenazas no proceden en primer lugar de Rusia, sino de Azerbaiyán y Turquía. Solo tenemos dos fronteras abiertas: con Georgia e Irán”. Azerbaiyán y Turquía son señalados por ambos investigadores, que no ven en ellos “buena voluntad”. Recuerdan que el acuerdo cerrado en Estados Unidos no está ratificado todavía, que Azerbaiyán está poniendo precondiciones que no están en el texto pactado en agosto de 2025 entre Ereván y Bakú. “La pelota está en el tejado de Azerbaiyán”, apuntan, tras insistir en el bloqueo de fronteras, algo que podría frenar la apuesta de Pashinián y la UE por convertir a Armenia en un cruce de caminos que abra nuevas rutas entre Asia y Europa cuando otras (como la rusa o la del mar Rojo) están cerradas.En las oficinas que tiene el Consejo Armenio, otro centro de estudios políticos de la capital, hay otra visión sobre esa apertura de fronteras. En un despacho repleto de mapas del Cáucaso, el investigador Samuel Meliksetyan habla de las próximas elecciones como un momento “fundamental”. “Para los azeríes es importante entender las actitudes del pueblo armenio hacia el proceso”, dice. Piensa que también Bakú tiene incentivos para avanzar, más después de que empezara la guerra en Oriente Próximo y de que Azerbaiyán fuera uno de los países atacados por Irán. En 1961 Vasili Grossman, tras pasar unas semanas en Armenia, escribió: “Lo que constituye el alma y el corazón de Ereván no son sus iglesias ni los edificios gubernamentales, ni las estaciones de tren, ni su teatro o su sala filarmónica […], sino sus patios interiores”. Uno de ellos está en una manzana en la esquina de las avenidas Mashtots con Khorenaksi, apenas a un centenar de metros de la Mezquita Azul, construida en 1765 y rehabilitada en 1996 con dinero de Irán. En ese patio con zonas de asfalto desconchado y otras ajardinadas hay un centenar largo de coches aparcados. Se ve la parte trasera, la más destartalada, de antiguos edificios residenciales de época soviética. En unos bancos se sientan cuatro hombres entre 68 y 84 años unos frente a otros. Tres apoyan claramente a Pashinián. El cuarto, no. “Jugó a fútbol con la Unión Soviética”, explica uno de ellos para justificar a su compañero. A este último no le gusta que se hable de su pasado. Sin decir su nombre, se levanta y empieza a irse algo molesto.Asot, el más joven, orgulloso de tener tres coches, y Matevos, de 84 años, sonríen y afirman que quieren que el actual primer ministro repita en el cargo. Asimilan a Rusia con los antiguos gobernantes, los anteriores a 2018, y con la corrupción. “Nos han estado robando durante 30 años”, asevera este último, a quien han subido la pensión en unos 8.500 drams (unos 20 euros) en los últimos meses. “Una cosa por otra”. Ríe.