La polémica en torno a los programas de embellecimiento urbano de cara al mundial impulsados por la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, se ha centrado en un asunto de gusto. En las redes sociales, en la sobremesa de los restaurantes, en las casas, se critica el uso masivo del color morado en los puentes y el abuso de la figura del ajolote como algo excesivo y chabacano. El Gobierno de la ciudad ha defendido estas medidas como una estrategia para dotar a la Ciudad de México de una identidad visual propia, inspirada en un símbolo emblemático de Xochimilco. Sostiene que el ajolote representa la biodiversidad, la resistencia y el orgullo local, además de fortalecer el sentido de pertenencia comunitaria. Y del color morado, Brugada dijo que no era un asunto partidista, sino un símbolo de la lucha histórica de las mujeres.El asunto empeoró recientemente cuando comenzaron a verse las intervenciones de las autoridades sobre algunas estaciones del metro, que contradicen justamente este argumento popular y comunitario. A la estación Auditorio se le ha comparado con un Toks por el uso de celosía de madera, cubierta cerámica imitación marmol negro, una iluminación cálida tipo restaurante, una estandarización corporativa digna de una cadena de comida. Las farolas y los candiles dorados del metro Hidalgo han sido motivo de cientos de memes que se mofan de la impostada elegancia. La comunicación de la jefa de gobierno sobre el jardín elevado que corre sobre Tlalpan, donde se ven unas fuentes iluminadas de colores encerradas en unas cajas de acrílico, algunas figuras tridimensionales de ajolotes y barandales morados, no tranquiliza nada a la opinión pública.Pienso que, más que tasar estos cambios bajo la lente del gusto, es mejor preguntarse si hay criterios urbanísticos más o menos objetivos para juzgar esta política de embellecimiento. Los especialistas coinciden en que una intervención de esta naturaleza no debe juzgarse únicamente por su apariencia visual, sino por su capacidad para mejorar la experiencia urbana y fortalecer la función social del espacio.En específico, para pensar en la contribución de los murales de ajolotes y la pintura morada por todas partes, creo que valdría la pena mirar lo que ha escrito la socióloga americana Sharon Zukin, especialista en cultura y ciudades. Ella ha señalado que la autenticidad urbana surge de la historia vivida por sus habitantes y no de símbolos diseñados desde el poder. Desde esta perspectiva, embellecer un espacio implica comprender quiénes lo han usado, qué acontecimientos ocurrieron allí y qué significado tiene para la comunidad. Un parque, una plaza, la pared de un paso a desnivel, un puente, una estación de metro no son lienzos en blanco, sino escenarios de memoria colectiva.Para pensar los cambios en el metro, igual. Los especialistas sostienen que las intervenciones más exitosas no imponen una identidad nueva, sino que dialogan con las capas históricas, culturales y sociales existentes en el lugar. El urbanista Kevin Lynch, que reflexionó sobre cómo percibimos, recordamos y navegamos las ciudades, argumentaba que las personas construyen una relación afectiva con la ciudad a través de hitos, recorridos y memorias compartidas; cuando una intervención ignora esos elementos, puede generar desorientación o rechazo.Si lo de los ajolotes y la pintura morada es problemático por su imposición desde el poder, los cambios en el metro me parecen desastrosos, precisamente porque ignoran las capas históricas y de significado del sistema de transporte. Qué lejos están estas intervenciones decorativas del sistema gráfico desarrollado por Lance Wyman, quien venía de trabajar en la identidad visual de los Juegos Olímpicos de México 1968. Wyman creó un lenguaje basado en colores, pictogramas y símbolos que permitía orientarse incluso a personas con dificultades de lectura. Qué distante están también del diseño arquitectónico de las estaciones como Pino Suárez, en la línea 1, que integraron hallazgos arqueológicos dentro de la infraestructura cotidiana, o la estación Insurgentes, con su plaza circular, su domo y los motivos prehispánicos en su decoración. Cada línea que se ha sumado a la red ha tenido una identidad propia: la Línea 7, una de las más profundas, presenta estaciones con grandes espacios verticales y sistemas de iluminación que corren por unos característicos tubos color naranja. La problemática Línea 12 incorporó criterios contemporáneos de accesibilidad y algunos avances tecnológicos.Y qué decir de la estación Chabacano en la línea 2, la estrella de la película Total Recall, dirigida por Paul Verhoeven y protagonizada por Arnold Schwarzenegger. Para filmar una persecución futurista, la estación fue transformada con monitores, señalización ficticia y acabados metálicos. Y qué decir también de la canción Estación del Metro Balderas, escrita por Rockdrigo e inmortalizada por el TRI a mediados de los años ochenta, que habla de una pérdida amorosa pero en realidad es una metáfora de la soledad en la gran ciudad. En este somero recuento no puede faltar el Vértigo Horizontal de Juan Villoro, un libro que está diseñado como si sus capítulos fueran estaciones del metro, y en donde el metro aparece justamente como ese espacio donde los habitantes de la ciudad encuentran formas de orientarse y significados colectivos. En vez de pensar con más claridad en el uso del ajolote u honrar algo del pasado del metro en la remodelación de las estaciones, lo que tenemos es un chiste colectivo que han explorado los creadores de contenido. Está el meme de Clara Brugada como la malvada Dolores Umbridge de la película Harry Potter y la Orden del Fénix, que llega a Hogwarts y convierte a todo lo que ve en un ajolote morado. Otro meme pone a Homero Simpson decir “qué elegancia la de Francia” frente al farol del Metro Hidalgo. En otro más, se ve a un personaje siniestro afuera del metro que habla y amenaza a alguien con palabras altisonantes, pero cuando entra a la estación renovada, modera el tono, suena música clásica y la amenaza se transforma en una advertencia, como la de un abogado elegante. Está la historia que circula en las redes en la que el conductor se coloca de esmoquin y sombrero de copa en las escaleras del metro. Se escuchan las cuatro estaciones de Vivaldi. Él acompaña amablemente a las personas a subir y bajar mientras pregunta qué opinan de las luminarias. Se escucha a un usuario del metro decir lapidariamente: “Pinche Luis XV se quedó pendejo”.Que las pinturas y las remodelaciones se conviertan en chiste no constituye necesariamente una evaluación urbanística rigurosa. No demuestran por sí mismos que una intervención sea exitosa o fallida. Pero sí ofrecen una pista importante: muestran que la discusión pública se desplazó de la movilidad, la accesibilidad o la seguridad hacia la imagen. Si miles de personas comparan una estación remodelada con un Toks o un palacio real, el mensaje implícito no es necesariamente que la estación sea fea. Lo que se está cuestionando es su autenticidad. Los ciudadanos percibimos que el nuevo diseño pertenece a un lenguaje visual que viene del poder, que es una campaña personal, que es corporativo y genérico y nada tiene que ver con el riquísimo imaginario histórico de la ciudad donde vivimos. Y por eso no nos gusta.
Qué elegancia la de Francia
Hay que preguntarse si hay criterios urbanísticos objetivos para juzgar esta política de embellecimiento de ajolotes y la pintura morada por toda Ciudad de México














