La Francia que durante décadas ejerció una influencia política, económica y militar en parte de África intenta mostrarse como un socio fiable que ve a sus aliados en el continente como iguales. Este fue el mensaje que el presidente Emmanuel Macron trasladó en la cumbre Africa Forward en Nairobi, la primera organizada por París en un país africano anglófono, los días 11 y 12 de mayo. “No somos los depredadores del siglo XXI”, había declarado días antes a la revista francesa panafricana Jeune Afrique. No es tarea fácil la de Macron, pues el sentimiento antifrancés de algunas de las antiguas colonias en África, especialmente en el Sahel, aumenta progresivamente desde hace años, mientras que otras potencias como Rusia, China, India o Turquía consolidan su influencia. El pasado día 20, la junta militar que gobierna Níger revocó una concesión francesa de uranio en el yacimiento de Arlit, vigente desde hace 58 años, en un nuevo paso hacia la nacionalización de los recursos. A principios de mayo, también retiró las acreditaciones de varios medios franceses y francófonos, entre ellos Radio France Internationale, France 24 y la AFP, con el argumento de que difundían contenidos “susceptibles de poner gravemente en peligro el orden público” y la “unidad nacional”. Burkina Faso suspendió la emisión de TV5 Monde con acusaciones de “desinformación” y de hacer “apología del terrorismo”; Malí ya había prohibido medios franceses como France 24 y RFI, y la BBC fue cancelada en Níger en 2024. Estos gestos reflejan el progresivo divorcio entre París y el Sahel, donde el rechazo a Francia se ha convertido en un elemento político central. Los golpes de Estado encadenados desde 2020 en Malí, Burkina Faso y Níger han expulsado del poder a gobiernos aliados de Occidente y precipitado la salida de las tropas francesas y el desmantelamiento de una arquitectura de influencias mantenida durante décadas. Según el periodista francés Michael Pauron, especializado en las relaciones entre Francia y África, Macron ha intentado presentar el repliegue como una decisión propia, cuando en realidad fue una reacción forzada ante el deterioro de la imagen francesa en la región. “Dice que fue él quien decidió moverse. No, lo hizo porque no tuvo elección”, asegura.Uno de los símbolos más visibles de esa relación sigue siendo el franco CFA, la moneda compartida por 14 países africanos. Su valor fijo (655 francos CFA equivalen a un euro), sigue garantizado por Francia a través de un sistema ligado a la moneda comunitaria, lo que supone una dependencia que muchos africanos consideran un vestigio colonial.En el plano militar y diplomático, en Malí, las fuerzas francesas abandonaron el país en 2022, tras casi una década de presencia militar, por la ruptura con la junta militar en el poder, el rechazo popular y la pérdida de capacidad operativa sobre el terreno. París lanzó la Operación Serval en 2013 para frenar el avance yihadista en el norte, y sus soldados en un inicio fueron recibidos casi como salvadores; una imagen reforzada cuando lograron recuperar ciudades como Kidal y Tombuctú. Pero con los años la violencia yihadista no desapareció y las tropas francesas fueron acusadas de tener una presencia excesiva. Tras los golpes de Estado de 2020 y 2021 que colocaron en el poder a una junta militar hostil hacia París, los nuevos dirigentes acusaron a Francia de injerencia. Macron anunció la retirada francesa en 2022 porque ya no se daban “las condiciones políticas, operativas y legales” para seguir allí. Para Pauron, uno de los errores de París ha sido haber privilegiado la respuesta militar. “El ejército francés tuvo un enfoque colonial: la fuerza frente a la diplomacia”, expresa. Francia trasladó parte de este dispositivo militar a Níger, pero esta iniciativa también fracasó tras el golpe de Estado de 2023 que dio el poder al general Abdourahamane Tchiani, que presenta su política de rechazo francés como una política de “recuperación de la soberanía”.En Senegal, Francia cedió el control de su última gran instalación militar el año pasado, después de que el presidente Bassirou Diomaye Faye declarara que la presencia de bases extranjeras es incompatible con la soberanía nacional. Chad es uno de los ejemplos más simbólicos del cambio de percepción porque era uno de los socios más fiables de París. Pero allí sentó mal que, a la muerte en 2021 de Idriss Déby, Macron acudiera a Yamena a reconocer al hijo del presidente, quien se autoproclamó jefe del Estado en una cuestionada transición, en vez de celebrar elecciones. Fue un golpe porque Chad era el último gran bastión de la Françafrique, recuerda Ulf Laessing, director para el Sahel de la Fundación Konrad Adenauer y uno de los mayores expertos europeos en la región. “Mientras París exigía democracia en otros países, bloqueaba cualquier crítica contra Chad porque era su último aliado en la zona”. En 2023, Chad también expulsó a las tropas francesas.Para Laessing, el problema de fondo es que los franceses nunca terminaron de irse. “Siguieron interviniendo en la política interna de sus antiguas colonias. Diplomáticos y militares actuaban como si siguieran al mando”, remarca.Este experto sostiene que parte del rechazo actual tiene que ver con una percepción acumulada durante generaciones. “En el Sahel existe la sensación de que Francia prolongó demasiado su presencia y siguió comportándose con arrogancia. Los rusos aprovecharon después ese malestar con campañas de propaganda, pero el problema ya existía antes”, explica. “Moscú no creó el sentimiento antifrancés, sino que lo explotó políticamente; solo reforzaron un sentimiento que ya existía”, coincide Pauron.Ese deterioro abrió la puerta a una creciente presencia rusa en la región: primero a través del grupo paramilitar Wagner y, más recientemente, mediante Africa Corps, controlado por el Ministerio de Defensa ruso, con el que Moscú ha reforzado sus alianzas militares y políticas con las juntas del Sahel, como las de Malí y Níger.Una apuestaLa elección de Kenia como país de acogida de la cumbre Africa Forward no fue casual: se trata de una potencia en África Oriental por su peso tecnológico y económico, y por sus vínculos con China, Estados Unidos y los países del golfo Pérsico. Además, París está buscando aliados en lugares donde su pasado colonial pesa menos. Durante años, Francia organizó múltiples eventos en países francófonos, pero en los últimos años ha multiplicado los gestos diplomáticos y los acuerdos de cooperación al desarrollo de Estados anglófonos donde tenía menos presencia. En Malaui abrió un nuevo centro de la Alianza Francesa tras décadas sin apenas presencia diplomática y anunció programas de cooperación. En Mozambique, el acercamiento se ha centrado en la cooperación energética y de seguridad alrededor de los grandes proyectos gasísticos del norte del país.El 11 de mayo, la cumbre reunió a Macron con más de 30 líderes africanos —sin representación de Malí, Burkina Faso y Níger— y a multinacionales y empresarios como Aliko Dangote, el hombre más rico del continente. Se anunciaron inversiones de más de 1.000 millones de dólares y Macron defendió una “autonomía estratégica” compartida entre Europa y África.En la segunda jornada, varios líderes africanos reclamaron un acceso menos costoso a la financiación internacional. El presidente de Kenia, William Ruto, denunció una “arquitectura del riesgo” injusta y el secretario general de la ONU, António Guterres, recordó que los países africanos pagan de media el doble por endeudarse que las economías desarrolladas. Macron respondió anunciando un mecanismo para reducir el riesgo de las inversiones en África y prometió defenderlo en la próxima cumbre del G-7. El presidente francés anunció además nuevas inversiones por valor de 23.000 millones de euros en total.Más allá de los intereses económicos, está el afán por reconstruir la influencia de Francia en un continente donde su imagen está muy erosionada. Para Pauron, el principal obstáculo sigue siendo la incapacidad francesa para afrontar de manera clara su legado colonial. “No habrá una relación ‘entre iguales’ mientras Francia no sea honesta con su pasado”, reflexiona. “Va a hacer falta otra generación”, opina Laessing, por su parte. “En Bamako o Niamey el recuerdo sigue demasiado fresco. Y además hay una juventud que ya no tiene vínculos emocionales con Francia. No crecieron admirando a Europa. Para Francia será mucho más difícil recuperar terreno si no cambia antes su mentalidad”.