El martes, al enterarme de la muerte del saxofonista de jazz Sonny Rollins, me puse a escuchar discos suyos y a recordar momentos felices. Por ejemplo, el de una actuación en el Palau de la Música, donde, con el escenario aún vacío, empezaron a sonar las notas de Don’t stop the carnival ; al poco, apareció Rollins entre bastidores, y siguió enlazando notas durante diez minutos, mientras iba paseando sobre las tablas. La memoria es infiel, quizás no fuera Don’t stop… sino St. Thomas , otro hit suyo inspirado en el calypso. Da igual: sería lo mismo. Alex GarciaEvoco hoy aquí a Rollins por el valor de su música, cimentado en grabaciones como Saxophone Colossus (1956) o Tenor madness (también de 1956), donde rivaliza –o se engrana– con John Coltrane, ambos en estado de gracia. O por sus complicidades con otros astros como Parker, Monk, Davis, etcétera. O por sus dotes excepcionales para la improvisación y la composición.Su música nos dio momentos felices y su actitud vital ha sido a menudo ejemplarPero lo evoco además por tres de sus virtudes extramusicales, acaso contrapuestas, pero todas a la baja en la era de la IA: la humildad, el afán por ampliar el talento propio y el estoicismo ante la adversidad.La humildad: en 1959, ya encumbrado, Rollins decidió que no lo hacía suficientemente bien, o no tanto como Coltrane, abandonó la escena y se dedicó a practicar todo el día en el neoyorquino puente de Williamsburg, como si en lugar de un maestro fuera un principiante. Tres años después regresó con The bridge , otro álbum mítico.La ampliación de talentos: Rollins no se ponía límites. “La gente me dice: ‘ya eres uno de los grandes, Sonny, relájate’. Yo les digo: olvidaos de Sonny Rollins, quiero ir mucho más allá de Sonny Rollins”.El estoicismo: en el 2014 Rollins tuvo que dejar el saxo debido a una fibrosis pulmonar y cayó en la depresión. Tenía 80 años cumplidos y llevaba más de 70 soplando. “Toqué fondo –recordaba Rollins en el 2017–… hasta que vi que no debía estar deprimido, sino agradecido por lo que me había dado la vida”.Cada vez que muere un jazzman de la edad de Rollins se dice que se va la última figura de posguerra. Esta vez es verdad, no hipérbole. Con él muere además alguien de actitud vital –errores de juventud aparte– a menudo ejemplar.