Seis veces a la semana, como si aún estuviera en el Poder Ejecutivo, Horacio Rodríguez Larreta dedica cinco horas al día a recorrer la calle y a reuniones con vecinos y comerciantes. Cero fotos con políticos. Si bien asumió en diciembre como diputado por la Ciudad, pasa poco tiempo en la Legislatura porteña: acude a las comisiones más importantes y a las sesiones, y dos veces por semana arma reuniones allí. Pero intenta que su tiempo se invierta en el contacto directo con los vecinos. Su objetivo es nítido: volver a ser jefe de la Ciudad, donde gestionó 16 años, la mitad como jefe de Gabinete de Mauricio Macri y la otra mitad él mismo como jefe. Lejos ya de su sueño presidencial, Larreta no suelta su libreta de apuntes (donde compila los reclamos vecinales) y su celular con su inconfundible sticker de Racing, el club de sus amores de toda la vida y cuyo fanatismo comparte con su familia y con su mujer, Milagros Maylin, a pocas semanas de ser mamá de Justo, el primer hijo varón del exjefe de Gobierno. A Justo le espera la credencial de socio racinguista. En términos políticos, Larreta habla con todos. Como siempre. Aunque hace largo tiempo que siquiera chatea con Mauricio Macri. No se saludaron por el cumpleaños (en enero el del expresidente), siquiera hubo chistes cruzados futboleros tras los últimos partidos Boca-Racing. El vínculo sigue cortado: Macri alude, ante sus íntimos, que “Horacio debe pedirle disculpas al PRO”. Y el exjefe de Gobierno cree que, en todo caso, el creador del partido amarillo jugó en contra de su carrera presidencial durante dos años. No hay atisbos de reconciliación aún.