Después de la Segunda Guerra Mundial, la más sangrienta conflagración en la historia humana, el nazismo emergió como la línea roja que moralmente no se debía atravesar nunca más. Fue, en sí, la definición del mal radical, absoluto. En el inconsciente colectivo de la humanidad quedó establecido este acuerdo moral. Se podía hacer el mal, pero sin atravesar ese techo. En su ensayo titulado "La era de Hitler" el historiador inglés Alec Ryrie expone esta idea. El final de Hitler (con su locura genocida) inició una era moral que, afirma Ryrie, comenzó a agonizar en los años 90, aunque había mostrado síntomas tiempo antes con Pinochet, la dictadura argentina y otros totalitarismos emergentes en el mundo. A esto se sumó la aparición de las redes sociales como cuevas de odio y la perdida general de memoria y de registro del pasado que la cultura de lo digital y lo virtual provoca en las nuevas generaciones, todo lo cual exige hoy la revisión de los principios comunes con los que nos proponemos vivir. Para muchos el nazismo ya no representa el horror que el ser humano es capaz de disparar, y hay quienes incluso lo reivindican o, peor, niegan su vandalismo y su esencia. ¿Cuál es, entonces, el rasero moral que nos guiará, qué principios acordaremos respetar y qué valores honrar en nombre de la convivencia e incluso de la supervivencia de nuestra especie? Esta cuestión que plantea el historiador inglés cobra más relieve cuando, como él apunta, las religiones ya no son un faro, o invocándolas se crean nuevas divisiones y odios, y cuando la memoria es frágil, lábil o inexistente en cuanto a enaltecer a quienes fueron víctimas del mal radical. 2027 podría ser para la derecha
Una derecha inmoral
El gobierno libertario de Javier Milei es un gobierno de derecha. Populista, además.













