El estancamiento de una masa de aire caliente ha situado esta semana las temperaturas en niveles alarmantemente altos en amplias regiones del sudoeste de Europa. La canícula ha llegado en pleno mes de mayo a Francia, donde se debate la conveniencia de poner nombre a las olas de calor, todo un reconocimiento de la necesidad de dotarse de mejores herramientas para prevenir los efectos del calor extremo, cuyos episodios serán más frecuentes, intensos y duraderos, según los climatólogos.Europa está mejor preparada que otras regiones del mundo, pero muestra importantes carencias en la adaptación al cambio climático. Como resultado de esta alteración de la vida cotidiana, surge la necesidad de mejorar la salud laboral y tomar medidas para afrontar los riesgos de pérdidas económicas y de productividad.FranciaEl deber de las empresas de proteger la salud del trabajadorUna mujer se refresca en una fuente de París esta semana Tom Nicholson/ ReutersEl calor excita aún más los ánimos políticos en una Francia polarizada y con elecciones en menos de un año. Eso explica algunos rifirrafes estos días en tertulias televisivas sobre la legislación laboral en periodos de canícula o la inversión insuficiente para climatizar las escuelas frente a unas tórridas temperaturas cada vez más frecuentes.El Gobierno se ha defendido diciendo que, según un decreto que entró en vigor en julio del año pasado, el Código de Trabajo no solo obliga a “preservar la salud de los empleados”, sino que especifica que en fases de calor extremo se está obligado a “adaptar horarios”, “suspender tareas pesadas”, “ajustar periodos de reposo” en zonas frescas, “proveer equipos protectores” adecuados y suministrar agua. No se fija, sin embargo, un umbral máximo de temperatura a partir de la cual, en sectores como la construcción u otras actividades a pleno sol o en entornos muy calientes, debe ser obligatorio parar de trabajar.Algunos sindicatos, como la CGT, y partidos políticos de izquierda, como La Francia Insumisa (LFI), quieren incorporar ese límite en la legislación, y ahí surgen opiniones diversas porque en cada zona del país existe un tope diferente de tolerancia. No tienen la misma adaptación cultural al calor los marselleses que los habitantes de Brest, en Bretaña, por ejemplo.Además del decreto específico sobre el calor, el empleado francés puede agarrarse, en caso de necesidad, a otro principio general del Código del Trabajo que está plenamente en vigor: el llamado “derecho de retirada”. Si un trabajador considera que se arriesga a “un peligro grave e inminente”, tiene la posibilidad legal, tras avisar a su patrón, de abandonar su puesto de trabajo sin que haya sanción a priori o rebaja de salario.Francia es un ejemplo claro de falta de preparación para el cambio climático, a pesar de dramas como los miles de muertos durante la ola de calor del 2003 y en episodios posteriores. El aire acondicionado aún es una rareza en viviendas particulares, sobre todo las antiguas. Las románticas buhardillas de París, a menudo convertidas en micropisos a precio de oro, pueden ser un horno insoportable en los meses de estío. Muchos autobuses y metros tampoco disponen de climatización.Los ayuntamientos intentan aliviar la vida de los vecinos abriendo zonas de refugio en edificios públicos con aire acondicionado, sobre todo para las personas más vulnerables, como los ancianos, y dejando entrar en los parques por la noche. Siendo alcaldesa Anne Hidalgo, la capital francesa se dotó de planes detallados de actuación para sobrevivir en el caso de periodos prolongados en que la temperatura llegue a 50 grados centígrados. Falta saber si opciones como la “vegetalización” masiva de la vía pública y de edificios servirán frente a un escenario de distopía apocalíptica. Para quienes son previsores y tienen medios, las segundas residencias en zonas más frescas del país, como Bretaña o Normandía, ganan terreno frente al MediterráneoReino UnidoAchicharrarse en el transporte en un país que no está preparadoEl popular canal Serpentine de Hyde Park, esta semana con numerosas personas que lo recorren en patinetes de agua ANDY RAIN / EFELo que en Londres y el sur del país se considera una ola de calor es como un día cualquiera de julio o agosto en Barcelona (sin tanta humedad), o de primavera en Sevilla, entre 30ºC y 35ºC; y en Escocia, el norte de Inglaterra y el Ulster, ni siquiera eso. Los periódicos anuncian a bombo y platillo –con orgullo– que “hace más calor que en Benidorm”, como diciendo que para qué gastarse el dinero en ir de vacaciones al Mediterráneo cuando se puede pasar el día en la playa de guijarros de Brighton.Ahora ha habido una ola de calor, seguramente habrá otra o dos más antes de que acabe el verano, y listo. En total, diez o doce días. Pero, dada la excepcionalidad del fenómeno, el país no está preparado (como tampoco para las nevadas en invierno), y las autoridades sanitarias estiman entre dos mil y tres mil las muertes que se evitarían al año si el mercurio no subiera por encima de los treinta.Los nuevos autobuses eléctricos tienen aire acondicionado, pero son los menos, y en el resto de la flota uno se achicharra, lo mismo que en el metro más antiguo del mundo. Es rarísimo que edificios públicos, colegios, bibliotecas, centros recreativos, hospitales y residencias de ancianos tengan aire acondicionado, considerado hasta hace poco un lujo innecesario. Disponen de él siete millones de hogares de gente acomodada, aunque ni siquiera el dinero es garantía de poder tenerlo. En barrios elegantes está prohibido para no afear las fachadas de las casas, o lo impiden las normas municipales por razones medioambientales o por la huella de carbono que dejan esas unidades.Los más perjudicados son quienes viven (y trabajan) en pisos de techos bajos que acumulan el calor y se convierten en auténticos hornos, pero se da la paradoja de que, mientras unos se asfixian sin desearlo, otros se van con la toalla a los parques y se tumban al sol como si fuera Salou, se ponen rojos como tomates y acaban en la uci de los hospitales con quemaduras.A pesar del aumento progresivo de las temperaturas, los nuevos edificios no tienen obligación de instalar aire acondicionado, sino de “medidas pasivas” como árboles o sombras para refugiarse cuando apriete de verdad. Pero últimamente hay un movimiento para declarar una temperatura tope a la que es razonable ir a la oficina a trabajar, y si se alcanza, uno pueda quedarse en casa teletrabajando con el ordenador o tomarse la jornada de vacaciones.AlemaniaRiesgos nuevos, incluida la reducción de productividadCerveza y baños para combatir el calor esta semana en el jardín inglés de MunichAngelika Warmuth / ReutersAunque la ola de calor ha elevado las temperaturas por encima de los 30 grados en muchos lugares de Alemania, no se ha registrado una temperatura récord en el histórico del mes de mayo. La localidad bávara de Ratisbona soportó el valor más alto (34 grados). En cualquier caso, el calor siempre resulta una experiencia de sufrimiento en este país, donde en muchas ciudades, entre ellas Berlín, no hay aire acondicionado en el transporte público. Las escuelas suelen convertirse en recintos tórridos, con ventanales de cristal por los que el sol entra y castiga a alumnos y profesores. En la mayoría de los länder, las clases comienzan en agosto, un vestigio de cuando los veranos eran más frescos.Ya en verano del año pasado, la Sociedad Alemana de Geriatría (DGG) alertó de que Alemania no está suficientemente preparada para afrontar olas de calor extremas que superen los 40ºC de modo sostenido, lo cual representa un grave riesgo para las personas de mayor edad. Hace solo diez años, los planes de acción contra el calor eran desconocidos en los länder y municipios; ahora sí existen en varios lugares, pero, según la DGG, contienen poca o nula información sobre cómo afrontar episodios de calor extremo.Por otra parte, precisamente esta semana, un estudio de Allianz Trade alertaba de que el calor extremo podría costarle a Alemania, de aquí al año 2030, hasta 112.650 millones de euros y reducir su producción económica en un 3%. La aseguradora con sede en Hamburgo afirmó que la productividad disminuye un 3% por cada grado por encima de los 30ºC, mientras que los costes energéticos crecen un 1,2% por grado debido a necesidades de refrigeración en las empresas.ItaliaUna respuesta fragmentada y sin un plan nacionalUn turista se refresca en la famosa fuente de la Barcaccia, en la plaza de España de Roma, esta semana FILIPPO MONTEFORTE / AFPMientras los italianos sufrían el calor en los semáforos o en los hospitales, empezó a circular una broma: si ha caído Jannik Sinner, ¿cómo vamos a resistir nosotros? La retirada del número uno del tenis mundial en Roland Garros aumentó aún más la percepción de esta nueva ola de calor. Italia, sin embargo, sigue afrontando estas emergencias sobre todo con medidas puntuales y respuestas regionales, más que con un gran plan nacional estructural contra el calor extremo. Las primeras regiones en reaccionar fueron las del norte de la península, las más golpeadas por las temperaturas extremas. Turín, rodeada por los Alpes, fue el jueves pasado la ciudad más calurosa de Europa y sufrió apagones eléctricos que complicaron tanto la actividad industrial como el comercio.Emilia-Romaña decidió actuar sin esperar al Gobierno central y adelantó una normativa que normalmente entra en vigor en julio para modificar los horarios de las obras y limitar la exposición de los repartidores al calor extremo, garantizando al mismo tiempo la protección de sus ingresos. En la vecina Toscana, entre las 12.30 h y las 16 h estará prohibido trabajar bajo exposición prolongada al sol en el sector agrícola, en las obras al aire libre y en las canteras. El Lacio, la región de la capital italiana, ha adoptado medidas similares.El Ministerio de Sanidad dispone además de un sistema nacional de previsión y alerta para las olas de calor, activo en las principales ciudades. El servicio monitoriza las temperaturas y evalúa los riesgos sanitarios ligados al calor. Cada día se publican boletines con distintos niveles de alerta. La repetición de estos fenómenos ha llevado también a los sindicatos a reclamar, además de una actualización de los protocolos sobre estrés térmico, cursos de formación para reconocer los síntomas de un golpe de calor y mejorar los procedimientos de primeros auxilios.RusiaLa dacha, el refugio para temperaturas antes inesperadasNumerosos bañistas en un parque de Moscú esta semana EFE/EPA/MAXIM SHIPENKOVCuando los enormes camiones naranjas Kamaz salgan en masa a regar las calles de Moscú, entonces habrá llegado una de las olas de calor “infernal” que se prevén este verano en la Rusia europea. El temor es que se alcancen 40 grados en el sur, en regiones como Krasnodar y Rostov, y que estén cerca de esa cota en el Volga.Será duro, pero no se espera que se repita lo del 2010, cuando el humo de los incendios de turba tapó literalmente Moscú y se alcanzaron temperaturas récord de 38,2ºC en la capital rusa.Las olas de calor son habituales en verano, y las autoridades actúan haciendo uso de sistemas de alerta temprana. Aumenta también el riego de las calles, se abren playas fluviales, y la gente llena como nunca los extensos parques urbanos. Las normas sanitarias rusas permiten que, en condiciones de calor anómalo, las empresas envíen a sus empleados a trabajar a casa o que reduzcan temporalmente la jornada laboral. En el sur, el suministro de energía se complica en verano por el aumento de la demanda debido al uso masivo de aires acondicionados. Para evitar sobrecargas y graves averías, las compañías eléctricas realizan apagones programados.Además, en el 2020, Rusia aprobó un plan nacional marco de adaptación al cambio climático, que se ha ido renovando por etapas. Su intención es impulsar planes sectoriales y regionales y reducir los riesgos climáticos en la economía, la población y las infraestructuras.Que el verano sea época de vacaciones y que la mayoría de los rusos pase los días en las dachas suaviza el impacto. Pero los meteorólogos advierten de que el calor extremo está apareciendo en meses donde antes no se le esperaba. Moscú sufrió en mayo una semana de calor anómalo, fenómeno que puede llegar también en septiembre u octubre.Corresponsal de 'La Vanguardia' en París desde el 2018. Anteriormente fue corresponsal en Alemania (1994-2002), en Estados Unidos (2002-2009) y en Italia y ante el Vaticano (2009-2018)Abogado y periodista. Corresponsal de 'La Vanguardia' en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.Corresponsal en Alemania, Centroeuropa y países nórdicos desde 2014. Antes en Italia y Vaticano (2003-2009). Especialista en religión. Licenciada en Comunicación (UAB) y máster en Periodismo (beca Fulbright) en ColumbiaCorresponsal de La Vanguardia durante más de dos décadas en Moscú. Con anterioridad, escribió para este diario desde Hong Kong y cubrió acontecimientos como el referéndum de independencia de Timor Oriental (1999) o la guerra de Afganistán tras los atentados del 11-S (2001). En la "prehistoria" trabajó en Madrid para la revista Cambio16 y la siempre recordada Jaque, especializada en ajedrez, una de sus grandes pasiones.
El calor extremo desvela una Europa inadaptada al cambio climático
Los impactos en la salud y las pérdidas económicas, entre los efectos más temidos











