Antes de abandonar este mundo, el gran politólogo italiano Norberto Bobbio quiso dejar un mensaje: las ideologías están “más vivas que nunca” y continúan animando la acción política y el debate público. Afirmó que la distinción entre derecha e izquierda continúa vigente, y la controversia que encierran estas visiones es una prueba decisiva de ello. Bobbio consideraba que la existencia de un centro político, por más importante que fuera, no invalida la existencia de las dos posiciones antagónicas, del mismo modo que el gris es incapaz de erradicar la diferencia entre el blanco y el negro. El paso de los años –el italiano escribe en 1995- le da aún más la razón. Trump, Bolsonaro, Bukele, Milei y sus émulos revitalizan la antinomia hasta el paroxismo. Se piensa y actúa como ellos o se está contra ellos, no hay matiz. Y elegirlos como líderes significa ser de derecha, según lo proclaman en sus intervenciones y en sus encuentros internacionales. Bobbio evita un juicio de valor taxativo para determinar si alguna de las dos posiciones enfrentadas es mejor que la otra. Pero ofrece pistas para distinguirlas: la izquierda enfatiza la igualdad, considerando que las desigualdades son ante todo sociales y aun si fueran naturales podrían subsanarse. La derecha parte de la posición inversa: los individuos son más desiguales que iguales, en la sociedad y en la naturaleza. Bobbio, sin embargo, matiza al escribir: “Cuando se atribuye a la izquierda una mayor sensibilidad para disminuir las desigualdades no se quiere decir que esta pretenda eliminar todas las desigualdades o que la derecha las quiera conservar todas, sino como mucho que la primera es más igualitaria y que la segunda es más desigualitaria”. Para el politólogo el punto no son las ideologías en sí, sino la manera –moderada o extremista– con que proceden, considerando como criterio valorativo la calidad de la democracia. Si actúan con moderación preservaran el sistema, si son extremistas lo dañaran. En este contexto, podría preguntarse qué evocan la igualdad y la desigualdad. Arriesgaremos que la igualdad expresa una comunidad de equivalentes, mientras la desigualdad remite a lo individual. Resulta coherente concebir una comunidad de iguales, pero no lo es pensar en una de desiguales. Nos unen los parecidos, nos distancian las diferencias. Si se acepta este argumento, podría concluirse que en esta fase de la historia cultural de Occidente los desigualitarios corren con ventaja, porque se vive en una época signada por el individualismo. Esto, a tono con Bobbio, no quiere decir que desaparecieron las ideologías, sino que aquellas cuyo sostén es la noción de comunidad están desfalleciendo. No sabemos, como Max Weber, si volverán los antiguos dioses. Sí sabemos que la caída de los grandes relatos, que le dan lugar a los Milei, significa la declinación del liberalismo, el marxismo, el populismo y el nacionalismo, cuyo punto en común es haberse erigido sobre la noción de colectividad.
2027 podría ser para la derecha
La fragmentación de las identidades populares y el avance del individualismo configuran un escenario favorable y probable.










