Ha muerto Edgar Morin, a los 104 a�os, y con �l desaparece una de las �ltimas figuras de aquel siglo XX que produjo intelectuales totales, capaces de vivir la historia, padecerla, pensarla y convertirla en problema moral. Morin no fue s�lo un soci�logo franc�s, ni un fil�sofo de la complejidad, ni un resistente antifascista, ni un heterodoxo de la izquierda, ni un escritor inagotable. Fue todo eso a la vez, y precisamente ah� resid�a su singularidad: en la negativa a aceptar que la realidad pudiera ser entendida desde un solo �ngulo.Recuerdo bien una visita suya a Espa�a, en 2009, a la Universidad Complutense, pues tuve el honor de presentarlo y moderar la sesi�n. Era ya un hombre mayor, un anciano, pero conservaba algo que no siempre acompa�a a la edad: curiosidad. No la curiosidad de quien acumula noticias, sino la curiosidad profunda de quien sabe que cada fen�meno humano arrastra consigo capas de historia, biolog�a, mito, econom�a, imaginaci�n, sufrimiento y esperanza. Morin escuchaba con atenci�n, respond�a sin dogmatismo y parec�a inc�modo ante respuestas demasiado cerradas.Nacido en Par�s en 1921 como David-Salom�n Nahoum de familia jud�a sefard� procedente de Sal�nica (pero no practicante por tres generaciones) qued� marcado tempranamente por la muerte de su madre cuando solo ten�a 10 a�os. Tuvo su bautismo pol�tico con la Guerra Civil espa�ola, tomando entonces el nombre con el que ser�a conocido universalmente y que rob� de un personaje de L' Espoir, de Malraux: el jefe de los voluntarios que apoyaban a la aviaci�n republicana durante la Guerra Civil espa�ola. Particip� activamente en la Resistencia durante la ocupaci�n nazi y su primer libro, El a�o cero de Alemania, trazaba un cuadro de la Alemania destruida y son�mbula de 1945-1946, que hab�a conocido como oficial del ej�rcito de ocupaci�n franc�s. Como tantos j�venes de su generaci�n, se afili� al Partido Comunista en 1941, del que fue expulsado en 1951. Esa experiencia, narrada en su libro Autocr�tica (1959), fue decisiva: Morin aprendi� que las ideas pueden emancipar, pero tambi�n esclavizar.De ah� nace una de las constantes de su obra: la desconfianza hacia el pensamiento reductor. Morin no opon�a la complejidad a la claridad, como a veces se cree. La complejidad no es oscuridad ni barroquismo verbal, es la obligaci�n (cognitiva, pero tambi�n moral) de no amputar una parte de lo real para que encaje c�modamente en nuestros prejuicios. Frente a �la barbarie del especialista� (Ortega) reivindic� la comunicaci�n entre saberes; frente al ide�logo, la autocr�tica; frente al tecn�crata, la conciencia. No confund�a jam�s el mapa con el territorio.En ello fue heredero directo de la gran tradici�n socio-antropol�gica francesa que viene de �mile Durkheim y, sobre todo, de su disc�pulo, Marcel Mauss. En el Ensayo sobre el don (1925) Mauss mostraba que los hechos sociales son �totales� y en ellos se entrelazan derecho, moral, religi�n, econom�a, parentesco, prestigio, est�tica, ritual; �ponen en movimiento� la totalidad de la sociedad, dec�a Mauss. Bajo la influencia de Gregory Bateson y el Instituto Salk de La Jolla, Morin generaliza esa intuici�n y la convierte en m�todo: todo gran problema humano es complejo porque est� hecho de interdependencias. Su obra mayor, El m�todo, una �metodolog�a de la transdisciplinariedad�, desplegada en seis vol�menes entre 1977 y 2004, fue el intento m�s ambicioso de construir una epistemolog�a capaz de pensar conjuntamente naturaleza, vida, conocimiento, ideas, humanidad y �tica. No hechos sociales �totales�, sino realidad total.Pero ser�a injusto reducir a Morin a esa empresa monumental. Antes y despu�s escribi� sobre la muerte, el cine, la cultura de masas, los rumores, la juventud, la pol�tica, Europa, la educaci�n, la ecolog�a y la condici�n planetaria. Morin pod�a pasar del an�lisis de una habladur�a antisemita en El rumor de Orleans al destino de la humanidad en Tierra-Patria, del cine como f�brica de imaginarios a la reforma de la educaci�n. Nada humano le era ajeno, pues la totalidad estaba en cada parte.Para la sociolog�a, Morin tuvo una importancia especial. No fue un constructor de escuela en el sentido convencional ni un autor f�cilmente clasificable en las grandes corrientes acad�micas. Escap� al destino de su generaci�n: ser marxista o antimarxista. Y escap� de nuevo a la seducci�n t�xica de los posestructuralistas. Tal vez por eso su influencia fue a veces m�s intensa fuera de los departamentos disciplinarios que dentro de ellos. En Am�rica Latina, en el mundo mediterr�neo, en los estudios sobre educaci�n y en los debates sobre transdisciplinariedad, encontr� una recepci�n particularmente viva. No en vano, fue reconocido con hasta 38 doctorados honoris causa, dos de ellos de las Universidades de Valencia y Aut�noma de Barcelona.Pero su sociolog�a no era la de quien observa la sociedad desde una torre de marfil. Era una sociolog�a del presente, pegada al acontecimiento, atenta al rumor, a la crisis, a la comunicaci�n, al miedo colectivo, a las metamorfosis de la vida cotidiana. En ese sentido fue un pensador sorprendentemente contempor�neo y casi pionero. Hoy, cuando hablamos de interdependencia, de riesgos globales, de incertidumbre, crisis ecol�gica, tecnolog�as que avanzan m�s deprisa que nuestra capacidad moral para gobernarlas, estamos habitando un mundo que Morin hab�a aprendido a pensar antes de que se volviera evidente, y no por casualidad fue el introductor del t�rmino policrisis.Pero lo m�s admirable no fue s�lo la amplitud de su inteligencia, sino su fidelidad a una cierta idea del humanismo. Hab�a conocido el totalitarismo, la guerra, la ocupaci�n, la mentira ideol�gica, el derrumbe de las grandes narrativas y promesas pol�ticas. Sab�a demasiado para entregarse a optimismos baratos. Pero nunca acept� el cinismo como �ltima palabra. Su humanismo era tr�gico, pues cre�a en el hombre porque conoc�a su fragilidad; defend�a la fraternidad porque sab�a la facilidad con que los seres humanos se destruyen; hablaba de esperanza, no como certeza, sino como deber. Por eso ha seguido publicando hasta ayer mismo.Quiz� por eso su fallecimiento produce una sensaci�n de cierre hist�rico. Se va un hombre que atraves� el siglo de los campos de exterminio, de la Resistencia, la Guerra Fr�a, la descolonizaci�n, Mayo del 68, la globalizaci�n y la crisis ecol�gica, sin dejar nunca de preguntarse c�mo pensar el mundo sin traicionarlo. No siempre acert�; ning�n intelectual acierta siempre. Pero conserv� hasta el final algo m�s valioso: la pasi�n por la verdad buscada desde la m�s radical independencia y libertad de criterio.En aquella sesi�n espa�ola que me toc� moderar, Morin dej� la impresi�n de un sabio sin solemnidad. Hablaba como quien todav�a busca. Y esa fue quiz�s su gran lecci�n. Pensar no consiste en tener respuestas, sino en mantener abiertas las conexiones que permiten comprender. Edgar Morin nos ense�� el valor moral de la complejidad. Y ese legado, precisamente por inc�modo, es hoy a�n m�s relevante.*Emilio Lamo de Espinosa es catedr�tico em�rito de Sociolog�a y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Pol�ticas
Edgar Morin o la �tica de la complejidad
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