El hombre más rico del mundo ultima la venta de acciones de su compañía de cohetes, satélites e IA, una operación de 75.000 millones de dólares envuelta en polémica
Hace poco más de seis meses, Elon Musk salía al escenario eufórico, bailaba y hacía bromas ante varios centenares de inversores en la sede de Tesla en Austin (Texas). Junto a él también se movían de forma mecánica y sincopada media docena de prototipos del robot humanoide Optimus. Recordaba a una de esas películas distópicas de Hollywood. “La magnitud de Optimus va a ser algo realmente extraordinario. Creo que será, con diferencia, el producto más grande de todos los tiempos. Más grande que los teléfonos móviles, más grande que cualquier otra cosa”, proclamó en estado de éxtasis con un discurso grandilocuente y desordenado. No era para menos, acababa de conseguir el visto bueno de los accionistas de Tesla para fijarse un sueldo de un billón (con b) de dólares para que dirija la compañía en la próxima década.
“Las cosas se complican bastante desde el punto de vista económico, porque, con la IA y la robótica, se puede multiplicar la economía global por diez o incluso por cien. No hay un límite claro. Optimus es como una fuente inagotable de dinero. Y quizás en el futuro ni siquiera exista el dinero. Tal vez se mida en vatios, es decir, en cuánta potencia eléctrica se puede generar”, sentenció, enfebrecido por el éxito que imaginaba.







