El relato de vida de la excepcional coleccionista, fallecida a principios de siglo, se suma al potente acervo de Diego Rivera y Frida Kahlo en la reapertura de la antigua hacienda de La Noria al sur de la capital

Donde antes paseaban cientos de miles de personas, ahora se extienden a placer el centenar de pavos reales y el puñado de xolos que se han adueñado de la finca en los últimos seis años. Para ellos han sido las espectaculares vistas de la antigua Hacienda de La Noria, que acumula más vidas que un gato y ya enfila la llegada de la próxima: la reapertura este sábado del Museo Dolores Olmedo, casa de la gran mecenas mexicana que lo fundó y le puso su nombre. Hace 30 años de aquello y, tras una pausa por la pandemia y los trabajos de conservación, hoy sus muros se preparan para acoger a los nuevos visitantes con una memoria renovada. Continúa el inigualable acervo de los pintores Diego Rivera y Frida Kahlo, el mayor conocido hasta la fecha, pero está también la reconstrucción de la extraordinaria vida de su coleccionista, una rara avis en su época que no solo rompió los moldes sino que proyectó internacionalmente el arte mexicano como pocos lo hicieron.

“Todas las mañanas salgo a caminar a las seis de la mañana. Recorro el jardín. Personalmente vigilo a los jardineros e inspecciono el estado de los árboles, veo las hortensias, ordeno los injertos de los frutales, pido que me suban tal o cual enredadera, que me amarren tal o cual bugambilia”, le contó Olmedo a la escritora Elena Poniatowska en los años 90, cuando su vivienda comenzó a convivir en el espacio anexo con la galería que abría sus puertas por primera vez. Este y otros fragmentos de la entrevista decoran hoy las paredes y acompañan las obras de los artistas que, especialmente en el caso de Rivera, marcaron un antes y un después en la vida de la mujer, empresaria de la construcción.