>LA NACION>Conversaciones de domingo30 de mayo de 202606:0010 minutos de lectura'“¿Ves en el fondo? Ahí está el probador, donde paso una buena parte del día escuchando como suenan las lengüetas del bandoneón, y a un lado tengo el torno paralelo que utilizo para armar los teclados”, explica con espíritu pedagógico Damián Guttlein. La entrevista transcurre en su taller de luthería, ubicado en su casa de la localidad de San Martín, destino de peregrinaje de los bandoneonistas. Allí, toda la decoración invita a curiosear: reúne fotos dedicadas de glorias como Leopoldo Federico, Ernesto Baffa, Walter Ríos y Daniel Binelli, herramientas, piezas de repuesto, instrumentos desarmados, mesadas y un pequeño cartel con letras fileteadas que lo resume todo: “Acá se hace magia”. Figura desconocida para el público, eslabón fundamental para los músicos, Guttlein se ocupa desde hace 25 años de un oficio artesanal en extinción: afina el bandoneón, un trabajo quirúrgico que implica raspar con una lima las lengüetas metálicas del instrumento para ajustar el sonido. Con una mezcla de oído absoluto y tracción a sangre, es el último de una estirpe que lo hace sin la ayuda del afinador electrónico. “Tengo grabado en mi cabeza los sonidos del bandoneón”, subraya con una cuota de misterio, aunque reconoce que para lograr la tarea debió afinar miles de instrumentos. Para completar el círculo, también restaura y ha fabricado bandoneones. Su trabajo es muy valorado: recibe a diario pedidos de músicos argentinos y extranjeros que necesitan llevar a boxes sus instrumentos, a punto tal que tiene turnos disponibles recién para el mes de noviembre. Ahora ultima detalles antes de embarcarse en su decimosegunda gira internacional. Es lo más parecido a una estrella pop: durante más de dos meses, visitará España, Francia, Austria, Alemania e Italia. “Allá trabajo de la mañana a la noche. Para armar estas giras, aviso a los músicos, que a su vez lo difunden entre sus alumnos. Me mandan videos de sus bandoneones y voy agendando citas”. En cada gira, carga una versión exprés de su taller. No necesita mucho: su misión es, ante todo, escuchar. A los pocos días, los bandoneones recuperan su esplendor. En un sutil desafío a la tecnología, su pericia demuestra que la sensibilidad humana todavía conecta mejor con el corazón del instrumento. “No hay máquina que pueda detectar con este nivel de precisión. Mis maestros solían repetirme: al bandoneón hay que afinarlo mal para que suene bien; lo que querían decirme es que no hay que confiarse del todo en afinadores electrónicos”. "Acá se hace magia", el simpático cartel que cuelga en el taller de Guttlein
El luthier de bandoneones que mantiene viva una tradición perdida; “La música te tiene que dar felicidad”
Damián Guttlein es una figura clave para los músicos; requerido en múltiples países y por muchos artistas, tiene su agenda de trabajo cubierta hasta fin de año














